La isla de Mirafuentes, el edén perdido de Almoloya del Río

La isla de Mirafuentes, el edén perdido de Almoloya del Río. Foto: Especial

La isla de Mirafuentes, el edén perdido de Almoloya del Río

Las historias de muchos lugares se guardan también en los corazones y las memorias de la infancia, mucho tiempo después de que los espacios naturales han dejado de existir.

Tania Albino
Agosto 23, 2026

El jueves 16 de mayo de 1949, fue inolvidable para mí.

Ese día conocí una gran laguna; la de Chignahuapan, le llamaron los nativos de Almoloya del Río. En esa fecha, se conmemoraba el onomástico de mi señor padre, don Juan Gutiérrez González. Siendo un niño de 12 años, hube de valorar en esa fugaz visita, la belleza de la gran laguna, con su abundante flora y fauna. 

Un viaje familiar

Antes, a la edad de cuatro, me llevaron a ese lugar. Vago es el recuerdo que tengo de esa ocasión en que mi madre me decía: “Mira, hijo los pescaditos; allá está una rana, allí hay unos patitos” Debí mirarlos con curiosidad. Por tradición familiar se ofrecía en su día un ágape. Días antes, en la casa nuestra, un grupo de amigos nos propuso que el festejo fuese una sorpresa. El lugar para el agasajo sería la paradisiaca Isla de Mirafuentes, situada en un enorme lago del pueblo de Almoloya del Río. La sugerencia, fue aceptada. Nos trasladamos a ese poblado. Llegamos a su modesta plaza, antes de media mañana. El sol casi llegaba al cenit. En el centro, destacaban por su misma altura, el reloj público y un árbol de pino.

   Las calles empedradas hacían que los vehículos se desplazaran lentamente. En ellos llegamos a uno de los manantiales. Las señoras, que, a esa hora, lavaban ropa, nos hicieron saber que de ese punto partían las trajineras para la pequeña isla. En la orilla del manantial, llamado Tecalco, suavemente por el movimiento del agua se mecían las embarcaciones. Alguien avisó a los lancheros de nuestra presencia y, solícitos al llegar, ofrecieron sus servicios. 

En cuatro trajineras nos acomodaron. En la parte frontal de la más grande destacaba una portada floral, con esta leyenda: “Feliz Cumpleaños Juan”. Esa era la sorpresa para nuestro padre. En una más se colocaron los recipientes de la comida, la bebida. Pulque no faltó.

Los vigorosos hombres con una pala de madera, o una garrocha, impulsaban las artesas. A los lados, se desplazaban raudas decenas de diversas especies de peces, entre los que destacaba el Iztamichin, o pescado blanco. Moviendo sus aletas se hundían en el fondo de la corriente. Entre tulares, con sus espadañas dirigidas al cielo, saltaban sapos y ranas. En el fondo acuático, los tranquilos ajolotes, guardianes del tiempo, ganaban la profundidad. El día lucía esplendoroso; los rayos solares impregnaban con su brillantez al paisaje; sus incomparables matices daban al entorno lagunero, el aspecto de un paraíso. A los lados de la corriente, durante la travesía se vislumbraban pastizales, llamados planchas por los lugareños. Acaso, por las raíces profundas ofrecían una superficie segura para los hombres dedicados al corte de pastura y el cansino andar de semovientes que devoraban fresco y nutritivo pienso. A otro lado, algunos ahuejotes y mimbres, reflejando sus agudas y verdes sombras ondulantes sobre el agua movediza.

Formando parte del conjunto lacustre, las chinampas, terreno flotante en el que se cultivaban flores y verduras, rodeado de sauces llorones, árboles de exuberante follaje.

La fiesta en la isla

En no más de 20 o 30 minutos las trajineras pararon. Habíamos llegado a la famosa Isla de Mirafuentes. El perfume de las flores, la fragancia de la vegetación; el armónico y suave canto de las aves, encantó a las señoras invitadas por mi madre.

Como guardianes del kiosco, obra municipal para dar sombra a los visitantes, un viejo ahuehuete y algunos árboles cuyas ramas lentamente movía el viento.

