En el Barrio de Santiago, en el centro tradicional de Metepec, Esaúl Mora González abre su negocio de carnitas como quien mantiene encendida una parte de la vida comunitaria. Desde ese zaguán donde hace años colocó una mesa para vender tacos, ha visto pasar el crecimiento del municipio, la transformación de las milpas en fraccionamientos, la llegada de restaurantes y centros comerciales, pero también la permanencia de un pueblo que todavía se reconoce por familias, por fiestas patronales y por los oficios que dan identidad.
En un municipio con desarrollos comerciales y habitacionales
A sus 66 años, Esaúl no habla de legado con solemnidad. Lo hace desde la sencillez de quien ha trabajado casi toda la vida frente al cazo, entre tortillas, salsa, frijoles y carne al frente de su Taquería Mora. “Llevo 40 y tantos años de vender”, dice, como si resumiera una historia que no sólo es laboral, sino familiar y comunitaria.
Cinco décadas de la historia de Metepec
En Metepec, municipio que en los últimos 50 años dejó de ser una localidad predominantemente rural para convertirse en una de las zonas urbanas de mayor crecimiento del Valle de Toluca, personajes como Esaúl ayudan a explicar la continuidad de los barrios. No ocupan cargos públicos, no siempre son mayordomos ni dirigentes formales, pero sostienen redes de apoyo, participan en las fiestas, alimentan a vecinos y visitantes, y permiten que la vida colectiva conserve un centro.
Su casa y negocio se ubican en una propiedad que perteneció a sus abuelos y luego pasó a su padre.
“Nací aquí. La casa es de mis abuelitos, pero se la dejaron a mi papá”, recuerda. En ese mismo espacio crecieron varias generaciones. Ahí también se formó una familia que aprendió que el trabajo es una forma de arraigo.
En el barrio, las personas lo conocen de muchos años, por los tacos y por la disposición para cooperar en las celebraciones religiosas de la zona, ligadas principalmente a los templos de San Juan Bautista y de El Señor del Calvario, dos referentes de la vida católica en el centro de Metepec.
Su relación con la comunidad, explica, nació del gusto por participar en las fiestas. Durante años colaboró con comida en el tradicional Paseo de la Agricultura, conocido también como Paseo de San Isidro.
No presume esas acciones. Las cuenta como parte de una costumbre que, en los pueblos y barrios de México, ha permitido que las fiestas patronales no dependan sólo de presupuestos institucionales, sino del trabajo voluntario y del compromiso de familias enteras. En su caso, la aportación ha sido desde el oficio que conoce: las carnitas.
Durante esas jornadas, su esposa también participaba. “Mi señora me ayudaba. Traía sopita aguada, para darle el plato, su sopita y su taquito de carnitas”, cuenta. La escena resume una manera de hacer comunidad: nadie aparece como protagonista único; todos aportan algo, desde quien cocina hasta quien sirve, desde quien coopera con medio puerco hasta quien lleva mesas o ayuda a repartir.
Esaúl no fue mayordomo, aclara, pero los sacerdotes y las personas vinculadas a las iglesias lo buscan cada año. Él responde en la medida de sus posibilidades. Esa forma de participación es común en barrios, pueblos y delegaciones del país, donde hay habitantes que no necesariamente figuran en los comités, pero son indispensables para que una fiesta, una misa o una cooperación colectiva salga adelante.
Heredar la cultura del trabajo
Su oficio comenzó casi por casualidad, cuando tenía alrededor de 20 años. Un amigo le pidió apoyo porque faltó un trabajador. En esa casa se preparaban productos de cerdo que luego se vendían en el tianguis de los lunes. “Me dice: vente a echar la mano”, recuerda. Ahí aprendió a preparar carnitas, chicharrón, longaniza y rellena. Permaneció unos 15 años con esa familia, hasta que el negocio cerró porque los dueños ya eran mayores.
Entonces decidió continuar por su cuenta. “A ver, voy a empezar a hacer taquitos”, se dijo. Ya sabía preparar carne para algunas personas, pero todavía no tenía un establecimiento formal. Con el tiempo rentó un local en el centro de Metepec. Los domingos jugaba futbol y después abría para vender. Más tarde, luego de que lo castigaran por varios partidos, decidió instalarse en su propia casa. “Abrí mi zaguán, saqué una mesita y todo, y empecé acá”, relata.
Desde entonces, el negocio se volvió parte de la vida familiar. Sus tres hijas han ayudado a cobrar, despachar o vender. También participan su nieta y su nieto Joel, de 16 o 17 años, casi la misma edad que tenía Esaúl cuando comenzó a aprender el oficio. “Ahora ya entró a eso mi nieto”, dice con satisfacción discreta.
El trabajo le permitió sostener a su familia y formar a sus hijas. Una de ellas estudió Arquitectura; otra tiene su propio negocio. Sus nietas estudian en la Universidad Autónoma del Estado de México y en preparatoria. Cuando se le pregunta qué les ha dejado, primero piensa en lo material, pero después identifica algo más profundo: “Chambear”. Esa cultura del trabajo, afirma, es lo que ha tratado de transmitir.
