Panagrama: el arte de nombrar lo invisible en lo cotidiano  

Panagrama el arte de nombrar lo invisible en lo cotidiano. Foto: Especial

Panagrama: el arte de nombrar lo invisible en lo cotidiano  

El poeta Alejandro Carro explora la experiencia humana, donde lo incómodo y lo mínimo se saborea con “locura y un toque de cordura”.

Angélica Ruiz
Mayo 31, 2026

“Uno podría pensar que el poeta es un ser aislado, que está en una biblioteca, en el bosque o en la montaña buscando la inspiración, pero no. Es una persona común y corriente, de carne y hueso que camina por la calle, que lo podemos encontrar formado en la cola de las tortillas, haciendo un trámite burocrático, en la sala de espera de un hospital, o en el transporte público, porque las vivencias son las que hacen al poeta”.

Bajo esta premisa, Alejandro Carro comparte sus impresiones sobre el quehacer del poeta, pero sobre todo, nos abre la puerta para acercarnos a Pangrama (Valparaíso Ediciones), su más reciente poemario, donde la exploración se enfoca hacia la experiencia humana, donde lo cotidiano, lo incómodo, lo mínimo, se saborea con singular placer.

Del griego pan (todo) y gramma (letra), el pangrama es una frase o texto breve que utiliza todas las letras del alfabeto de un idioma, al menos una vez; estos textos se usan principalmente en el diseño gráfico.

Pangrama

Al cuestionarse cómo convirtió este concepto en el eje de su poemario, la respuesta de Carro tiene algo de accidente feliz. Recuerda haber visto, en la pantalla de una diseñadora, una frase repetida en múltiples tipografías. Le pareció “ilógica, disparatada, como sacada de un cuento fantástico”. 

Cuando descubrió que se trataba de un pangrama, entendió su lógica funcional, pero también su potencia simbólica. El salto fue inmediato: “la poesía también puede contener prácticamente todas las emociones… no hay ningún tema que la poesía no pueda tocar”. Así, la noción técnica se volvió un principio creativo: escribir como quien intenta abarcarlo todo.

—Tus poemas tocan lo cotidiano, pero también temas complejos como la muerte o el alma. ¿Qué te atrapa de esos elementos aparentemente triviales?

Hay temas que “en apariencia son intrascendentes”, explica, pero al analizarlos se expanden. El desempleo, por ejemplo, no es solo una circunstancia económica: es miedo, incertidumbre, transformación. Es también una pregunta sobre el sentido de la vida. “Nos quedamos desempleados emocional o intelectualmente también”, dice, llevando el asunto a un terreno más profundo.

“El alma es un tema que me atrae mucho. Damos por hecho que el alma existe y a lo mejor tenemos una imagen mental de cómo debe ser esta, pero si lo analizamos no necesariamente tiene que ser una imagen a semejanza nuestra. A lo mejor puede ser una piedra, un objeto o una planta, por ejemplo. El alma podría tener muchas manifestaciones físicas y no lo sabemos. Entonces, me gusta jugar con eso”, ahonda.

—¿Qué tanto hay de experiencia personal y qué tanto de observación colectiva?

La línea es difusa, y ese es justamente el punto. El autor reconoce que su libro está atravesado por vivencias propias —la enfermedad, la pérdida, la memoria—, pero subraya que la poesía tiene la capacidad de trasladarlas a un plano compartido: “una experiencia personal puede trascender… y volverse una experiencia colectiva”. Ahí radica su búsqueda: escribir desde lo íntimo para tocar lo común.

—¿Hay una intención de convertir lo cotidiano en un referente poético de la época?

Más que una intención programática, hay una consecuencia natural. Carro desmonta la idea del poeta aislado —y la reafirma en la frase inicial— para insistir en que la materia de la poesía está en la vida diaria. El poeta, como dice, “es un peatón más”. Por eso sus textos recorren oficinas, hospitales, filas y calles: porque ahí sucede todo.

—En tu libro también hay humor. ¿Cómo equilibras esa ironía con la sensibilidad de los temas?

El humor aparece como un recurso y una fuga. Surge de los juegos del lenguaje, de esos “accidentes felices” que provocan risa y, al mismo tiempo, sentido. Pero el equilibrio no está completamente bajo control del autor: “el límite entre el humor y lo poético… radica en el lector”. Aun así, Carro afina su escritura para no perder la carga emocional en medio del juego.

—¿El humor es estrategia o resistencia frente al dolor?

“Los dos”, responde sin rodeos. El humor es alivio y mirada crítica, señala. En un ejemplo revelador, explica cómo el hormigueo de una dolencia física se transforma en una imagen poética: hormigas que invaden el cuerpo y que, en lugar de ser expulsadas, son puestas a escribir. “Hay que justificar su presencia”, dice. Convertir el malestar en materia creativa.

  • Si tuvieras qué describir el pangrama en una sola frase, ¿cuál sería?

Lo describiría como “locura con un toque de cordura”, porque en este juego del lenguaje con los sentimientos y con las ideas, hay que ser un poco loco, como decían los poetas chilenos como Neruda o Gonzalo Rojas. 

La “locura” es el juego con el lenguaje

No es una frase casual: condensa su método. La “locura” es el juego con el lenguaje, la descomposición de las palabras, la libertad de decir desde lo inesperado. La “cordura” es la revisión, la conciencia crítica, el momento en que el poema se ajusta para realmente comunicar. 

El resultado es un poemario que se construyó a lo largo de varios años y que exige algo a cambio: volver a leer, regresar sobre las imágenes, apropiarse de ellas. Como el propio autor reconoce, hay textos que “necesitan una segunda, incluso una tercera lectura”. Y en ese gesto se completa la experiencia.

Pangrama se presentará el próximo sábado 6 de junio a las 6 de la tarde, en la librería Octavio Paz del Fondo de Cultura Económica, en Miguel Ángel de Quevedo, en la Ciudad de México. Acompañarán al autor la periodista Jimena González Bernal y la doctora Aurora González Roldán. 

Un espacio ideal para escuchar, de primera voz, cómo una idea tipográfica terminó convirtiéndose en una poética que busca contener todo.

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