A lo lejos, el milenario Xinantécatl, (Señor desnudo), para los almoloyenses. En días de plena claridad solar, dejaba ver su mole de rocas y arena en las aguas nítidas de la Laguna. Hacia el lado opuesto, el pueblo de Almoloya, con su caserío asentado sobre el milenario volcancito que no hizo erupción, pero que dejó un montículo de rocas lávicas que, en su interior arenoso, la naturaleza, o Dios, depositó abundante caudal de aguas cristalinas, tibias o frías. Propias aquellas, del venero de Tecalco y, éstas del ojo de agua de Texcoapa. Otras más por conductos subterráneos brotaban en el paraje conocido como Tepotzoco, cuyas aguas termales, curaban algunas enfermedades.

 Uno de los lancheros brevemente nos contó cuáles y cuántos eran los ojos de agua, que nacían al pie del cerro de Almoloya. Los que forman la laguna son nueve, dijo, y los enumeró Tecalco, Texcoapa, Ixcahuiapa, Ixtlahuatenco, Betzuzi, Ixcahuiapita, Pretunta, Rambata y Tepotzoco.

Son nueve. En mexicano se dice Chignahui. Por eso a la laguna la llaman de Chignahuapan. La de Tepotzoco, es de agua caliente; tiene azufre, por eso la nombran termal.

Estas, por sus propiedades termales, obsequiaban el milagro de la sanación. Se sirvió la comida. Los invitados la disfrutaron. Se brindó por el festejado. El momento fue de alegría y gozo fraterno. La música de una marimba amenizó el festejo. Los casados bailaron sobre un pequeño pastizal. Dos o tres colibríes no invitados, indiferentes a los extraños que invadían su querencia, suspendiendo en el aire su diminuto y brillante cuerpecillo, con su agudo pico de las flores de su preferencia, libaban el delicioso néctar. 

La mirada de los concurrentes se concentró en el vuelo colgante de las pequeñas aves, que plácidamente absorbían el elixir de tan delicadas flores. Con la vigilancia de los mayores, los niños metíamos las manos en el agua; los diminutos pescaditos, al sentirse amenazados se sumergían en el fondo del agua. 

Dormitando en el automóvil volví con mis padres, hermanos, a nuestra casa. Nunca olvidé ese paseo. Como lo que se conoce en la niñez no se olvida. Lo tuve siempre en mi memoria. Siendo un hombre mayor, mantengo la evocación de la desaparecida Isla de Mirafuentes, llamada así en honor del gobernador Juan N. Mirafuentes, que tanto me impresionó en años de mi añorada infancia. Ya grande, regresé a ese lugar, para reconstruir la historia de la laguna.

El edén perdido

Ya no existía. Algunos ancianos me contaron que unos presidentes de la república, valorando la riqueza de los manantiales de Almoloya; por un acueducto subterráneo condujeron su agua, a la ciudad de México.

Dos crónicas me ilustraron sobre la desaparición de la Laguna de Chignahuapan. Una, la de mi contemporáneo universitario Atanasio Serrano López, testigo de la inauguración en septiembre 4 de 1951, del Centro de Captación General. Manuel Ávila Camacho conocido como “El Cero”.

Otra, la del poeta Rodolfo García Gutiérrez, consanguíneo mío. En Paisajes del Estado de México al escribir Los Pueblos de Chignahuapan. Con nostalgia, escribió la pérdida de este edén del Estado de México.

   A manera de lamento escribe: “¡Ah!, hombres, ¿qué habéis hecho? – podrán exclamar los dioses del agua. Conocía el páramo en que se convirtió la antigua Laguna de Chignahuapan. Observa, como enormes columnas salomónicas, los remolinos crecen, se retuercen, avanzan sobre lo que fue la ciénaga”.

“El plan formado hoy es un mosaico de rectángulos blanquizcos, negros, amarillentos…fue en otro tiempo- ¿quién lo creyera? -, la antigua laguna de Chignahuapan”. Anota.

Hoy, todo -refiere el vate- está seco, todo polvoriento, abandonado todo. Se puede ir a pie hasta la Isla de Mirafuentes.

Conmovido quedé al ver el terreno desértico. Evoqué la mañana de mi arribo a la Isla de Mirafuentes. Observé en la distancia, que el kiosco se mantenía en pie, solo que abandonado. El viejo ahuehuete seguía erguido sobre la ya legendaria isleta.

 Atónito me dije: ¡En esto, terminó el edén conocido en mi niñez!

Pedro Gutiérrez Arzaluz, cronista vitalicio de Ocoyoacac por la AMECRON

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