Jimena Valdés Figueroa

Jimena Valdés Figueroa

Las brujas y nuestro lado oscuro

Voz propia con Jimena Valdés

Redacción
Octubre 31, 2026

Todos hemos tenido una bruja en la vida. En mi caso, la primera que recuerdo fue la de Blancanieves: aquella mujer capaz de transformarse de una seductora reina en una anciana que encarnaba todos los signos de la vejez y la decadencia. Sin embargo, más allá de la apariencia, lo que la hacía temible era su capacidad para engañar, seducir y manipular la vida y la muerte. 

Como ocurre con los grandes símbolos o incluso arquetipos, aquella bruja de los cuentos infantiles representaba mucho más que un personaje maligno: era la personificación de nuestros miedos más profundos y también de nuestros lados negados o más oscuros. 

A lo largo de la historia, las brujas han aparecido una y otra vez bajo formas distintas, adaptándose a las narrativas que cada sociedad construye sobre el mal, los poderes ocultos, lo prohibido y lo abyecto. Más que personajes fantásticos, han funcionado como objetos culturales en los que se proyectan temores, ansiedades y conflictos colectivos.

La historiadora y psicoanalista Élisabeth Roudinesco, en su obra Nuestro lado oscuro, sostiene que lo perverso forma parte de la condición humana y se manifiesta a través de comportamientos que desafían las normas morales y sociales. A lo largo de la historia, explica, la frontera entre lo normal y lo perverso ha sido desplazada constantemente por las ideas religiosas, médicas y políticas de cada época.

Su reflexión cuestiona la fantasía de erradicar completamente el mal y advierte sobre un riesgo permanente: cuando negamos nuestra dimensión oscura, perdemos la capacidad de reconocerla y terminamos confundiendo el mal con la mera transgresión.

Quizá por ello me pregunto: ¿quiénes han sido realmente las brujas? ¿Cómo fueron construidas como sujetos históricos? ¿Qué discursos e intereses políticos quedaron inscritos sobre sus cuerpos? Estas preguntas han despertado el interés de numerosos autores, entre ellos el historiador Jules Michelet, quien en La Bruja propuso una interpretación radicalmente distinta de la figura tradicional.

Fiel a su interés por rescatar la experiencia de los grupos marginados, Michelet describió a la bruja no como un ser demoníaco, sino como una mujer excluida, conocedora de remedios y saberes ancestrales, protectora de los más vulnerables y depositaria de formas de conocimiento que escapaban al control de las instituciones. Desde esta perspectiva, la persecución de las brujas no fue simplemente una lucha contra la superstición, sino una estrategia de control sobre las mujeres, los saberes populares y las formas de autonomía que amenazaban el orden establecido.

La cacería de brujas debe entenderse justamente en ese contexto. No fue únicamente un fenómeno religioso ni una explosión de irracionalidad colectiva. Surgió en una Europa marcada por profundas crisis económicas, sociales y espirituales. La devastación provocada por la Peste Negra, el debilitamiento de las estructuras tradicionales y las fracturas abiertas por el Cisma de Occidente favorecieron una nueva concepción del Diablo.

Satán dejó de ser visto únicamente como una fuerza que tentaba a los individuos para convertirse en un enemigo activo que operaba dentro de la sociedad, organizando una supuesta anti-Iglesia y un reino del mal en la Tierra. Frente a esta amenaza imaginada, tanto las autoridades religiosas como los estados emergentes desarrollaron mecanismos específicos para identificar, perseguir y castigar a quienes identificaba como vehículos del demonio.

Los episodios más célebres de esta persecución ocurrieron en Europa y Norteamérica, donde el miedo colectivo fue elevado a la categoría de política pública y doctrina religiosa. Los juicios de Salem, en Massachusetts, así como las persecuciones masivas en Alemania, Francia y Escocia, dejaron miles de víctimas y marcaron profundamente la historia occidental. Lejos de ser simples estallidos de histeria popular, estas campañas estuvieron respaldadas por elaboraciones teológicas y jurídicas que pretendían otorgarles legitimidad.

El texto más influyente es el Malleus Maleficarum (El martillo de las brujas), publicado en 1487. Este manual establecía supuestos métodos para identificar brujas, formular acusaciones, obtener confesiones y justificar el uso de la tortura. Bajo la apariencia de un procedimiento racional y legal, se construyó una maquinaria de persecución en la que la sospecha se convertía en prueba, la denuncia en condena y el miedo en sentencia.

Aunque solemos contemplar aquellos episodios como reliquias de una época oscura, la experiencia mexicana demuestra que esa lógica también encontró terreno fértil en nuestro propio pasado. En la Nueva España, la Inquisición persiguió a curanderas, parteras, indígenas, mestizas y mujeres que conservaban saberes ancestrales, acusándolas de brujería o hechicería para justificar su vigilancia y castigo. El caso de la Mulata de Córdoba simboliza esa dinámica: no se perseguían delitos comprobados, sino la diferencia, la independencia y todo aquello que escapaba al orden dominante.

Quizá ahí radica la vigencia del tema. Las brujas y la cacería de brujas no han desaparecido; simplemente han cambiado de rostro. Cada época fabrica sus propios monstruos y señala a sus propios culpables. Lo preocupante es que el mecanismo sigue siendo el mismo: una sociedad dominada por el miedo busca un enemigo sobre el cual descargar sus frustraciones; entonces surgen nuevas herejías, nuevas amenazas y nuevas brujas.

La lección histórica es incómoda pero no por ello menos necesaria. Cuando la evidencia cede ante el rumor, cuando la sospecha vale más que los hechos y cuando el fanatismo sustituye al juicio crítico, la persecución encuentra terreno fértil. Cambian los nombres, los tribunales y los  mecanismos desde las que se emiten las condenas, pero el impulso permanece intacto: señalar primero, castigar después y buscar las pruebas cuando el veredicto ya ha sido pronunciado.

Y tu ¿cuántas veces has sido sujeta o sujeto de una cacería de brujas?

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