Aún tengo en mi librero, el primer libro que leí de la autoría de Marcela Lagarde y de los Ríos “Los cautiverios de las mujeres”, con todo y sus papelitos con los que hace ya una veintena de años, marcaba las ideas que más me resonaban: la elaboración en torno a los sistemas de opresión basados en el género, encarnados en las madresposas, monjas, putas, presas y locas, fue mi primer acercamiento académico al género.
Si bien, pienso que mi propia historia de vida da cuenta de mi interés digamos natural por estos temas, lo cierto es que la lectura de las elaboraciones de Lagarde, me dieron la pauta para hacer de los estudios de género mi principal proyecto académico.
En ese tiempo, las líneas de investigación de género, no gozaban en buena parte de las universidades, del prestigio y la relevancia que justamente hoy tienen… había que defender incluso su solidez epistémica y no sólo eso, la validación que en el orden del discurso académico-patriarcal podían o no tener. Recuerdo incluso, que se me llegó a decir que si tenía buena madera académica, no la desperdiciara en un área tan poco fundamentada y basada en las inconformidades de ciertas mujeres con su propia historia; y efectivamente heme aquí siendo una de esas tantas permanentemente inconformes.
Los cautiverios de Marcela, me proporcionaron explicaciones a preguntas y sobre todo a molestias, para las que aún no encontraba respuestas: nacer mujer implica un futuro prefijado, y nacer en una clase específica, en el mundo agrario o en el urbano, en una tradición religiosa determinada y vivir en un mundo analfabeto o letrado tiene un peso enorme en la definición de la vida de las mujeres.
Marcela Lagarde es también, el ejemplo del activismo a favor de los derechos humanos de las mujeres, de ahí el enorme legado de su lucha política en la promulgación de la Ley General de Acceso a las Mujeres a una Vida Libre de Violencia, la cual permitió sacar de lo privado el problema de la violencia de género, situándolo como un asunto de interés público. Y más aún, gracias al pensamiento crítico de Lagarde y a la problematización que desde su mirada antropológica elaboró en torno a la violencia misógina entendida también como un crimen de estado, es que hoy en día se entiende a la eliminación sistemática de las mujeres como feminicidio y por lo tanto ese tipo de crímenes de género guardan una lectura particular y mecanismos de impartición de justicia específicos.
El pasado martes, Marcela Lagarde y de los Ríos obtuvo el Doctorado Honoris Causa de manos de la actual Rectora de la UAEMéx, lo cual desde mi punto de vista representa también el reconocimiento a las causas y las luchas que desde y en la academia hemos emprendido las mujeres.
Me conmovió profundo verla ahí, sencilla, feliz, arropada por la sororidad de las colegas; siendo reconocida por la suya y también por otras generaciones. Me dio una enorme alegría ver reunidas a mis maestras, a mis colegas, a mis amigas, a mis compañeras. A todas nosotras a quienes nos ha costado una lucha y una reflexión profunda atrevernos al gran paso que señala Marcela “las mujeres hemos renovado la vida y somos sujetas inaugurales de un gran cambio civilizatorio; porque en efecto del otro lado de los cautiverios están las libertades y la realización de nuestro deseo de ser humanas con plenitud”.
Finalmente he de decir que me da gusto escribir esta columna desde mi lugar, desde la voz propia que muchas veces nos es negada. Me gusta mucho y me enorgullece no haber escuchado esas voces que me decían que mejor estudiara otra cosa o que me sería difícil ser feliz porque soy una inconforme… Porque valga decir que desde el reconocimiento de los cautiverios, de los lugares que nos son negados, desde las luchas diarias es como se encuentran también las más grandes victorias; las victorias de las inconformes.
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