En medio de la fiesta colectiva que precede a la inauguración del Mundial de Futbol, pocas lecturas resultan tan pertinentes como Dios es redondo, de Juan Villoro.
Este volumen, publicado originalmente en 2006 y ahora reeditado, no solo acompaña el fervor que se adueña de las calles y las conversaciones, sino que lo explica con lucidez literaria.
Villoro ha escrito un clásico contemporáneo que se lee hoy como si hubiera sido concebido para este preciso momento: el instante en que el país vuelve a mirarse en la cancha.
Con ensayos y crónicas aborda el futbol desde distintas perspectivas
No se trata de un libro deportivo en sentido estricto. A través de ocho capítulos, Villoro hace una recopilación de ensayos y crónicas donde aborda el fútbol desde diferentes perspectivas, pasando por las hazañas de leyendas como Pelé y Maradona, hasta el folclore de los estadios.
La propuesta de Villoro escapa de la estadística y del anecdotario trivial para concentrarse en lo que persiste: la emoción, la pertenencia, la memoria colectiva.
Con una prosa que alterna la reflexión y la crónica, el escritor examina al fútbol como “la forma de la pasión mejor repartida y organizada en la Tierra”, una religión laica que, a falta de templos, levanta estadios.
En uno de sus momentos más certeros, sostiene que elegir un equipo “es una forma de elegir cómo transcurren los domingos”. Pocas frases condensan con tal precisión el vínculo entre identidad y rito semanal.
“El juego sucede dos veces, en la cancha y en la mente del público”, advierte el autor, y su escritura se instala justo en esa zona incierta, donde el balón adquiere simbolismo y la grada construye su propia épica.
Villoro no idealiza; sabe que la mayoría sale decepcionada. “Un estadio de fútbol consta de miles de personas sumamente decepcionadas de lo que vieron, que se limitan a rumiar su desconsuelo”, escribe con ironía y ternura. Sin embargo, esa decepción también funda comunidad.
Capitulo dedicado a Maradona
El capítulo dedicado a Maradona funciona como una pieza clave. Villoro examina al argentino como figura liminal: genio absoluto y personaje excesivo, divinidad profana. Lo que interesa aquí no es el mito congelado, sino la persistencia de su influencia.
Maradona encarna esa mezcla de talento y desmesura que el fútbol tolera —y celebra— como ningún otro ámbito. “Puedes ser bajito y ser Lionel Messi, puedes ser regordete y ser Ronaldo”, declara Villoro al subrayar que el balón se rebela contra la tiranía del cuerpo perfecto.
Las crónicas mundialistas incluidas en el volumen —Italia 1990, Francia 1998— poseen una vitalidad intacta. En ellas, el autor no se limita a describir partidos: capta atmósferas, registra tensiones políticas, traduce en palabras la fugacidad de los goles.
“Los grandes goles duran toda la vida y definen los destinos de quienes los presenciaron”, sostiene. De ahí la necesidad de narrarlos: nadie se queda callado ante un gol que importa.
Uno de los mayores aciertos del libro reside en su tono conversacional, cercano a la tertulia. La presencia de figuras como Jorge Valdano amplía la perspectiva y refuerza la idea de que el fútbol también se piensa a sí mismo.
La crítica de Villoro se agradece. Advierte que el deporte “está secuestrado” por grandes intereses económicos, una preocupación que hoy resulta aún más vigente en el contexto global de los mundiales.
Dios es redondo es un libro sobre la infancia
Pero, en el fondo, Dios es redondo es un libro sobre la infancia. Sobre la que se recuerda y la que se reinventa.
“Es la infancia que nos asignamos de forma nostálgica”, explica el autor, consciente de que el futbol funciona como una máquina de regreso: cada partido convoca al niño que fuimos, o al que quisimos ser.
En tiempos de Mundial, cuando la conversación pública se contagia de esperanza y escepticismo a partes iguales, la obra de Villoro adquiere nueva vida. Su lectura no requiere ser aficionado; basta con querer entender un fenómeno que atraviesa clases, ideologías y geografías.
El balón gira, el país se detiene un instante, y la literatura —esa otra forma de juego— encuentra en Dios es redondo uno de sus mejores cronistas.
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