Este 31 de mayo se conmemora el Día Mundial Sin Tabaco, una fecha instituida por la Organización Mundial de la Salud (OMS) en 1987 para frenar una epidemia que hoy cobra la vida de más de ocho millones de personas al año a nivel global. Sin embargo, entre las políticas de salud y la realidad de la calle, existe una brecha evidente.
Un consumo que muta según su contenedor
A pesar de que las leyes en México se han endurecido para prohibir la exhibición de cajetillas y restringir el consumo en espacios públicos, la cotidianidad dicta otra sentencia.






En cada esquina, en la prisa del peatón que enciende un cigarro o en los puestos callejeros que abastecen la demanda diaria, el tabaco demuestra ser un hábito profundamente arraigado en el entorno urbano.
Este consumo muta según su contenedor
Mientras el cigarro de cajetilla representa la inmediatez de la vía pública, el puro conserva una mística distinta. Resguardado en vitrinas como objeto de culto o consumiéndose pausadamente sobre un cenicero, evoca un ritual de estatus y tiempo suspendido, aunque comparta el mismo destino de ceniza.
A escasas horas de un día dedicado a apagar el cigarro, las calles y los aparadores nos recuerdan que el humo sigue siendo parte del paisaje cotidiano, una costumbre que se resiste a desaparecer.
Fotos e información Emilio Varela
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