*Edgar Serrano Pérez
Era un poco más del medio día en el comedor de la hacienda de Pomoca, el jueves 30 de mayo de 1861, después de dar un recorrido a su rancho, Don Melchor se disponía a almorzar, le acababan de servir, cuando de pronto, irrumpieron en la puerta unos hombres armados, que después de golpear a los peones, entraron, ordenando a Ocampo que se pusiera de pie y los acompañara, don Melchor respondió con inusitada calma:
Tal como la historia de Washington Irving, en este relato del norte mexiquense, un bandolero despiadado encontró terrible final y una condena eterna
-Les acompaño a donde quieran, pero primero pasen a tomarse una sopa caliente, deben venir hambrientos.
Lindoro Cajiga, el despiadado jinete
En respuesta a su invitación, lo ataron de manos y sacándolo a empellones, se lo presentaron a Lindoro Cajiga, quien le informó que, a partir de ese momento, se daría por preso y que sería trasladado a un sitio del que no le informaron. Comenzó la cabalgata, más Ocampo, iba a pie.
Cajiga, llevó a su prisionero hasta la hacienda de Pateo, herencia de doña Francisca Xaviera Tapia, madre de Ocampo y después, continuó hasta Tepetongo, donde durmieron el 31 de mayo y donde el caporal de la hacienda, le propuso a don Melchor que se escapara.
-¿Escaparme y por qué?- replicó, Si no soy criminal.
De ahí muy temprano, cruzaron el valle de Solís y subieron hasta el valle de Acambay, encaminándose por la “Cañada del Gato”, a Huapango donde entregó a don Melchor en manos de Leonardo Márquez y Félix Zuloaga, presidente reconocido por los “reaccionarios”. Zuloaga entregó al prisionero al General Antonio Taboada y le ordenó que reanudaran la marcha, hasta Villa del Carbón. El 3 de julio, llegaron a Tepeji del Río y lo encerraron en el cuarto 8 del “Mesón de las Palomas”.
A las diez de la mañana, entraron al cuarto para avisarle a Ocampo que iba a ser fusilado, le llevaron papel y tinta que había pedido para redactar su testamento. El cura del pueblo, don Domingo M. Morales, le acercó los auxilios de la fe cristiana, Ocampo no lo aceptó diciendo:
-Padre, estoy bien con Dios y Dios está bien conmigo.
A las dos de la tarde fueron saliendo soldados montados a caballo y entre ellos a pie, el prisionero. El grupo salió de Tepeji y se acercó a la hacienda de Caltenango, Lindoro, ordenó a don Melchor que se retirara un poco y le pidió que se hincara a lo que don Melchor replicó:
– ¡Así estoy bien, a la altura de las balas!
Intentaron vendarle los ojos, no lo permitió y dispararon sobre él…Poco después, alzaron el cadáver, le pasaron una cuerda bajo las axilas y lo colgaron de un árbol.
Conocida la noticia, el presidente Juárez ordenó la búsqueda de los asesinos y fueron puestos en prisión, el general Benito Haro, Adolfo Cajiga (hermano de Lindoro) y doña María Palafox de Zuloaga.
Perseguido por decreto juarista
El decreto del congreso, decía en su primer artículo… quedaron fuera de la Ley y de toda garantía en sus personas y propiedades los execrables asesinos: Félix Zuloaga, Leonardo Márquez, Tomás Mejía, José Ma. Cobos, Juan Vicario, Lindoro Cajiga y Manuel Lozada. Artículo 2. “El que libertare a la sociedad de cualquiera de estos monstruos, recibirá una recompensa de 10,000 pesos y en caso de estar procesado por algún delito, será indultado”.
Después de esto y al tener precio su cabeza, Lindoro, se escondió entre las haciendas donde alguna vez había servido como administrador y San Miguel Acambay, donde tenía viejos familiares y un centro de operaciones.
