Entre máscaras, flautas, tambores y personajes que representan una antigua confrontación de creencias, la Danza de los Alchileos conserva una tradición centenaria que forma parte de la identidad de San Francisco Mazapa, uno de los pueblos fundadores de Teotihuacán.
Medio siglo tocando la memoria de Teotihuacán
Su reconocimiento como Patrimonio Cultural Intangible municipal y Patrimonio Cultural Inmaterial del Estado de México representa un paso fundamental para proteger esta herencia, que continúa transmitiéndose de generación en generación.
En San Francisco Mazapa, hay una tradición que se reconoce mucho antes de distinguir los rostros de quienes la protagonizan, basta escuchar el sonido de la flauta y el tambor para saber que los Alchileos están por salir a las calles.
Más que una representación en fiestas patronales, son el recuerdo vivo de una herencia de fe que que hoy conquista escenarios nacionales
Las máscaras, los trajes bordados, las coronas y los movimientos de los danzantes anuncian una celebración que reúne historia, fe y pertenencia.
Para sus habitantes, esta danza no es solamente una representación durante las fiestas patronales, sino una herencia que ha acompañado la vida del pueblo, una expresión de identidad que ha pasado de abuelos a padres y de padres a hijos, y que hoy cuenta con reconocimiento como Patrimonio Cultural Intangible del municipio de Teotihuacán y Patrimonio Cultural Inmaterial del Estado de México.
Este último nombramiento fue aprobado en abril de 2026, por unanimidad por la 62 Legislatura del Congreso mexiquense.
La declaratoria reconoció el valor histórico y cultural de una manifestación que ha resistido el paso del tiempo y que conserva elementos de distintas épocas, creencias y formas de organización comunitaria.
Pero detrás de ese reconocimiento hay personas que han dedicado buena parte de su vida a mantenerla viva.
Una historia con máscaras y música
La Danza de los Alchileos tiene sus raíces en una representación de la confrontación entre cristianos y paganos, una expresión que llegó a México durante el periodo colonial y que, con el paso de los años, incorporó elementos propios de las comunidades donde se arraigó.
En San Francisco Mazapa, esta representación adquirió características particulares, ya que sus personajes, vestimentas, máscaras, diálogos y movimientos conforman una expresión cultural que no se limita a reproducir una historia religiosa, sino que conserva la memoria de la comunidad.
El sonido de la flauta y el tambor marca los tiempos de la danza. No se trata de un acompañamiento musical cualquiera, pues cada toque orienta los movimientos y acompaña los distintos momentos de la representación. Quienes conocen la tradición saben distinguir sus ritmos y reconocer cuándo se aproxima uno de los episodios más esperados.
Entre sus figuras principales se encuentra el Señor Santiago, representación del cristianismo y uno de los personajes de mayor presencia escénica.
Porta un rostro de madera o metal, un resplandor de latón y una capa roja adornada con espejos y bordados de lentejuelas que forman símbolos religiosos y motivos celestes. También lleva una espada y una cruz, además de un caballo blanco de madera que completa su caracterización.
A su lado aparecen los gallines, sus seguidores, quienes visten atuendos rojos y cascos dorados de latón decorados con plumas. Sus vestimentas también incluyen elementos simbólicos relacionados con la fe y la batalla.
En el bando contrario destaca Pilatos, conocido popularmente como el viejito. Su máscara de colores, las largas cejas y los bigotes, junto con la cabellera y la barba elaboradas con ixtle le dan una apariencia inconfundible.
Su vestimenta roja está cubierta por una capa con bordados de lentejuelas y figuras del sol, la luna y las estrellas; porta una corona de latón, un bastón y un cetro que representan su jerarquía dentro de la danza.
Junto a él aparecen el Alchileo Mayor y el Sabario, personajes que tienen un papel importante en la organización y representación de las huestes paganas.
La confrontación entre Santiago y Pilatos es uno de los momentos centrales de la celebración. Conocida como La Guerra, esta escena reúne a los dos bandos en un combate simbólico que incluye el entrecruce de espadas, jaloneos y maromas.
Durante la representación también se pronuncian relaciones o diálogos en náhuatl, un elemento que añade profundidad histórica y cultural a la puesta en escena.
El desenlace representa la victoria del Señor Santiago sobre las huestes paganas, donde los Alchileos caen uno a uno ante la espada del santo guerrero, mientras la música acompaña el desarrollo de la batalla. Cada personaje tiene una función y cada elemento de su vestuario guarda un significado.
Cinco décadas de marcar el ritmo
Para comprender cómo sobrevive esta tradición, es necesario mirar a quienes han asumido la responsabilidad de transmitirla, y don Pablo Oliva Rodríguez es uno de ellos.
