Cuando los intelectuales de la Nueva España y después los de Europa leyeron la obra de Sor Juana, quedaron tan impresionados por su inteligencia que comenzaron a llamarla la Décima Musa. Era una forma de decir: “Si las nueve Musas inspiraban las artes, Sor Juana era tan extraordinaria que merecía sentarse junto a ellas.”
No era sólo poeta. Dominaba la filosofía, la teología, la música, las matemáticas, la astronomía, el latín, el náhuatl, el griego clásico y la retórica. Su curiosidad parecía no tener límites. Pero hay algo todavía más hermoso. respondió
Sor Juana escribió en una época en la que se pensaba que una mujer no debía estudiar. Ella con inteligencia, jamás con odio. En su célebre Respuesta a Sor Filotea de la Cruz defendió el derecho de las mujeres a pensar. No pidió privilegios; pidió justicia para la inteligencia.
El título de la Décima Musa atribuido a Sor Juana Inés de la Cruz, no significa que hubiera otras nueve mujeres llamadas musas. En realidad, hace referencia a las nueve Musas de la mitología griega, hijas de Zeus y Mnemósine que era la diosa de la memoria.
Antes de que nacieran la poesía, la historia, la música o la filosofía, existía la memoria. Sin ella, ninguna de las artes podía existir. Nació sin proponérselo, con una tradición de casi tres mil años de antigüedad.
Las nueve Musas hijas de Zeus y Mnemósine eran: Calíope, musa de la poesía épica y de la elocuencia; Clío, musa de la Historia; Erato, musa de la poesía amorosa; Euterpe, musa de la música; Melpómene, musa de la tragedia; Polimnia, musa de los himnos sagrados, la meditación y la retórica; Talía, musa de la comedia; Terpsícore, musa de la danza y el canto coral y Urania, musa de la astronomía.
“Me llamaron Mnemósine los griegos que creyeron descubrirme. Los mexicas me conocían desde antes en los códices. Los tlacuilos me pintaban sobre el amate. Los abuelos me sembraban en la palabra. Yo nunca tuve una sola patria. Vivo donde un pueblo decide no olvidar.”
“No soy la décima musa. Soy la madre silenciosa de todas ellas, dijo algún día Mnemósine, porque antes de que un pueblo escriba su historia, antes de que una mujer pronuncie la verdad, antes de que un poeta encuentre un verso, alguien debe recordar.” Y yo recuerdo todo”.
Hubo un tiempo en que los antiguos griegos comprendieron una verdad que después pareció extraviarse entre los siglos: antes de existir la poesía, la música, la historia, el teatro o la ciencia, debía existir alguien capaz de recordar. A esa mujer le dieron un nombre: Mnemósine. No era la más hermosa del Olimpo ni la más poderosa. No blandía rayos como Zeus ni gobernaba los mares como Poseidón. Su reino era mucho más silencioso y, quizá por ello, infinitamente más profundo: custodiaba la memoria del universo.
De ella nacieron las nueve Musas. No nacieron del azar, sino del recuerdo. Porque ninguna obra de arte puede florecer donde la memoria ha muerto. Clío jamás habría escrito la historia sin la memoria. Calíope no habría cantado las gestas de los héroes. Euterpe no habría encontrado una sola melodía. Urania no habría leído el lenguaje de las estrellas. Cada una de las Musas llevaba, sin saberlo, un fragmento del corazón de su madre.
Sin embargo, el destino fue injusto con Mnemósine. La humanidad aprendió de memoria los nombres de sus hijas y fue olvidando, poco a poco, el de aquella mujer que les había dado origen. Celebramos a los poetas y rara vez pensamos en la memoria que sostuvo cada uno de sus versos. Aplaudimos a los historiadores, pero casi nunca agradecemos a quien conservó los recuerdos que hicieron posible la historia. Admiramos las grandes civilizaciones, aunque pocas veces comprendemos que ninguna habría sobrevivido sin la memoria de sus pueblos.
Quizá así ocurre también con las mujeres. Muchas permanecen detrás de los grandes nombres, sosteniendo con paciencia aquello que otros terminan cosechando. Como las raíces de un árbol, casi nadie las ve, pero sin ellas no existiría el bosque. Mnemósine fue una de esas mujeres: indispensable y silenciosa; invisible para muchos, esencial para todos.
Por eso me conmueve pensar que la memoria no necesita monumentos. Vive en las palabras que una abuela susurra a sus nietos; en los códices que un tlacuilo pintó hace siglos; en las cartas que una madre jamás quiso quemar; en las fotografías amarillentas que aún guardan el olor de una casa; en las cicatrices de un pueblo que se niega a olvidar a sus desaparecidos; en la voz de una mujer que insiste en contar su historia para que otras no vuelvan a empezar desde el olvido.
Tal vez por eso la verdadera tragedia no sea la muerte, sino el olvido. Mientras alguien recuerde un nombre, una sonrisa, una causa o un acto de amor, nada desaparece por completo. Y acaso Mnemósine nunca necesitó estatuas, porque eligió vivir donde ningún tiempo puede destruirla: en la memoria de quienes todavía creen que recordar también es una forma de amar.
glmontanohumphrey@gmail.com
Sigue nuestro CANAL ¡La Jornada Estado de México está en WhatsApp! Únete y recibe la información más relevante del día en tu dispositivo móvil.
MPH

/https://wp.lajornada.prod.andes.news/wp-content/uploads/2025/12/GILDA-OK.png)

