Jimena Valdés Figueroa

Jimena Valdés Figueroa

Por qué la libertad no es hacer lo que YO quiero

Voz propia

Por qué la libertad no es hacer lo que YO quiero

Jimena Valdésop

Redacción
Agosto 1, 2026

Esta mañana le pregunté a mi hijo cómo definiría la libertad. La respuesta no le resultó sencilla. Primero dijo que ser libre era “ser como tú quieres ser, manteniendo ciertos límites”; después añadió que esos límites también existen para procurar la felicidad propia y la de las demás personas. Su respuesta, tan espontánea como profunda, me llevó a pensar que hablar de libertad es situarnos en una aspiración de larga data: un anhelo —o la narrativa de ese anhelo— que ha acompañado la historia de la humanidad y en cuyo nombre se han librado actos de heroísmo, desde las grandes batallas hasta las disputas en el campo de las ideas.

El concepto de libertad, es como tal una creación griega, al ser los primeros en considerarse a sí mismos como seres racionales, capaces de desear, elegir y actuar de acuerdo con lo que pensaban. Sin embargo, la libertad así pensada no implicaba un ejercicio igualitario, ya que sólo ciertos hombres podrían considerarse con la capacidad de ejercerla; no así las mujeres, no así los esclavos, no así las niñas y los niños.

Desde esta visión, la libertad se establece a partir de una separación frente a los designios de los dioses y al reconocimiento de la capacidad humana del ejercicio de la templanza; entendida como esa moderación frente a los placeres; que van desde el régimen del cuerpo hasta lo que se hace o se mandata por dinero.

Desde el pensamiento ilustrado que Esteban Echeverría importara en el decimonónico a las Américas, para que la libertad se realice, es necesario que se acepten los derechos y las obligaciones mutuas; así pensado el libre derecho de nuestras capacidades individuales no puede ir e detrimento de los otros; y se ubica en el actuar en lo social, no como un mero acto de libertad individual, que puede ubicarse como egoísta. 

Para Hannah Arendt, la libertad no debe entenderse únicamente como una facultad individual o interior, sino como una experiencia propiamente política. La libertad acontece cuando los seres humanos actúan y hablan en común, en un espacio público donde pueden iniciar algo nuevo. En este sentido, ser libre no significa simplemente estar libre de restricciones, sino participar en la construcción de un mundo compartido mediante la acción, la palabra y la pluralidad.

Traigo a colación este tema en función de los debates que vivimos en el día en torno a la libertad. Desde las posiciones más clásicas como la griega en la que probablemente hoy debamos preguntarnos sobre las éticas del cuidado del cuerpo, en un mundo con accesos irrestrictos a los placeres y en donde a la larga, estas prácticas nos coartan toda libertad incluso la del goce de la propia vida como es el vivir sujeto a tratamientos de condiciones médicas prevenibles.  

O bien, el actuar egoísta desde el que muchas veces nos relacionamos y consideramos que el logro de nuestros intereses puede ser superior y al de las causas generales; como es la lógica diaria de las ganancias inmediatas, materializadas en situaciones como la manera en la que se pone en riesgo la vida de otras personas por un modo alterado al conducir, el poco cuidado que como adultos ponemos al interés superior de las niñas y los niños o bien el no ejercicio de una pregunta tan básica pero poco frecuente como el ¿es bueno para mí? ¿es bueno para los demás?.

En la vida cotidiana, la libertad arendtiana aparece cuando dejamos de entenderla como un acto solitario y la vivimos como participación: al dialogar, organizarnos, decidir con y desde los  otros y asumir responsabilidad por el mundo común. 

Dicho esto, cerremos la columna de este fin de semana con la famosa frase de Hannah Arendt: “El sentido de la política es la libertad”. Una sentencia que, en su caso, no puede leerse como una abstracción cómoda, sino como una convicción atravesada por la experiencia del siglo XX: el exilio, el antisemitismo, el totalitarismo y también la decepción intelectual y personal frente a Martin Heidegger, su antiguo maestro y vínculo afectivo, quien en 1933 se afilió al Partido Nazi y asumió el rectorado de la Universidad de Friburgo. Frente a esa claudicación del pensamiento ante el poder, Arendt insistirá en que la libertad no vive en la obediencia ni en el repliegue individual, sino en la acción pública, en la responsabilidad y en la capacidad de comenzar de nuevo con y desde los otros; es decir desde la oportunidad de conformar un renovado nosotros. 

En la vida cotidiana, la libertad arendtiana aparece cuando dejamos de entenderla como un acto solitario y la vivimos como participación

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