Casi un siglo de machismo

Mauricio Sosa Ocaña

Casi un siglo de machismo

Adogma con Mauricio Sosa Ocaña

Redacción
Agosto 21, 2026

Tienes la edad que resulta de una resta entre el año actual y el de tu nacimiento, porque a pesar de pertenecerte, ya no te salen las cuentas: ochenta y seis. Los cumpleaños ahora son remembranzas. Recuerdas como respiras. Con la mecánica orgánica de inhalar.

Cada aspiración representa una bocanada de aire vital. Tus anhelos son hoy en día un porqué. Las metas ya no son un reto, pues has cruzado la línea final muchísimas ocasiones.

Aquellos objetivos juveniles, cumplidos o no, son una incógnita. ¿Cómo llegué a este punto de mi vida? No es que dudes de tus capacidades, sino que reconoces al fin que gracias a ellas eres tú.

En el cuerpo percibes una gran interrogante: cuánto de lo que vi en mi infancia me forjó como la persona que soy. Naciste en medio del agobio mundial por un conflicto armado grotesco. Tu país aún elegía a presidentes militares, provenientes de la revolución mexicana.

Tu entorno familiar se cimentó en el siglo diecinueve. Devino de una sociedad católica, costumbrista. Recato y religión, el ADN del ser. Quizás desde entonces son frases como “feo, fuerte y formal” para definir a un hombre. O “calladita te ves más bonita” para validar a toda mujer.

Aunque tú naciste a mediados del siglo veinte, las reminiscencias del pasado te sujetan como anclan a un barco en altamar. En tu infancia, tu padre y tu madre fueron enormes figuras de piedra. Como Atlantes de Tula, sostén y contenido de tu desarrollo.

Tu padre. Un hombre trabajador. Capaz de emprender cualquier negocio y hacer fortuna. Con habilidades para la carpintería, pintura, construcción, aritmética. Ejercer su supuesta condición de sexo fuerte en la ecuación hombre mujer y su facultad de vivir su sexualidad libremente, sobre todo extramarital.

Tu madre. Una mujer de su casa. Desde niña se habilitó para la cocina, que aprendió de la mejor. Desgranar maíz. Moler jitomate en metate. Encender leña para guisar y agregar los ingredientes en cantidades precisas. El matrimonio a sus dieciocho años era común, deseado como fórmula de vida.

Cada año de tu adolescencia miras algunos hechos con cierta suspicacia. Los negocios de tu padre en fines de semana lejos de casa. El silencio abnegado de tu madre al volver su marido con dinero en el bolsillo.

En algún momento acompañaste a tu papá a sus vendimias, al principio fueron una excursión para ti. Más tarde te recriminaste cómplice del engaño. Otras tardes padeciste la melancolía estoica de tu mamá, en medio de su soledad rodeada de infantes. Niñas y niños con necesidad de guía y ejemplo.

Creciste en los tiempos que popularizaron la frase “la revolución hizo al rico pobre, a pobre lo hizo pendejo, a éste lo hizo político y al político lo hizo rico”. Criticas a tus progenitores por sus conductas. Te indigna la complicidad adulta que normalizó el machismo a tu alrededor. Te irritan los Césares de Usigli que trasminan tu país.

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