Hay presencias que la muerte no consigue borrar. Lo pienso cada vez que recuerdo a mis abuelos: con los años, lejos de desvanecerse, han encontrado nuevas maneras de estar. Tal vez por eso, desde pequeña, me fascinan los médiums, esas figuras que prometen tender puentes entre los vivos y quienes habitan en el más allá.
No recuerdo cómo comenzó esa fascinación. Quizá fue con las famosas grabaciones de los años noventa que, escuchadas al revés, supuestamente revelaban voces de quienes ya habían muerto y mensajes para sus seres queridos. Me intrigaba la posibilidad de que una ausencia pudiera encontrar la forma de decirnos algo.
Esa inquietud tiene una historia larga. Como documenta Robert Fuller en su obra Espiritual pero no religioso, entendiendo a la América no eclesiástica, el espiritismo moderno surgió en la segunda mitad del siglo XIX. En Hydesville, Nueva York, las hermanas Fox producían golpes que atribuían a un espíritu que habitaba el sótano de su casa. La noticia se extendió rápidamente: lo que parecía una prueba de la vida después de la muerte las convirtió en celebridades y contribuyó a popularizar el movimiento entre personas de distintas clases sociales.
El auge del espiritismo tuvo varios motores: la difusión de sus historias en los medios de comunicación y su acogida entre quienes solían quedar al margen de la conducción de las prácticas religiosas, como las mujeres y los laicos. Pero hay uno que me interesa especialmente: la necesidad de comunicarnos con quienes nos dejaron. Más allá de las explicaciones que cada quien encuentre, ese deseo nos habla de la fuerza de nuestros vínculos.
En los últimos años, mi interés por lo que ocurre después de la vida ha crecido. Quizá porque he llegado a esa etapa en la que aprender a vivir también significa aprender a asumir las pérdidas. Las de mis abuelos me han traído duelos, sí, pero también lecciones que hoy forman parte de mi manera de mirar el mundo.
Sus procesos de muerte, vividos con calma y con el acompañamiento de la familia, me mostraron el sentido de eso que llamamos “una vida bien vivida”. Más que miedo o ansiedad, sus partidas me dejaron una enseñanza: aceptar los tránsitos también es una forma de amar. Acompañarlos y dejarlos ir en paz fue parte de ese aprendizaje.
Por eso me sorprende que el paso del tiempo no haya diluido su presencia. Al contrario: les ha dado nuevas formas de vigencia, nuevas maneras de estar.
Los recuerdos cobran sentidos distintos conforme cambia nuestra vida. En la mía, se han vuelto pautas para enfrentar las circunstancias de la adultez y dar otro lugar a las piezas de mi historia. Pienso constantemente en mi abuela y en lo que me enseñó con el ejemplo. Sus saberes, sus valores y sus acciones son la herencia más grande que pudo dejarme.
Cada mañana siento su presencia, como si me despidiera antes de salir. Y cuando me asaltan las dudas, especialmente sobre mí misma, vuelvo a escucharla diciéndole a mi hijo, con orgullo: “tu mamá es una muchachita muy valiosa”. Esa frase sigue acompañándome.
En esos momentos, decir que el amor lo trasciende todo deja de parecerme una frase hecha. También cobra sentido aquello de que “lo que bien se aprende jamás se olvida”. Hay una belleza profunda en poder recordarlos sin tener que apartar la mirada de algo que preferiría olvidar.
Hace unos días encontré, entre las recomendaciones de Amazon, SIGNOS: el lenguaje secreto del universo, de Laura Lynne Jackson. La autora se considera una médium contemporánea y la reseña despertó de inmediato mis ganas de leerla. Mi antigua curiosidad seguía ahí, ahora atravesada por mis propias pérdidas.
En sus relatos, Jackson invita a abrirse a las experiencias y a la guía que atribuye a “el otro lado”. Propone aprender a leer señales y encontrar coordenadas para recorrer lo que parece confuso. Esa invitación me hace pensar en la atención que prestamos a lo que nos rodea y en el lugar que damos a nuestros recuerdos.
Creo que la vida y la muerte están llenas de signos, aunque no todos los entendamos de la misma manera. A veces, un mensaje no llega como una voz extraordinaria, sino como una enseñanza que vuelve justo cuando necesitamos orientación. Aprender a reconocerla también exige atención.
Por eso creo que vale la pena hacer espacio, entre las prisas de los días, para la introspección y el silencio. No para imponer una explicación sobre lo que hay después de la muerte, sino para reconocer lo que el amor sigue haciendo en nuestra vida. Para mí, los mensajes de mi abuela también están ahí: en lo que me enseñó y en la confianza que todavía me devuelve su recuerdo.
Mi abuelo tenía mucha razón: el muerto no se va hasta que el olvido lo sepulta.
Creo que la vida y la muerte están llenas de signos, aunque no todos los entendamos de la misma manera.
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Pat

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