Su historia con los Alchileos comenzó durante la infancia. Su padre, Cresencio Oliva Martínez, fue quien le transmitió el gusto por la música y le enseñó a tocar la flauta y el tambor.
A los siete años tuvo su primera participación musical durante la festividad de Pentecostés en San Francisco Mazapa, y lo que comenzó como un aprendizaje familiar se convirtió en una forma de vida.
Durante cinco décadas, don Pablo ha acompañado la danza y compartido sus conocimientos con quienes se acercan para aprender los toques, los pasos y el sentido de esta expresión cultural.
Como guía y formador, contribuye a que los nuevos participantes conozcan la estructura de la representación y comprendan que portar una máscara implica asumir una responsabilidad con la comunidad.
Muchos habitantes recuerdan a los Alchileos desde su niñez, pues para algunos, los primeros encuentros estuvieron marcados por el miedo y el asombro que provocaban las máscaras y los personajes.
Con los años, esa curiosidad se transformó en el deseo de participar y, finalmente, en el orgullo de portar el atuendo que alguna vez observaron desde las calles.
Así, quienes antes esperaban ver pasar a los danzantes ahora ocupan su lugar y enseñan a otros a continuar.
La preservación de los Alchileos también se sostiene en prácticas familiares que forman parte de la tradición. Antes de que los danzantes salgan a recorrer las calles, se realiza un ritual de bendición en la casa de los encargados de la danza.
Las coronas principales, correspondientes a Santiago, Pilatos, el Sabario y el Alchileo Mayor, se colocan en el altar.
Padres, madres, abuelas, abuelos y familiares cercanos se reúnen para brindar su bendición y pedir que la jornada transcurra sin contratiempos.
Después de este momento, los participantes terminan de vestir sus atuendos y máscaras para dirigirse a la iglesia de la comunidad. La escena permite entender que la danza no comienza cuando suena la flauta ni cuando los personajes aparecen en las calles.
Su preparación involucra a las familias que acompañan, organizan y participan en una celebración que tiene una dimensión religiosa y comunitaria.
La danza se presenta especialmente durante las celebraciones patronales de San Francisco de Asís y otras festividades religiosas, entre ellas Pentecostés.
El patrimonio que pertenece a todos
La declaratoria como Patrimonio Cultural Intangible del municipio de Teotihuacán y, posteriormente, como Patrimonio Cultural Inmaterial del Estado de México representa un reconocimiento a la importancia de esta expresión para la historia y la identidad regional.
La aprobación por unanimidad de la declaratoria estatal en abril de 2026 colocó a la Danza de los Alchileos dentro de las manifestaciones culturales que cuentan con reconocimientos oficiales en la entidad.
Este paso, señalan los danzantes, tiene un significado especial para San Francisco Mazapa, porque reconoce que la tradición no pertenece únicamente a quienes participan directamente en ella, sino a una comunidad que ha contribuido a conservarla durante generaciones.
El valor patrimonial de la danza está en sus conocimientos, sus personajes, sus técnicas de elaboración de máscaras y vestimentas, sus instrumentos, sus rituales y las formas de organización que permiten que cada celebración se lleve a cabo.
Además, también está en la memoria de quienes la han visto desde niños, en los músicos que aprendieron de sus padres, en las familias que preparan la bendición y en los jóvenes que deciden incorporarse para que la tradición continúe.
El verdadero desafío consiste en mantener la transmisión de los conocimientos, involucrar a las nuevas generaciones y procurar que los elementos que distinguen a la danza no se pierdan con el paso del tiempo.
La importancia de los Alchileos también ha comenzado a proyectarse más allá de Teotihuacán.
La agrupación ha participado en el Festival Nacional de Máscaras Danzantes, encuentro que reúne expresiones tradicionales de distintas regiones del país.
La danza de San Francisco Mazapa participará por cuarta ocasión consecutiva en este festival, que celebrará su sexta edición del 13 al 15 de noviembre en Orizaba, Veracruz.
La presencia en este encuentro representará una oportunidad para compartir con otros públicos una tradición que conserva sus características y que ahora se presenta con el reconocimiento de Patrimonio Cultural Inmaterial del Estado de México.
También permite mostrar la diversidad de expresiones culturales que existen en el país y el trabajo de las comunidades que mantienen vivas sus manifestaciones tradicionales.
La agrupación ha llevado su historia a espacios de difusión nacional, incluso a programas de televisión donde ha compartido parte de la música, los atuendos y el significado de su danza.
En San Francisco Mazapa, la exposición de fotografías y objetos relacionados con los Alchileos también ha permitido acercar esta memoria a nuevos públicos.
Una muestra instalada en la barda atrial de la parroquia recibió a más de tres mil visitantes, lo cual reflejó el interés por conocer la historia de esta expresión.
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