Rodrigo Garnica: escribir también es un acto de libertad

Rodrigo Garnica escribir también es un acto de libertad. Foto: Especial

Rodrigo Garnica: escribir también es un acto de libertad

En Amigos (Abismos), el escritor se mete con las reglas de la literatura, las rompe, juega con el absurdo y convierte las dificultades de escribir en materia de humor.

Alejandro Baillet
Septiembre 20, 2026

Escribir una novela puede parecer, desde afuera, una actividad solemne: sentarse frente a una hoja en blanco, ordenar las ideas, construir personajes, respetar una estructura y avanzar hasta llegar al inevitable desenlace. 

Rodrigo Garnica decidió hacer otra cosa. En Amigos, publicada por Abismos, toma ese camino conocido, lo mira de reojo y se pregunta qué ocurre cuando un escritor decide no obedecer todas las reglas.

La respuesta es una novela que él mismo define como “un experimento”, una aventura literaria que busca apartarse del camino tradicional y explorar qué sucede cuando la lógica deja de ser una obligación.

“Es una aventura, es un experimento; se trata de salirse un poco del canon clásico, del canon pues aristotélico, ¿no? De exposición, de desenlace y todas esas cosas. Sí, es una especie de experimento”, explica Garnica.

La palabra experimento resulta fundamental para acercarse a Amigos. El autor no parece interesado en construir una novela que avance dócilmente de un punto a otro. Su apuesta está en la posibilidad de jugar con la forma, alterar las reglas y permitir que los personajes (y el propio escritor) se muevan con cierta libertad.

“Yo creo que toda obra que uno intente debe tener esa parte experimental y, por otro lado, sigo un poco la línea de otros trabajos míos que yo le he llamado literatura del disparate”, señala.

Garnica aclara que cuando habla de “disparate” se refiere, en buena medida, a una literatura cercana al absurdo, aunque prefiere evitar esta última palabra por la carga filosófica que ha adquirido con el paso del tiempo.

“En realidad es literatura del absurdo, pero la palabra absurdo se ha usado tanto y tiene tantas repercusiones desde el punto de vista filosófico, etcétera, que he preferido llamarle nada más disparate”, explica.

En ese universo, las reglas convencionales pierden autoridad. Y quizá ahí se encuentre una de las claves de Amigos: dejar que la imaginación tenga espacio para hacer aquello que normalmente no se le permitiría.

“Se trata sobre todo de eso: de experimentar y ver qué pasa si se transgreden los principios de la lógica convencional. Y entonces los personajes hacen auténticamente lo que quieren. Es decir, uno de los personajes, el autor, hace auténticamente lo que quiere”, dice.

Pero detrás de ese juego hay una idea mucho más seria. Para Garnica, escribir no consiste solamente en fabricar historias. También implica conquistar un territorio de libertad.

“Más que nada es un ejercicio de libertad, sobre todo de libertad. Es decir, que escribir o es un acto de libertad o repite uno de los convencionalismos tradicionales”, afirma.

Reírse de la tragedia humana

La risa ocupa un lugar importante en el universo de Garnica. No como simple adorno ni como una manera de quitarle importancia a los asuntos serios, sino como una herramienta para mirar de otra manera aquello que muchas veces resulta difícil de soportar.

El escritor considera que el humor puede ayudar a enfrentarnos con lo inesperado de la existencia.

“Yo siempre he pensado que el humor ayuda mucho a la catástrofe misma de la vida, al inesperado de la vida. Entonces, el humor tanto en la vida cotidiana como en el acto de escribir debe ser un auxiliar”, sostiene.

En Amigos, ese humor funciona como una especie de válvula de escape. Hay una intención lúdica, pero también una mirada sobre las preocupaciones que acompañan al escritor: querer ser leído, buscar el reconocimiento, preguntarse si lo que se está haciendo tiene sentido y enfrentarse a las propias dudas.

Garnica lo resume de manera sencilla: “Sí tiene un elemento catártico. Desahogo, en fin, no es todo. Porque la literatura va más allá de la catarsis, simple”.

Es ahí donde la novela adquiere otra dimensión. Debajo del disparate aparecen asuntos profundamente humanos. El humor permite mirar de frente aquello que, presentado de manera solemne, podría resultar demasiado pesado.

“La idea es que en el fondo se traten asuntos muy serios de una manera un poco jocosa, diciéndole el lado un poco cómico de nuestra tragedia humana”, comenta.

Entre esos asuntos está una de las obsesiones más antiguas de cualquier escritor: conseguir que alguien abra el libro y continúe leyendo.

Porque una cosa es escribir y otra, bastante más complicada, conseguir lectores.

“Ese es el reto para el escritor: cómo le hace para seducir, por así decirlo, al lector. Cómo hace para llamar su atención para que no abandone la lectura”, plantea Garnica.

El desafío se vuelve todavía mayor en una época dominada por la velocidad, las pantallas y los contenidos breves.