Cajiga, era un español procedente de Santander y frecuentaba un mesón donde se escondía o podía escapar ya que por la parte trasera se comunicaba con el arroyo de “la muerta” por lo que después de cometer sus fechorías, corría a esconder el producto de sus robos para después, ir al pueblo a festejar y emborracharse.
Una rivalidad que terminó en tragedia
En esa época, había un señor de Acambay de nombre Jesús Serrano, quien era un ganadero, dueño del rancho de Boshí, político de ideas liberales, quien tenía amoríos con doña Jesusa Lezama de la Hacienda de la Torre en Amealco y a quien Cajiga pretendía a la fuerza, por lo cual, Serrano y Cajiga eran rivales y sus encuentros siempre se tornaban violentos.
Una ocasión, llegó Lindoro a la plaza Hidalgo y rayando el caballo, le gritó a Serrano que saliera, para ajustar cuentas con él. Al no recibir respuesta, lo buscó hasta encontrarlo, lo golpeó y lo amarró a “cabeza de silla”, arrastrándolo al centro del pueblo, pues lo iba a colgar.
Entre tanto, por la parte sur y como respuesta a la búsqueda ordenada por el presidente Juárez, entraba en la población un grupo de rurales de la brigada del General Ignacio Varas de Valdés y otra de Arroyozarco con los coroneles Victoriano Espíndola y Francisco Díaz Barriga, quienes, desde días anteriores le seguían la pista al bandolero por petición de un señor Romero de Encinillas que buscaba a su hermana, raptada por Cajiga.
Un niño corrió delante de los caballos de la brigada, gritando: ¡Vienen los soldados! momentos antes, al ver el alboroto y la intención de Cajiga de colgar a Serrano, el párroco, don Tomás García Basurto, salió a confesarlo y aprovechó para interceder por él, pidiendo que no lo mataran, pues era un buen hombre, a lo que Cajiga respondió:
-A un lado señor cura, que, si el mismo Dios de los cielos, baja a pedirme que no lo mate, ¡lo mato! ¡Ésta vida me pertenece!,
Jesús Serrano, le dijo a Cajiga:
– ¡No me mates, te ofrezco lo que pesas en oro, pero no me mates!
El espectro del jinete
No pasaron más de unos segundos cuando Lindoro escuchó la alerta del niño y presuroso corrió, dejando a Serrano con la soga en el cuello. Pasó por el mesón donde se hospedaba tomó algunas pertenencias y salió presuroso por la puerta trasera, brincó las trancas y bajó al arroyo de La Muerta donde intentó perderse entre la maleza, no era la primera vez que salía así, solo que esta vez, unos ojos de mujer, lo siguieron.
El sargento Trinidad Aranda y su grupo, se dividió seguido por una buena parte del pueblo que se sintieron apoyados por los soldados y mientras la gente del coronel Francisco Díaz auxiliaron a Serrano, los soldados de Espíndola, fueron en persecución de Cajiga. Siguiendo huellas llegaron al arroyo y sólo encontraron a una señora cuidando guajolotes, al preguntarle por el paradero de hombres en huida, la señora sólo hizo una seña, indicando el boquete donde se había metido Cajiga.
Inmediatamente fue sacado a punta de bayoneta y fue agredido por la turba encolerizada que lo golpeó, apedreó y macheteó hasta matarlo,
Tras el linchamiento y después de rescatar el cadáver, lo trasladaron al centro de la población donde Barriga cortó la cabeza del bandolero, la lavaron en una plia de agua, la prepararon (con sal) para mandarla a Arroyozarco, mientras el cadáver fue colgado en el mismo árbol y con la misma cuerda que Lindoro, había colocado para Serrano y así como don Melchor Ocampo, Cajiga permaneció colgado allí por un largo tiempo.
Desde entonces, en las frías madrugadas de la calle Aldama en Acambay, se escuchan los cascos de un caballo y hay quien asegura haber visto a un jinete sin cabeza que ha regresado a vengarse del pueblo que lo ajustició, aquel 2 de diciembre de 1861.
*Cronista de Acambay para la AMECRON
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