No acabarán mis flores,
no cesarán mis cantos.
Yo cantor los elevo,
se reparten, se esparcen.(No acabarán mis flores, Nezahualcóyotl)
Mi abuelo Ignacio (Ignatius, portador del fuego) nació en un verano de 1929 y creció como el único varón entre cuatro mujeres. Fruto de lo que hoy denominamos como una familia reconstituida, supo situarse para tomar y también procurar lo mejor de ambas partes.
Por simple temporalidad, fue partícipe de múltiples coyunturas, de niño vivió —aunque a la distancia— los efectos de la Segunda Guerra Mundial, cómo fueron las migraciones que México recibía a raíz de ese y de otros conflictos como la dictadura española, experimentó el auge del México posrevolucionario con el impulso a los cachorros de la revolución, la expropiación petrolera, el sindicalismo, la entrada de nuevas tecnologías como la zootecnia, de la que su propio padre fue pionero, las brigadas de combate de la fiebre aftosa, el glamour de la Colonia Roma y la Condesa y después, con el paso de los años, las transformaciones de todo eso que en su momento llamamos “el milagro mexicano”. Lo recuerdo entonces, con sus 80 años, entusiasmado con los mapas de Google y, he de decir, haciendo esfuerzos reales por entender los problemas contemporáneos, desde la lectura de un orden del mundo tan inestable en el que simplemente las coordenadas habituales de lo público, lo privado, lo masculino, lo femenino, la familia, el estado e incluso lo bueno y lo malo ya no encontraban lugar.
Cuando nos conocimos, él recién transitaba por los 50 años, lo cual me brindó el privilegio de compartir con él más de una treintena de años. Mis primeros recuerdos me llevan a las caminatas vespertinas en donde, yendo de su mano, lo observaba como un gigante y hacía esfuerzos superiores por aguantarle el paso. Con mi abuelo caminé muchos senderos, todos ellos acompañados de historias como las de ir borrando con una rama las huellas de nuestros pasos a fin de evitar ser seguidos por los apaches, o bien aquellos nocturnos en los que me mostraba las constelaciones y las edades de las estrellas; sin dejar de lado las idas y vueltas que dábamos en el jardín después de cenar en las que me enseñó las conjugaciones de los verbos irregulares del francés, con un método tan impecable que aún los recuerdo.
Mi abuelo superhéroe, tenía amplios poderes. Uno de ellos era la capacidad de experimentar la belleza del mundo en prácticamente cada cosa. Podría pensarlo como un alquimista que hacía de las experiencias más simples enormes disfrutes: atravesar arcos mágicos de agua, bailar en el pasillo, hacer de cada comida un banquete, recitar fábulas en latín y también en griego, adiestrar a Fifí para saltar obstáculos, escuchar buena música, hacer dar frutos a los árboles a través de las técnicas más rudimentarias y también las más eficaces…
Otro de sus atributos era el de hacerte sentir especial y en eso era un experto. Conocía a profundidad el corazón de cada una de sus nietas y hacía las mejores lecturas de ellas; en mi caso supo encontrar la manera de siempre amarme a pesar de nuestras diferencias y fue él quien, a su modo, me enseñó a establecer un diálogo entre iguales con los hombres. Fue mi abuelo quien me instigó a defender mis ideas con argumentos sólidos, con elementos y también desde la dignidad. Desde niña me concedió eso que no es común en los adultos: la escucha atenta y la validación de mi pensamiento.
Fiel a las formas clásicas, no dejaba pasar un cumpleaños; llegaba el sábado con su charola de merengues con crema, listo para festejar; te regalaba un perfume que le evocaba a ti, te diseñaba una joya con un gusto atemporal, te tomaba de la mano por la calle y si llorabas tenía su pañuelo a la mano. Amaba la vida y el buen sentido del modo abundante de saber recibir y también de dar.
Mi abuelo, decía temerle al matriarcado, tanto que muchas veces llegó a presentarlo así como la criptonita, como su enemigo natural. Al día de hoy sigo sin entender bien a bien a qué se refería ¿Tal vez a la propia afrenta que le representaba tanto a él como a muchos hombres el tener que negociar sus posiciones de privilegio? Sin embargo, eso no fue un obstáculo para que desde el amor me acercara múltiples herramientas y oportunidades de crecimiento; una de ellas el saber resolver problemas y el enfrentar las situaciones de frente asumiendo responsabilidades que incluso a veces pareciera que no nos tocan pero que a la larga encuentran su lugar.
Entre los superpoderes de mi abuelo, estuvo también el de hacerte sentir capaz de muchas cosas. Me recuerdo en el sillón al lado de su cama, siendo muy pequeña intentando primero leer y luego traducir los artículos que leíamos juntos y que hoy entiendo como el principio de un bagaje que se construye solamente así, con acercamiento y con tiempo. A mi abuelo, le debo el gusto por el arte, el redescubrimiento de los colores, de las formas, de la capacidad de interpretar el mundo desde un disfrute que va más allá las capas superficiales.
Mi abuelo superhéroe, que emprendió múltiples cruzadas por la familia, por los vivos y también por los muertos, incluso por aquellos a quienes los límites del cuerpo no le permitieron conocer.
Mi abuelo, una figura masculina constante, presente sin titubeos, sabiendo estar, dispuesto a dar múltiples oportunidades; un hombre que se permitió el ejercicio de la ternura, de la crianza, de los afectos y que finalmente he de decir que supo establecer un diálogo cara a cara con la muerte, hacer las paces y tener la sabiduría para irse bien.
Mi abuelo superhéroe, libre y determinado, niño por siempre, navegante experimentado, artista improvisado y para siempre habitante privilegiado de este corazón.
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