En Tuve que inventarme una memoria, publicada por Editorial Gato Blanco, el escritor y periodista chileno Nicolás Durante construye una novela donde una acusación de abuso sexual, los huecos de la memoria, el poder, los prejuicios y hasta el espionaje se cruzan en una historia que obliga al lector a desconfiar de todos. Matías, un profesor universitario acusado de violar a una alumna, pierde su trabajo, su prestigio y prácticamente su vida anterior. El problema es que ni siquiera él sabe con certeza qué ocurrió aquella noche.
Hay historias que empiezan con una pregunta. La de Nicolás Durante comienza con una duda mucho más incómoda: ¿qué pasa cuando alguien es acusado de un delito que no recuerda haber cometido?
“En Tuve que inventarme una memoria, quiero colocar al lector en un terreno resbaladizo, donde las certezas duran poco y los culpables no siempre tienen el rostro que uno espera. La novela sigue a Matías, un profesor universitario de Literatura que después de ser acusado por una alumna de abuso sexual pierde su empleo, sus amigos, su reputación y hasta la posibilidad de reconstruir una vida profesional.
“Pero hay algo todavía más perturbador: Matías no recuerda con claridad qué ocurrió durante la fiesta en la que, presuntamente, violó a Javiera”.
A partir de ahí, Durante arma un rompecabezas narrativo que obliga al lector a participar. No basta con leer: hay que sospechar. Cada personaje puede esconder algo, cada recuerdo puede estar incompleto y cada explicación parece abrir una nueva puerta.
“Me obsesionó un poco qué pasaba en la mente de las personas culpables de este tipo de delitos, de los que son señalados y acusados como culpables”, explica Durante en la conversación.
El punto de partida no fue una ocurrencia aislada. Como periodista de profesión, el escritor chileno siguió durante años las noticias relacionadas con las denuncias de acoso y abuso sexual que comenzaron a aparecer con mayor fuerza en ámbitos como la televisión, el cine, los centros de trabajo y las universidades.
“Durante mucho tiempo la literatura y el cine habían contado, principalmente, las historias desde la perspectiva de las víctimas. Mi intención no fue restar importancia a esas voces, sino explorar el otro extremo del conflicto: qué ocurre con quien aparece señalado como responsable y cómo una acusación puede modificar por completo la existencia de una persona.
“Las víctimas, en su gran mayoría mujeres, han estado representadas en el cine o en la literatura por mucho tiempo y me parece muy bien que así sea”, señala. “Pero quería contarlo desde el otro lado y así surgió Matías”.
El escenario tampoco es casual. Matías es chileno y consigue una plaza académica en una universidad mexicana. Ha conseguido lo que buscaba: abandonar su país, construir una carrera y abrirse camino en el mundo académico. Hasta que la acusación lo derrumba.
La novela plantea entonces otra forma de violencia: la pérdida de identidad. El profesor deja de ser profesor. Su nombre se convierte en una especie de sentencia. Las puertas laborales se cierran y los círculos sociales desaparecen.
“Lo que él más quería era salir de su país y triunfar en el mundo académico; lo logra en un país como México y pierde todo esto por esta denuncia”, cuenta Durante.
La memoria también miente
El título de la novela es, quizá, la mejor pista para entrar en ella. Tuve que inventarme una memoria habla de esos espacios en blanco que deja una experiencia traumática, pero también de la necesidad humana de encontrar una explicación cuando los recuerdos no alcanzan.
Nicolás lo resume de una manera contundente: “Todos nos inventamos una explicación ante los huecos de la memoria”.
“En el caso de Matías, ese vacío se convierte en una condena. El personaje intenta reconstruir una noche que no puede recordar completamente mientras el mundo exterior ya tomó una decisión sobre él”, añade el autor.
La pregunta que persigue al lector es sencilla y brutal: ¿Matías es culpable y no lo recuerda o está siendo acusado injustamente?
Durante evita entregar respuestas fáciles. Incluso Javiera, la alumna que aparece como víctima principal, queda atrapada en esa zona gris que el autor construye deliberadamente.
“En algún momento la memoria traiciona a la misma Javiera, que es la víctima principal, y es como: bueno, a lo mejor ella no es víctima”, explica.
Ahí está una de las apuestas más arriesgadas de la novela: obligar al lector a cuestionar sus propias conclusiones.
De las aulas al espionaje
Si el conflicto universitario ya resulta suficiente para sostener la novela, Durante decidió echar más leña al fuego.
“La historia incorpora una segunda línea narrativa relacionada con el espionaje ruso y con personajes que pertenecen a otra época. La Guerra Fría aparece como una sombra que conecta el pasado con el presente y transforma la novela en algo más que una historia sobre una acusación.
“Uno de esos personajes es Fernando, un bailarín que termina relacionado con Matías y con una operación de espionaje que lleva la historia hacia los años ochenta y noventa”, resume.
La conexión con México también tiene una razón histórica. Durante recuerda el papel que tuvo el país como refugio para exiliados latinoamericanos durante diferentes periodos de crisis política.
“México fue y será, supongo, siempre un crisol de exiliados, de personas que corren de las garras de Estados Unidos o de sus propios países”, apunta.
Como periodista, el escrito comenzó a investigar aquella posibilidad. Sin embargo, llegó un momento en que decidió dejar que la ficción tomara el control.
“El periodista que llevo dentro empezó a tomar mucho poder y dije: no, a ver, vamos a dejar que la ficción gane terreno y me voy a inventar esto.
“Así nació una novela que, en lugar de avanzar en línea recta, salta entre épocas, personajes y conflictos”, relata.
¿Quién es realmente el villano?
Uno de los elementos más interesantes de Tuve que inventarme una memoria está en los prejuicios.
Durante juega con las ideas preconcebidas que el lector puede tener sobre un profesor, un bailarín, un extranjero, un homosexual, un espía o incluso una víctima. Nada parece completamente seguro.
“El personaje de Fernando, por ejemplo, abre la puerta a la ambigüedad sexual y al juego de las apariencias.
“Quería jugar con esa ambigüedad de, al final, quién es el malo en la historia, quién es el que utiliza a todas las personas, quién es el que logra lo que quiere al precio que sea”, dice el escritor.
Y esa pregunta termina contaminándolo todo.
¿Es Matías el villano? ¿Es Fernando? ¿Es Ramiro? ¿Javiera sabe toda la verdad? ¿Existe una verdad completa o cada personaje construye la suya?
Durante reconoce que esa incertidumbre también acompañó el proceso de escritura.
La novela fue armándose como un rompecabezas. El autor utilizaba tarjetas para ordenar escenas y personajes, movía piezas y modificaba relaciones conforme avanzaba la historia.
“A veces acababa de ser más malo este, más malo el otro”, recuerda entre risas.
El resultado es una novela donde el lector termina haciendo exactamente lo que hace Matías: reconstruir los hechos con fragmentos.
Y quizá ahí se encuentra la mayor virtud del libro.
No se trata solamente de descubrir quién tiene la razón. Se trata de preguntarse cuánto de nuestra verdad está construido con recuerdos, prejuicios, versiones ajenas y aquello que necesitamos creer para seguir adelante.
“Me imaginé literalmente yendo a un curso en la UNAM. Vi un panel en una pared con papeles pegados por exalumnas o alumnas que denunciaban a profesores o trabajadores de la universidad. Dije: ‘Wow, ¿cómo será si yo soy el que está acusado y leo estos papeles?’. Y ahí empezó a crearse la historia.
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