Fundador de la Orquesta Filarmónica de Toluca, el músico ha logrado mantener vivo el proyecto durante 17 años, a través de los gobiernos del PAN, PRI y Morena. Su apuesta por acercar la música sinfónica a la población transformó la vida cultural de la capital mexiquense.
Gerardo Urbán, fundador y director de la OFiT
Una larga fila daba vuelta al portal de la Catedral de Toluca, la tarde del 16 de julio de 2026. El público se formó durante horas para entrar al concierto de Las Cuatro Estaciones, de Antonio Vivaldi, interpretado por la Orquesta Filarmónica de Toluca (OFIT). Ese día lograron entrar unas tres mil personas, pero otras tantas permanecieron fuera con las ganas de disfrutar el concierto, señaló su director, Gerardo Urbán y Fernández.
La escena condensa una historia de 17 años: una agrupación nacida como proyecto municipal que se ganó un lugar entre los habitantes de la capital mexiquense y que es ejemplo en todo el país.
“Si hubiéramos tenido un espacio para 5 mil personas, lo hubiéramos llenado”, asegura. La multitud revela, a sus ojos, un público que ya no considera la música sinfónica un territorio reservado para unos cuantos.
“La orquesta es de los toluqueños, es de la gente, es del pueblo, es de la comunidad”, dice en entrevista. La afluencia también exhibe, advierte, la falta de espacios culturales suficientemente amplios.
La fundación de la orquesta
Urbán fundó la OFIT, la vio crecer de poco más de 50 músicos a los 88 actuales y la ha dirigido a través de los gobiernos municipales del PAN, el PRI y Morena. En una ciudad donde muchos proyectos cambian al ritmo de las administraciones, esa permanencia tiene algo de excepcional. Él la explica sin atribuirla a un partido: “La orquesta no es un proyecto político, es un proyecto de todos”.
La música llegó a su vida antes de que pudiera elegirla. Nació en una familia de músicos de varias generaciones; su padre, director coral, lo llevaba a ensayos y conciertos. A los cuatro o cinco años se acercó al piano, aunque rechaza la imagen del niño prodigio. “Todo el mundo piensa: ‘Ah, debe ser algún genio como Mozart’. No. Yo empecé como empieza un niño: jugando con el piano”, recuerda. A veces estudiaba mucho; otras, pasaban meses sin tocar.
A los 14 o 15 años dirigió un coro en la iglesia de La Merced, en Toluca, y a los 16 o 17 encabezó un concierto con coro y orquesta. Sin embargo, su aspiración principal era otra. “Mi pasión en la música no era la dirección, sino la composición”, puntualiza. El piano era, además, su forma predilecta de comunicarse con el público.
Su formación lo llevó a Italia, donde vivió 12 años. Se tituló como pianista, estudió composición y encontró, casi a contrapelo de sus planes, el camino hacia la batuta.
El director italiano Umberto Benedetti Michelangeli, su maestro en una materia de lectura de partituras, vio en él aptitudes para dirigir y le propuso estudiar una maestría en dirección orquestal.
Al principio se resistió: llevaba ya muchos años de estudio en el extranjero. El maestro insistió hasta convencerlo. Terminó la maestría y comprendió que el mayor reto no estaba en las aulas: “Lo más difícil para un director es tener una orquesta”.
En Italia llegó a imaginar una vida definitiva. Pero sus visitas a México le mostraban que muchas experiencias musicales europeas aún no tenían espacio en Toluca. “Allá lo que yo podía hacer como músico ya se estaba haciendo y aquí, en casa, las cosas estaban por hacerse”, cuenta.
Regresó convencido de que podía aportar algo a su ciudad. “México es un país de oportunidades y de posibilidades infinitas”, resume.
La OFIT no nació de inmediato. Presentó proyectos para crear agrupaciones profesionales en distintos municipios, hasta que encontró interlocución en el Ayuntamiento de Toluca, que entonces era encabezado por el entonces panista Juan Rodolfo Sánchez Gómez. En 2008 se diseñó la propuesta y el 19 de marzo de 2009 la orquesta ofreció su primer concierto en una delegación municipal.
