Cada 15 de mayo, frente al templo de San Bartolomé Apóstol, en Otzolotepec, el amanecer tenía otro ritmo. Desde muy temprano, los caminos comenzaban a llenarse con el sonido pausado de las yuntas avanzando hacia el centro del pueblo. Mulas, caballos y bueyes caminaban adornados con grandes moños, flores y largas cadenas de papel de china que colgaban sobre sus cuerpos. Algunos llevaban alrededor del cuello los tradicionales panes de fiesta, colocados como símbolo de abundancia y agradecimiento.
El pueblo esperaba la llegada de San Isidro Labrador no con estridencia, sino con la emoción serena de quienes sabían que aquella celebración formaba parte de su vida cotidiana. Aunque no era una festividad extensa, la alegría de los campesinos convertía por momentos las calles en una verdadera verbena popular.
El amanecer de las yuntas adornadas
Mientras los dueños y gañanes entraban al templo para escuchar la misa de las seis de la mañana, las yuntas permanecían alineadas frente a la iglesia y en las calles cercanas. El atrio se llenaba de color, de murmullos y de esa mezcla entre tradición y fe que durante décadas dio identidad a Otzolotepec.
Al concluir la ceremonia religiosa, el sacerdote salía del templo para bendecir a los animales. Campesinos y yuntas aguardaban pacientemente aquel instante considerado sagrado. Después de recibir la bendición, algunos emprendían el regreso a casa; otros recorrían orgullosos las calles céntricas del municipio caminando junto a sus animales. Había también quienes se dirigían de inmediato a las parcelas para continuar el trabajo en las milpas.
La escena dejaba ver la estrecha relación entre el campesino y los animales de trabajo. Las yuntas no solo ayudaban a sembrar: también servían para arar, barbechar, escardar, transportar carga y recorrer los caminos rurales. Para muchos hombres del campo, aquellos animales eran compañeros inseparables de las largas jornadas agrícolas.
La riqueza que caminaba entre las milpas
En aquellos años, poseer una yunta representaba una verdadera fortuna. Significaba independencia para trabajar la tierra sin necesidad de alquilar animales ajenos y, en muchos casos, permitía obtener ingresos adicionales prestando servicio a otros campesinos.
Por eso, durante la celebración dedicada a San Isidro Labrador, los animales se adornaban cuidadosamente y eran llevados a bendecir como muestra de agradecimiento. Cada bendición expresaba el deseo de conservar la salud de las yuntas y asegurar buenas cosechas para el ciclo agrícola que iniciaba.
La devoción por San Isidro Labrador ocupaba un lugar importante en las casas de Otzolotepec. En muchas viviendas podía encontrarse la imagen del santo en oración mientras un ángel guiaba la yunta. Aquella representación reflejaba la esperanza de las familias campesinas que confiaban en la protección divina para obtener sustento y bienestar.
Los gañanes, orgullo del trabajo agrícola
Conducir una yunta requería experiencia, fuerza y paciencia. De ello dependía, en gran medida, que la tierra produjera una buena cosecha. Por eso, durante muchos años, los gañanes ocuparon un sitio importante dentro de la vida comunitaria. Eran quienes realizaban las labores más pesadas y guiaban a los animales durante las jornadas de trabajo.
En los años cincuenta, ser gañán no significaba ocupar un lugar inferior dentro de la sociedad. Al contrario, eran hombres respetados por su conocimiento del campo y su habilidad para manejar las yuntas entre los surcos. Muchos sentían orgullo de su oficio, pues no cualquiera podía dominar el trabajo agrícola con destreza.
Con el tiempo, la palabra “gañán” comenzó a utilizarse de manera despectiva para referirse a personas toscas o sin educación. Sin embargo, hubo una época en la que el término simplemente describía al jornalero y al hombre que vivía honradamente de la tierra.
La memoria popular todavía recuerda nombres como Luis Pastor, trabajador de la Hacienda de Doña Rosa, y Rodrigo Leonardo, ligado a la Hacienda de Canaleja. Ambos quedaron en el recuerdo como ejemplos del esfuerzo de los hombres del campo.
La tradición que resiste al paso del tiempo
Hoy, las yuntas prácticamente han desaparecido de las milpas de Otzolotepec. La maquinaria agrícola sustituyó poco a poco a los animales y transformó el paisaje rural que durante décadas dio identidad al municipio. Los campos también disminuyeron con el crecimiento urbano y las escenas de gañanes recorriendo los caminos quedaron atrapadas en la memoria de los abuelos.
Actualmente, son los tractores los que reciben la bendición durante las festividades de San Isidro Labrador. Aunque la imagen es distinta, la intención permanece: honrar el trabajo de quienes cultivan la tierra y sostienen la alimentación de las familias.
Aquel ambiente pintoresco de las yuntas adornadas avanzando por las calles del pueblo pertenece ahora a los recuerdos de generaciones anteriores. Por eso, rescatar estas historias se vuelve necesario para impedir que las costumbres y la vida cotidiana del viejo Otzolotepec desaparezcan definitivamente en el olvido.
Francisco Hurtado Cisneros, cronista de Otzolotepec por la AMECRON.
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