Jugar es, de acuerdo con el diccionario de la Real Academia Española, “hacer algo con alegría”, entre otros fines, para desarrollar algunas capacidades. Entonces pienso que la vida es jugar con entusiasmo y contento un juego sin final. Al menos por una temporada.
No importan las edades. Las personas jugamos la vida en cada momento. Al estudiar, al comer, al dormir, al despertar, al cocinar. Trabajar es para algunas personas una diversión, un entretenimiento remunerado. No siempre nos gustan todos los juegos. No siempre se disfrutan igual. Hay quienes se enteran demasiado tarde que la vida es jugar.
Empezamos escudriñando nuestro propio cuerpo. A las diez semanas de gestación, apenas siendo un feto ya contamos con extremidades y desde entonces ya podemos cerrar el puño de nuestras manos. Nos chupamos el dedo desde antes de nacer. Es la forma más lúdica de conocernos y explorarnos.
Así descubrimos nuestros cuerpos, sin sexos ni géneros ataviados de prejuicios ni estereotipos. Esos accesorios nos los colgarán después el “qué dirán” y el “no vaya a ser”. Pronto nos hallamos jugando con nuestra madre o nuestro padre a hacer gestos, a las escondidas, a las miradas, con una pelota. Y de pronto jugar es nuestra pasión.
Según la edad y etapa de desarrollo, en la infancia pasamos de gatear a caminar a trompicones. Después pateamos la pelota tan fuerte que rompemos algún accesorio en casa. No es casual que la compañía preferida del juego en muchas casas sea una mujer. La madre se vuelve la principal colega para ensayar a la casita, pegarle al balón, enfilar los juguetes como en el salón de clases.
Unos años después, y por el resto de nuestras vidas, jugar es lo único que queremos hacer. Entre pares, con otras niñas y niños deseamos mantenernos en un entusiasmo permanente por dar un salto más, batear otra vez, hallar al escondido o rescatar al encantado.
Y aguafiestas quien ose retirarse del juego. Por cansancio, aburrimiento o desinterés. ¡Ándale, otro ratito! Es una súplica recurrente ante el “pidos” como pausa comercial en la película o a la llanura del “ya no juego”.
Abandonar el juego nunca es opción. Ni en la infancia febril ni en la parsimonia adulta. Por más que Milanés nos entone “el tiempo pasa, nos vamos poniendo viejos” y ya no jugamos como ayer, porque en cada brinco, en cada juego, cada risa o carcajada anteponemos “un pedazo de razón”.
Frente a frente, 80 versus 50 parece una competencia desventajosa. A su edad, todo es distinto para tu primera compañera de juego. Quizás sea la calma de conocer las jugadas o el desinterés por el triunfo. Tal vez es sabiduría de abandonar el juego en el momento preciso. Quizás conoce el resultado o, a pesar de no conocerlo, participa distinto en la jugada. Aunque quincuagenario, le convoques a “un gol más” antes de la retirada.
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