La sexualidad ha sido, es y será un tema complejo para las personas en todas las sociedades. Porque se nos presenta como un tema tabú. Es decir, se prohíbe o sanciona su conversación de manera abierta en distintos grupos y espacios.
Por ejemplo, en las familias, no siempre se habla sobre sexualidad en presencia de niñas y niños, enfrente de las parejas o los padres de familia. Tampoco es que todo el tiempo tengamos que hablar de sexualidad y, sin embargo, todas y cada una de las personas sobre la faz de la tierra provenimos de la práctica de la sexualidad humana.
Este ámbito de nuestras vidas, la sexualidad, nos atañe a todas las personas, en distintos grados según nuestras edades y desarrollos psicobiológicos. Por su parte, el machismo atraviesa también toda la construcción de nuestras culturas y sociedades, por lo menos en nuestro país.
Aprendemos sobre nuestros cuerpos, sobre erotismo, género, placer y reproductividad a través de muchas fuentes de información incompletas, sesgadas o prejuiciadas. Esas fuentes en su mayoría son empíricas, el ensayo y el error, nuestras familias, amigos o los medios de comunicación.
Aprendemos a besarnos, a abrazarnos, sobre noviazgo y vínculos, desde lo que vemos y oímos. A través del ejemplo, nosotros también aprendemos a ser hombres o mujeres. Y es en este punto en donde el machismo impregna nuestro conocimiento sobre sexualidad.
Imaginemos que desde la infancia recibimos mensajes como “aguántate, porque los hombres no lloran”, “tienes que ser un súper héroe”, “no abraces a otros hombres”, “los hombres son el sexo fuerte”. Lo que estamos aprendiendo es a ser personas poco conectadas con nuestra esencia orgánica humana.
Y si encima recibimos mensajes como “a las mujeres hay que conquistarlas”, “hay que darles flores y serenatas”, “con ese carro vas a levantar una por cuadra”, “si se hace del rogar es por sí quiere contigo”, estamos programando nuestros prejuicios respecto a las conductas esperadas de nosotros por ser hombres, y las de ellas por ser mujeres.
Los aprendizajes sobre sexualidad y machismo abrevan de prejuicios sobre el ser mujer y ser hombre. Desde un manto opresivo y autoritario de quienes han validado los conocimientos sobre nuestros cuerpos. Sobre todo, basados en el método científico, la medicina y las ciencias naturales ampliamente difundidos en el siglo XIX.
Los mensajes sobre ser un hombre de verdad, los distorsionamos como sinónimos de ser fuertes, formales, proveedores y conquistadores. A ello, sumamos las descalificaciones de las mujeres por creerlas débiles, pasivas, dependientes y territorios conquistables. En conjunto, esto limita y tergiversa las verdaderas dimensiones de lo que es la sexualidad, la identidad de género y fortalecen el machismo.
Aprender sobre sexualidad requiere información objetiva sobre nuestros cuerpos, sin dogmas respecto a las capacidades eróticas de las personas, nuestras libertades para decidir, disfrutar y vivir sin violencia. Niñas y niños también tienen derechos a aprender de forma saldable. Erradicar el machismo nos atañe en primer lugar a todos los hombres.
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