La orquesta de todos
Desde el principio tuvo claro que no quería una “orquesta museo”, encerrada en sus convenciones y distante de la vida cotidiana. Su apuesta fue salir a las comunidades y escuchar qué deseaba oír la gente. “Para nosotros lo más importante no es lo que le gusta a la orquesta, sino lo que le gusta al público”, explica. No abandonó el repertorio sinfónico: buscó otras puertas de entrada para quienes nunca habían asistido a un concierto.
Vinieron las presentaciones delegacionales, la música de películas, los encuentros de lo sinfónico con el mariachi, el jazz, el rock y el pop, mezcla conocida como “crossover”. También El cascanueces, convertido en tradición navideña que, asegura, ha mantenido funciones llenas desde el comienzo. Hoy esas combinaciones resultan familiares, pero recuerda las críticas que recibió por apartarse de una idea rígida de lo que debía interpretar una filarmónica.
El resultado, dice, no fue sólo una audiencia mayor, sino un cambio en su relación con ella. Los asistentes empezaron a conversar con los músicos, a sugerir programas y a reconocer la orquesta como propia, asegura. La comparación que propone no es con otra agrupación musical, sino con un equipo de futbol: la gente encontró una institución a la cual pertenecer.
Cambiar la vida cultural de Toluca
Esa cercanía también modificó el mapa cultural de la ciudad. Cuando la OFIT se propuso producir ópera, faltaba un recinto adecuado. Urbán recuerda que el Teatro Morelos estaba muy deteriorado y que incluso hubo quien empujó la idea de darle otro uso, como un estacionamiento.
Durante la administración de la priísta Martha Hilda González Calderón, con participación del gobierno estatal, se impulsó su remodelación. El inmueble volvió a ser escenario de conciertos, ballet y ópera. La temporada anual de ópera cumple ya, precisa, una década, algo que no se ve en ningún municipio del país.
Otra transformación ocurrió fuera del escenario. La OFIT apostó desde sus primeros años por las redes sociales, cuando muchas instituciones culturales aún privilegiaban los carteles y sus páginas de internet. Urbán recuerda que propuso reducir la difusión impresa para comunicarse directamente con los asistentes, que podían preguntar, felicitar, reclamar o sugerir programas.
No le incomoda mostrarse también en Instagram o TikTok: desde niño, dice, le gusta compartir lo que hace. “El concierto es una experiencia de dos: primero del artista, pero al mismo nivel también del público”.
La música a través de la política
Fundada durante un gobierno panista, la orquesta siguió su actividad con alcaldes del PRI y Morena. Urbán asegura que cada administración, desde su visión, encontró razones para sostenerla. El actual alcalde, Ricardo Moreno, reconoce el respaldo a la filarmónica.
La plantilla aumentó de poco más de 50 instrumentistas a 88, pero el director considera que aún faltan posiciones para alcanzar su sonoridad ideal. Más músicos no sólo significan mayor volumen: aportan otros timbres y recursos expresivos para interpretar distintos repertorios. Su crecimiento ha sido gradual, de acuerdo con el presupuesto y el público.
Cuando se le pregunta por su futuro, Urbán recuerda que sigue activo como compositor, arreglista y director huésped; también imparte conferencias sobre el funcionamiento de las orquestas. No oculta el vínculo afectivo con la OFIT: sus integrantes la han visto crecer “como si se tratara de un bebé o un hijo”. Pero tampoco confunde su biografía con la permanencia indefinida en un cargo.
“Todo tiene un ciclo, todo tiene un momento”, reflexiona. Pero Urbán y Fernández no anuncia despedidas, prefiere vivir en el presente, como sobre el escenario: una nota interpretada desaparece al instante, aunque permanezca en la memoria de quien la escuchó.
Después de 17 años al frente de la filarmónica, no sabe qué vendrá. Sólo una convicción que lo devuelve al niño frente al piano: “Yo sólo deseo que lo que venga sea música”.
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