La memoria del Metepec que se fue
En el relato de Esaúl también aparece el Metepec que se fue. El de calles de terracería, sin banquetas; el de ranchos, campos de futbol y milpas donde ahora hay plazas comerciales, tiendas departamentales, residenciales y restaurantes. “Era terracería, todo, no había banquetas”, recuerda. En la zona donde hoy se ubican desarrollos comerciales, dice, antes hubo ranchos. “Aquí era de ranchos, puros ranchos”.
El crecimiento, considera, se aceleró hace unos 20 años, aunque reconoce que las primeras transformaciones urbanas comenzaron antes, con desarrollos habitacionales como Infonavit y la venta de antiguos terrenos. “Creció drásticamente”, dice. Aun así, no habla del cambio con rechazo. “Sí, pues es mi barrio”, responde cuando se le pregunta si está conforme con lo que se hizo de Metepec.
La frase no implica indiferencia. Más bien expresa una relación profunda con el territorio: el barrio cambió, pero sigue siendo suyo. En esa permanencia se entiende la importancia de quienes han vivido ahí desde niños. Son testigos de una urbanización que modificó el paisaje, pero también de una comunidad que todavía se reconoce en sus fiestas, en sus templos, en sus apellidos y en la memoria compartida.
“La gente que es de aquí sigue siendo muy de comunidad”, afirma. Quienes llegan de fuera, añade, se relacionan de otra manera. “La que viene de fuera la conocemos por negocio, pero nada más”. En cambio, en los barrios tradicionales, la gente aún se ubica por familias.
Ese tejido social se expresa también en la religión. Los fines de semana, explica, las misas de San Juan Bautista y El Calvario atraen a vecinos del pueblo, pero también a familias de residenciales y colonias de reciente creación. “Vienen los residenciales. Vamos a la misa”, comenta. Sin embargo, admite que no siempre existe integración plena: se saludan, conviven de manera breve y cada quien vuelve a su espacio. El núcleo comunitario permanece entre quienes han construido vínculos durante décadas.
Antes, el futbol también era un punto de encuentro. Cerca de su casa, donde ahora hay una escuela, estuvo uno de los primeros campos de la zona. Después hubo otros en antiguos ranchos, como Rancho Colorado. Esos lugares se fueron transformando con el crecimiento urbano. El deporte, las fiestas y los oficios formaban parte de una misma vida barrial, donde la convivencia era cotidiana y no sólo ocasional.
En el caso de Esaúl, la política aparece de manera lateral. Lo buscan para preparar almuerzos o comida para grupos, autoridades o actividades públicas, pero él lo define sin rodeos: “Es chamba”. Su reconocimiento no proviene de un cargo, sino del trabajo acumulado, de la confianza de la gente y de la costumbre de responder cuando la comunidad solicita apoyo.
Aunque ya podría pensar en retirarse, no lo contempla. “Me jubilo cuando ya no pueda, hasta que el cuerpo aguante”, dice. El negocio continúa porque todavía hay fuerza, clientela y familia alrededor. También porque, para él, trabajar es una forma de permanecer.
Esaúl forma parte de una familia vinculada a otros oficios tradicionales de Metepec. Por el lado materno, varios de sus tíos fueron artesanos del barro. Entre ellos menciona a Timoteo González, reconocido por la elaboración de Árboles de la Vida, una de las expresiones más representativas del municipio. Esa genealogía confirma que, en su historia personal, el oficio no es sólo una manera de obtener ingresos, sino una forma de identidad.
Cuando se le pregunta qué quisiera para las nuevas generaciones, su respuesta vuelve al arraigo. “Que le echen ganas, que no se vayan de aquí, que busquen su vida aquí”, dice. No lo plantea como obligación, sino como deseo de continuidad. Sabe que muchos jóvenes estudian, migran, trabajan en Toluca, en la Ciudad de México o en otros estados. Aun así, le gustaría que encontraran una manera de hacer vida en Metepec, sin romper del todo con el barrio.En tiempos en que los pueblos se urbanizan, los barrios se vuelven corredores comerciales y las familias se dispersan, personas como Esaúl Mora González cumplen una función silenciosa. No sólo venden tacos. Guardan memoria, alimentan fiestas, reconocen a los vecinos por su nombre, sostienen relaciones entre generaciones y recuerdan que una comunidad no se construye únicamente con obras, reglamentos o nombramientos, sino con presencia cotidiana.
En el Barrio de Santiago, su cazo de carnitas también es un punto de encuentro. Por ahí pasan clientes, vecinos, familiares, autoridades y visitantes. Algunos llegan por hambre; otros, por costumbre. Esaúl los atiende con la naturalidad de quien ha hecho del trabajo una forma de pertenencia. Y mientras el centro de Metepec cambia a su alrededor, él permanece ahí, en el mismo barrio, convencido de que su mayor enseñanza ha sido sencilla y profunda: trabajar, compartir y no olvidar de dónde se viene.
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