“Hay novelas, se escribieron novelones enormes, sobre todo en el siglo XIX y principios del siglo XX. Novelas muy grandes, pero no todo mundo las soporta y menos en estos tiempos de rapidez y de celular y de TikTok y cosas de esas”, señala.

Para el escritor, mantener la atención de un lector hasta la última página se ha convertido en una tarea cada vez más complicada.

“Es muy difícil atraer la atención de un lector. Es muy difícil hacer que un lector siga todo el libro de principio a fin. Generalmente lo abandona a la mitad”, dice.

Lo que queda por escribir

Hay algo particularmente humano en la relación que un escritor establece con sus propios libros: incluso después de terminarlos, rara vez siente que están completamente terminados.

Siempre queda una duda. Una escena que pudo desarrollarse de otra manera. Una frase que quizá pudo ser mejor. Una posibilidad que se quedó fuera.

Garnica conoce bien esa sensación.

“Siempre al terminar un libro uno queda con cierto saborcillo ahí nostálgico de ‘pude haber hecho más’, ‘pude haber…’”, reconoce.

Y no cree que esa inseguridad sea exclusiva de quienes comienzan a escribir.

“Eso no solo a los que escribimos modestamente, sino a los grandes escritores. Siempre hay esa sensación de que pudieron haberlo hecho mejor y pues yo me sumo a esa situación”, afirma.

Tal vez por eso terminar un libro no significa necesariamente dejar de escribir. Entre la publicación de una obra y su llegada a las librerías pueden pasar meses, incluso años. Para entonces, el escritor ya está pensando en otra historia.

“Lo que pasa es que hay un desfase muy importante que el lector no ve. Entre que termina uno un libro y pasa todo el proceso de revisión y pasa todo el proceso de hacer el libro, el objeto libro, es decir, publicarlo, pueden pasar meses y hay editoriales que tardan años”, explica.

En ese intervalo, el autor ya puede estar trabajando en otra cosa.

“En ese tiempo, pues usted ya no está clavado en su libro que está por publicarse, sino que muy probablemente ya ande usted en otro por su trabajo. Hay muchos trabajos que he trasladado de esa manera”, relata.

Existe un momento en que el libro deja de pertenecer por completo a quien lo escribió.

Entre la medicina y la literatura

La vida de Rodrigo Garnica tiene, además, otra vertiente: la medicina. Durante años ejerció como médico y fue hasta su jubilación cuando pudo dedicarse formalmente a escribir.

La combinación de ambas actividades, reconoce, no resulta sencilla.

“Las dos cosas, pero no simultáneamente”, responde cuando se le pregunta qué le apasiona más.

Y lo explica con una frase que tiene algo de humor y mucho de verdad:

“Las dos cosas, si uno las quiere hacer en serio, es imposible. Es decir, no, es imposible porque uno puede ser muy mal médico porque está pensando en la literatura y ser mal escritor porque está pensando en la medicina”.

Garnica comenzó a escribir formalmente después de jubilarse como médico, aunque la literatura había estado presente desde mucho antes.

“La medicina es apasionante”, reconoce. Pero también deja claro que la escritura terminó ocupando un espacio propio.

“Yo empecé realmente a escribir ya formalmente a partir de que me jubilé. Me jubilé como médico. La medicina es apasionante”.

En su caso, la medicina también representó algo que para muchos escritores constituye una preocupación permanente: la posibilidad de tener resuelto el aspecto económico para poder escribir.

“Algo que es muy importante y que todos los escritores jóvenes lo padecen: resuelto el problema económico”, apunta.

Y entonces aparece Kafka como ejemplo de hasta dónde puede llegar la necesidad de escribir. Garnica recuerda las dificultades económicas y materiales que padecieron algunos grandes autores y menciona el caso del escritor checo, quien llegó a celebrar la posibilidad de una enfermedad porque ésta podía permitirle disponer de tiempo para dedicarse a escribir.

“Alguien que celebra que le dé una enfermedad”, comenta, todavía sorprendido por la paradoja.

Para Garnica, la anécdota muestra la intensidad de una vocación que puede imponerse incluso en circunstancias adversas.

“Ese es un ejemplo maravilloso de cómo puede uno apasionarse a este grado por la literatura”.

Después de años dedicados a la medicina, la escritura le permitió finalmente disponer del tiempo necesario para explorar con mayor libertad su imaginación.

“La medicina pues siempre fue una madre nutricia para mí que me dio todo, pero la literatura es una pasión”, dice.

Y quizá esa frase termine explicando mejor que ninguna otra la razón de ser de Amigos. Una novela que juega, que se burla de las convenciones, que mira el oficio de escribir con humor y que, detrás de sus disparates, habla de una preocupación profundamente seria: qué significa ser libre cuando uno escribe.

En ese sentido, Rodrigo Garnica no parece interesado en ofrecer respuestas definitivas. Prefiere experimentar, jugar y dejar que la literatura abra sus propias preguntas.

Porque al final, como ocurre con cualquier aventura, lo interesante no siempre es saber de antemano hacia dónde se va. A veces basta con atreverse a salirse del camino.

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