José María Velasco nació en 1840 en Temascalcingo, Estado de México, cuando el paisaje todavía era una promesa abierta y el Valle de México respiraba con otra paciencia. De ese territorio —mirado, recorrido y estudiado con atención casi amorosa— surgió el pintor que con el tiempo sería reconocido como el gran paisajista nacional.
Lienzos, litografìas y otros trabajos del pintor mexiquense revelan la riqueza de su observación y diàlogo con su entorno
Pero Velasco fue más que eso. Fue observador, estudioso, curioso e incansable. Un artista que entendió la pintura como una forma de conocimiento y que supo vincular el arte con la ciencia cuando ambas disciplinas aún caminaban juntas.
La exposición El jardín de Velasco, que se presenta en el Museo Kaluz, propone precisamente eso: quitarle polvo a la imagen consagrada del pintor de vistas panorámicas y revelar a un creador complejo, botánico aficionado, investigador riguroso y participante activo en los circuitos científicos del siglo XIX.
La muestra parte del acervo más amplio reunido hasta hoy sobre el artista —adquirido por el museo en 2023 e investigado por su bisnieta, Elena Altamirano Piolle— y compuesto por más de dos mil piezas entre pinturas, dibujos, libretas, objetos personales y materiales de estudio. Un archivo vivo que abre rutas para mirar a Velasco desde nuevos ángulos.
El recorrido comienza de manera familiar, con el Velasco paisajista que todos creemos conocer. Ahí están las vistas amplias, los horizontes medidos con precisión, la luz cuidadosamente trabajada.
Sin embargo, algo cambia pronto: la atención se desplaza de las montañas lejanas a los primeros planos, de la grandilocuencia del valle a la minuciosidad de una hoja, de una rama, de una planta observada con lupa.
Las plantas, nos dice la exposición, fueron el verdadero centro de gravedad de su obra, lo mismo en grandes lienzos que en pequeños formatos y postales.
Revela la exposición, la complejidad del autor
A partir de ahí, el visitante se interna en un territorio más silencioso y fascinante: el mundo de la herbolaria. Bocetos, dibujos y estudios revelan a un Velasco que recolecta, clasifica y nombra. No pinta flores para adornar el paisaje; las estudia como quien busca entender su lógica interna.
Esa pasión cristalizó en 1869 con la publicación de Flora del Valle de México, una obra que incluye 18 litografías realizadas, editadas y supervisadas por el propio artista. Gracias a ese trabajo, Velasco ingresó a la Sociedad Mexicana de Historia Natural e impulsó la ambiciosa idea de una flora nacional.
Uno de los espacios más disfrutables del recorrido es el interactivo dedicado a esta flora. En un ambiente audiovisual, el visitante puede conocer especies como el toloache, la hierba del negro o el ayahuasca mexicana, descubrir su origen, sus usos medicinales y su relación con la vida cotidiana.
La exposición también mira hacia el pasado remoto. En el apartado Floras del tiempo profundo, se presentan los trabajos que Velasco realizó para el entonces Instituto Nacional, hoy Museo de Geología de la UNAM.
Para estas obras, el pintor tuvo que viajar —imaginariamente— a eras geológicas anteriores, apoyándose en referencias del Museo de Historia Natural de Viena. Los helechos, protagonistas de estas composiciones, funcionan como símbolo de su fascinación por los orígenes de la vida y aparecen también en obras como El bosque de Pacho o Paisaje fantástico.
Cuatro artistas contemporáneos —Jan Hendrix, Patricia Lagarde, Wendy Cabrera Rubio y Ariel Guzik— dialogan con Velasco desde el presente a través de instalaciones comisionadas para la muestra. Lejos de competir con él, lo traen al ahora y lo colocan en debates actuales sobre naturaleza, tecnología y conocimiento.
Recordemos que cuando Velasco pintaba la Ciudad de México, esta ocupaba apenas 10 kilómetros cuadrados y tenía medio millón de habitantes: un dato que resuena inevitablemente con la experiencia actual del paisaje urbano.
En su tramo final, El jardín de Velasco recuerda que el pintor también se interesó por los ritmos de vida fuera de la ciudad, por el trabajo y la persistencia del mundo rural. Sus imágenes proponen una relación íntima entre lo vegetal y lo humano, una idea que hoy cobra renovada vigencia.
La exposición puede visitarse hasta el 25 de mayo de 2026 en el Museo Kaluz, ubicado en Avenida Hidalgo 85, en el Centro Histórico de la Ciudad de México. Abre de miércoles a lunes, de 10:00 a 18:00 horas; los martes permanece cerrado. La entrada general es de 95 pesos y los miércoles el acceso es gratuito. Una oportunidad para caminar, con calma, por el jardín íntimo y revelador de José María Velasco.
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