Hay ciudades que se entienden desde el mapa, otras desde el trayecto. El Valle de México pertenece a la segunda categoría. No se mide por sus límites, sino por el tiempo que toma cruzarlo. Entre combis, trenes y avenidas saturadas, aparece El Cazador.
No es casual su origen. Chalco e Ixtapaluca marcan el punto de partida de una banda que después sumó a un integrante desde el sur de la ciudad. Raúl Romero, Etzael Jo y Axel Chaparro sostienen hoy un power trio que, desde hace tres años, consolidó su alineación actual.
El proyecto comenzó antes, con un primer disco publicado en 2017. Desde entonces, la banda mantuvo una línea de trabajo constante entre ensayos, estudio y presentaciones. Su propuesta se construye como una sola entidad: no tres voces separadas, sino un cuerpo que interpreta y produce en conjunto.
Desde ahí parten sus canciones. No buscan inventar historias, sino recogerlas. La vida cotidiana se convierte en materia prima. El transporte, la espera, la fricción entre cuerpos, el cansancio acumulado. Todo eso entra en su música sin filtros, pero también con una intención lúdica que evita el peso solemne.
Su sonido responde a esa lógica. El rock funciona como base, con guitarras distorsionadas y batería frontal, pero incorpora metales, sintetizadores y elementos de funk o blues. La banda evita fijarse en un solo género y construye desde la mezcla como principio.
La distorsión abre paso a lo que venga: funk, blues, sintetizadores, lo que sirva para contar lo que pasa afuera. No hay camisa de fuerza hacia un género, sino a una forma de mirar y traducir la ciudad.
Con los años, esa búsqueda cambia de dirección. El primer material miraba hacia influencias del pasado; el nuevo se ancla en el presente. La pandemia, los proyectos detenidos y la experiencia de habitar la ciudad aparecen como ejes narrativos en canciones como “Ícaro”.
En ese recorrido se inscribe “Errando”, uno de los sencillos recientes. El tema toma la experiencia del traslado diario entre periferia y ciudad y la convierte en ritmo. No plantea una salida, pero sí un reconocimiento compartido de ese desgaste.
En “El Feo”, la banda toma una palabra que suele cargar rechazo y la voltea hasta convertirla en emblema. La canción no busca encajar en la estética dominante, sino confrontarla desde el humor y la afirmación colectiva. El “feo” deja de ser insulto y se vuelve identidad compartida, una forma de reconocerse fuera del molde y cantar desde ahí, sin pedir validación.
El siguiente paso es “Mitología de asfalto”, un álbum previsto con ocho canciones que se publicarán de forma escalonada antes de su lanzamiento completo. El proyecto plantea un concepto unitario, donde cada pieza funciona como parte de un mismo relato.
Escuchar a El Cazador es reconocer algo conocido. No por repetido, sino por vivido. En cada riff hay una distancia. En cada golpe de batería, un traslado. En cada letra, una historia que alguien ya cruzó y que el grupo logró mirar con agudeza en la gran ciudad.
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