Cuando la lluvia también gritó: ¡Viva México!

Cuando la lluvia también gritó

Cuando la lluvia también gritó: ¡Viva México!

Hay tardes en las que la lluvia moja. Y hay otras, como la de este 30 de junio, en las que la lluvia bautiza.

Alejandro Baillet
Junio 30, 2026

Hay tardes en las que la lluvia moja. Y hay otras, como la de este 30 de junio, en las que la lluvia bautiza.

La Ciudad de México amaneció con ese cielo gris que suele anunciar tráfico, paraguas olvidados y zapatos empapados. Pero el futbol tiene un extraño pacto con el clima: cuando rueda el balón, hasta las nubes terminan jugando de locales.

Mientras la tormenta retrasaba unos minutos el partido en el Estadio Azteca, miles de mexicanos ya estaban haciendo lo suyo en el Zócalo, el Ángel de la Independencia, las pantallas gigantes y cualquier esquina donde cupiera una televisión. Nadie preguntaba si iba a llover. La pregunta era otra: “¿Hoy sí?”
Y sí.

Sí apareció Julián Quiñones. Qué manera de sacudirse la marca, de perfilarse y de mandar el balón donde los porteros sólo alcanzan a mirar. Fue un gol con acento colombiano, corazón mexicano y aroma de Mundial. Uno de esos disparos que hacen brincar hasta al vecino que juró toda la semana que “esta selección no ilusiona”.

Después llegó Raúl Jiménez. El hombre que parece empeñado en demostrar que las segundas oportunidades existen. Definió con la tranquilidad de quien ya conoce el dolor, las críticas y el camino de regreso. Su gol fue un abrazo para él mismo y para un país entero que necesitaba volver a creer.

Y entonces ocurrió lo inevitable.

El Zócalo dejó de ser plaza para convertirse en estadio. El Ángel de la Independencia dejó de ser monumento para convertirse en sala de fiestas nacional. Los desconocidos se abrazaban como primos perdidos, los cláxones encontraron el ritmo perfecto y hasta el vendedor de banderas parecía dirigir una orquesta de felicidad. La lluvia, que horas antes parecía enemiga, terminó siendo parte del festejo. Porque celebrar bajo el agua tiene algo de infancia y mucho de mexicano.

Hay quienes dicen que el futbol no resuelve los problemas del país.

Es cierto. Pero tampoco está obligado.

Lo suyo es regalarnos noches como ésta. Noches donde el taxista sonríe, el vecino deja de discutir de política durante noventa minutos y el señor que nunca canta termina desafinando el Cielito Lindo con una cerveza en la mano y el corazón completamente fuera de lugar.

Hoy México ganó 2-0 a Ecuador. Sí, los goles cuentan. El pase también. Pero lo verdaderamente importante fue otra cosa: por unas horas dejamos de ver el reloj, el recibo de la luz, las noticias malas y las prisas de todos los días.
Nos dedicamos, simplemente, a ser felices. Y vaya que hacía falta.

Ahora vendrán rivales más complicados. Vendrán analistas explicando esquemas tácticos, porcentajes de posesión, mapas de calor y estadísticas que nadie recuerda cuando rueda la pelota.

Pero esta noche no. Esta noche el único mapa importante fue el que unió al Estadio Azteca con el Zócalo, al Zócalo con el Ángel, y al Ángel con millones de corazones que volvieron a latir al mismo ritmo.

Porque el futbol tiene esa maravillosa costumbre de convertir una tarde lluviosa en una fiesta nacional.

Y cuando México gana en un Mundial… hasta las nubes terminan cantando el “¡Mé-xi-co, Mé-xi-co!”.

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