La vida para los demás

Mauricio Sosa Ocaña

La vida para los demás

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La vida para los demás
Por Mauricio Sosa Ocaña

Mauricio Sosa Ocaña
Julio 24, 2026

Imagina que tienes 77 años de edad. Tu cuerpo lleva algunos años de precarización. Como consecuencia de la sarcopenia, tus músculos ya no responden como quisieras, tus huesos son menos resistentes, tu piel es más delgada y sensible a cualquier tacto.

A casi ocho décadas de vida, tu cerebro y sus procesos cognitivos han experimentado cambios. Tu memoria ya no es tan ágil como veinte años antes. Tus sentidos como el del oído son más exquisitos y escuchas solamente lo que quieres oír.

Tu apetito se redujo. No es que no tengas hambre, sino que a tu edad, tu metabolismo es diferente al de alguien de 50 años. Caminas menos y requieres menos calorías. Encima, un mal degenerativo en tu cerebro está aprisionando tus nervios ópticos, cerrando el paso sanguíneo por dichos conductos, lo que te ha provocado ceguera.

Por si faltará algo, eres mujer. Vives sola, pues tus hijos se independizaron hace mucho tiempo y no tienen oportunidad, en sus agendas o ánimos, para acompañarte en estos momentos. La maternidad nunca ha sido un seguro de compañía, pensión o afecto eterno.

Tus ingresos monetarios se reducen a la pensión para persona adulta mayor, que representa menos de la mitad de un salario mínimo mensual. Además la depositan sin fecha precisa, se programa cada dos meses, como tiempo cronometrado en un partido de basquetbol, con pausas en el calendario de la burocracia.

Aún en esas condiciones, insistes en tu vida. A tu edad ya eres consciente de que nadie te regaló nada, ni siquiera la vida. Ésta te la has ganado tú, te la has forjado al andar. Primero en la infancia, al caminar solita hasta la primaria, ubicada a dos calles de la casa de tu abuela, en dónde tú mamá te ha depositado en resguardo mientras ella espera a su cuarto hijo, ya en labor de parto.

Más tarde, al salir de la primaria insistes con estudiar la secundaria, que te autorizan tus padres con la condición de hacerte cargo de tus hermanos hombres. Así que, si ese era el precio, lo pagaste con creces. La meta era crecer, ser libre e independiente, aunque no supieras los costos a largo plazo.

Para tu juventud eras ya una mujer completa. Sabías cocinar, lavar, planchar, trabajar. A caso te faltaba una cosa, el amor.

Un día cualquiera de tus casi 80 años, despiertas. No ves la luz. Primero piensas que quizás no ha amanecido. Y también sabes que de tiempo atrás has ido viendo cada vez menos, pero a nadie le dijiste.

Necesitas ayuda, nunca aprendiste a pedirla. Desde niña fuiste autónoma hasta para llevarte a ti misma a la escuela, en dónde, en compañía de tu perro Negro, entraban al salón de clases para aprender a ser alguien en la vida. Hoy, ni tus hijos, ni la seguridad social ni el Estado, saben cómo acompañar a una mujer que trabajó siempre para los demás.

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