Gonzalo Celorio, Premio Cervantes presenta Los apóstatas

Los apóstatas. Foto Especial

Gonzalo Celorio, Premio Cervantes presenta Los apóstatas

La novela narra el camino que a sus hermanos a dejar la vida religiosa, convirtiendo ese fracaso en el corazón del libro

Angélica Ruiz
Abril 26, 2026

El 23 de abril quedará inscrito como una fecha mayor en la historia de las letras mexicanas. Gonzalo Celorio recibió de manos del Rey Felipe VI el Premio Cervantes, el máximo galardón de la lengua española, y con ello se convirtió en el séptimo escritor mexicano en alcanzar esa cima. 

Más allá del reconocimiento a una obra vasta y rigurosa —como editor, ensayista, narrador y crítico—, el premio celebró una escritura que ha sabido mirar hacia atrás sin nostalgia complaciente y hacia adentro sin concesiones.

Celorio llegó a la ceremonia con un discurso que fue, más que una pieza protocolaria, un acto de filiación. Habló de su linaje asturiano y cubano, del humor como forma de resistencia frente a la tragedia, y, sobre todo, de su familia numerosa, esa constelación íntima que ha marcado su vida y su literatura. 

Uno de los momentos más conmovedores fue el recuerdo de su padre moribundo, quien, al despedirse del undécimo de sus 12 hijos, le dijo: “Tú llegarás, hijo. Y si no puedes, yo te empujo.” Seis décadas después, Celorio cerró el círculo: “Hoy llegué, papá, justamente hoy, 64 años después. Gracias”. 

Los apóstatas

El Cervantes, así, dejó de ser un premio individual para convertirse en una herencia compartida.

Ese gesto de convertir lo personal en materia literaria enlaza de manera natural con Los apóstatas (2020), una de las novelas más hondas y perturbadoras de su trayectoria. 

Evocar este libro a propósito del premio no es un mero capricho editorial: es reconocer que buena parte de la obra de Celorio se levanta sobre la exploración de los vínculos familiares, sus silencios y sus fracturas.

Los apóstatas es una novela autobiográfica que narra la historia de dos de sus hermanos mayores, Miguel y Eduardo, quienes ingresaron a la vida religiosa y, tras recorrer caminos distintos, terminaron abandonando la fe.

Uno se vinculó a la teología de la liberación y al impulso utópico de transformar el mundo; el otro siguió un derrotero más íntimo y tortuoso dentro de la institución eclesiástica. Ambos fracasaron en su vocación, y ese fracaso —moral, espiritual, político— es el corazón del libro.

La historia está contada desde la perspectiva del hermano menor, aquel que observa primero con admiración infantil y luego con la lucidez —y el desasosiego— de la adultez. 

Celorio reconstruye esas vidas no solo como destinos individuales, sino como síntomas de una época marcada por las grandes ilusiones derrotadas del siglo XX y por los abusos cometidos desde las estructuras del poder religioso.

No es casual que la novela se abra con una frase lapidaria que funciona como advertencia al lector: “Maldita sea la hora en que se me ocurrió escribir esta novela.” 

Homenaje crítico a Miguel y Eduardo

El autor deja claro el costo emocional que implicó hurgar en esos recuerdos, desenterrar documentos, abrir heridas familiares que llevaban décadas cerradas en falso. La escritura aparece aquí no como catarsis, sino como un ejercicio doloroso de responsabilidad.

Celorio ha definido el libro como un homenaje crítico a Miguel y Eduardo. Los nombra con sus nombres reales y no evita los pasajes más oscuros de sus vidas. Durante el proceso de investigación —ha contado— se topó con crímenes y abusos perpetrados por religiosos, realidades de las que no fue plenamente consciente hasta que comenzó a “hilvanar la historia”.

De ahí el carácter riesgoso de la novela, que requirió incluso la anuencia expresa de su hermano Eduardo para sacar a la luz ciertos episodios que involucraban a terceros.

Desde el punto de vista formal, Los apóstatas es una obra híbrida: combina memoria, investigación y ficción narrativa. Cuando la documentación no alcanzó, el autor recurrió a lo que denomina “ficcionalidad supletoria”, convencido de que la imaginación también forma parte de la verdad.

No se trata de embellecer la realidad, sino de completarla allí donde el silencio o el olvido habían dejado huecos irreparables.

El propio Celorio ha explicado que esta es una “novela de claudicaciones”. Dos grandes claudicaciones, las de sus hermanos, que abandonan la fe y los proyectos de redención colectiva. 

Pero en el epílogo aparece un tercer apóstata: el propio autor, quien reconoce haber claudicado también ante las utopías juveniles que el tiempo se encargó de desmentir. En ese gesto autorreflexivo radica buena parte de la honestidad del libro.

“Uno escribe para conocerse mejor a través del conocimiento de los demás”, declara Celorio. Al narrar las vidas de Miguel y Eduardo, terminó —dice— haciendo una radiografía de su propia existencia y de los “lóbregos embrollos” del entorno social y familiar que le tocó habitar. 

Retrato descarnado de un México contemporáneo

Esa exploración es lo que convierte a Los apóstatas en algo más que una novela familiar: es un retrato descarnado de un México contemporáneo atravesado por la fe, la política, el desencanto y la culpa.

Leído hoy, a la luz del Premio Cervantes y del discurso donde Celorio volvió a nombrar a los suyos, Los apóstatas revela su sentido más profundo. 

Es el libro de un escritor que no ha dejado de dialogar con sus orígenes, que entiende la literatura como una forma de rendir cuentas con la familia, con la historia y consigo mismo. Un escritor que llegó, sí, pero que nunca olvidó de dónde venía ni quiénes lo empujaron.

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