México está herido

Con singular alegría

Yo creo de verdad, que se está cansando Dios, o el Universo entero. Ya empezó a darnos en la verdadera y absoluta torre con Acapulco. Ya vio que después de doce días, es muy difícil reestructurarlo. Se creyeron que nomás así se podía levantar todo y no. Que duro para cualquiera poner en orden el absoluto desorden. Es como cuando se cae alguien y jamás vuelve a levantarse. Porque se fractura un pie, y la mano, y el brazo, antebrazo y codo. Y no puede. 

Qué alegría me dio ver las imágenes de ayer, cuando la Comisión Federal de Electricidad, les dio un giro de casi 300 grados a la catástrofe, y puso a latir un poco la costera del puerto, o uno, de los más importantes del mundo.

Y esto no es una vacilada y los comunicadores no son solo mentirosos. queriendo dejar mal al gobierno. Son seres humanos de excelencia, que se fueron a cubrir el evento más horroroso, que ha pasado desde el terremoto del 85. Y allí brinque y brinque buscando y platicando y encontrando a todos los seres que viven allí.

Solo dos cosas no se fragmentaron ni se destruyeron: una cabañita, con el techo de palma, blanca, que decía abajo: Con Dios todo lo puedo; y la virgencita de Guadalupe, que todos los clavadistas le rezan, en Pie de la Cuesta. Extraño caso, ¿verdad? Pero así se las gasta el Rey de Reyes y Señor de Señores. El Gran Creador del Universo.

¿Pero, por qué con la gente más buena, más noble, más necesitada? estas personas que perdieron todo. Casa, muebles, paz, y muchos otros están allí sepultados y no los encuentran.

Y sucedió. Como sucede todo en la vida: de repente y directo al corazón. Pero ahora no ha sido tan directo, ni tan al corazón. Es algo que llega sin que nosotros podamos entender. Como castigo divino y sin merecérnoslo.  

Este sin duda es un mal otoño. Mire usted qué ha pasado en los últimos treinta años: aumentaron 300 por ciento los precios y cayó 50 por ciento el poder adquisitivo en México: ¿nuestra moneda? sí, esa que ahora vale 17.70 por cada dólar.

Hace diez años, un trabajador laboraba 42 horas para adquirir la canasta básica. Hoy debe ocuparse 99 horas para conseguir lo mismo. Más del doble. Pero, además, con una pobreza que nos alcanza sin límites. Sin la más mínima posibilidad de poder tener una casa. Y el gobierno por más que se esmera, tiene a ciento diez millones de personas que atender. Agua, luz, gas, seguridad, educación, salud… 

Por ejemplo, ¿a usted, a mí, de qué nos sirve que se haya capturado a cualquier delincuente del fuero común que se robó millones de dinero nuestro, del apellido que usted elija, y por la condición que a usted también se le antoje? ¿De verdad eso abate la delincuencia organizada?

La respuesta no puede ser una ecuación pulida y amena, que diga cómo solucionar este problema de vida de casi ciento treinta millones de mexicanos.  A la mejor sí encontrar a quien entienda qué es la pobreza extrema y una metodología sensata y coherente para solucionarla. Este México Mágico se lo merece. Se está cansando. Mucho.

gildamh@hotmail.com