Cuando el miedo aprende a vivir con nosotros

Cuando el miedo aprende a vivir con nosotros

Con Singular Alegría con Gilda Montaño

Tania Albino
Agosto 10, 2026

Hay tragedias que matan una sola vez. La desaparición de una persona mata todos los días. Mata cuando una madre escucha un automóvil detenerse frente a su casa y corre a la ventana pensando que, quizá, esta vez sí regresó su hijo.

Mata cuando suena el teléfono y durante un segundo nace la esperanza para morir inmediatamente después. Mata cuando una familia deja un plato servido en la mesa porque no quiere aceptar que el lugar pueda quedar vacío para siempre.

Mata cuando el tiempo comienza a borrar el rostro de quien falta, pero jamás consigue borrar el dolor de quien espera. Ésa es la diferencia entre la muerte y la desaparición.

La muerte, por cruel que sea, termina imponiendo una verdad. La desaparición impone una pregunta que nunca acaba. ¿Dónde está? Dos palabras. Sólo dos. Sin embargo, son capaces de destruir una vida entera.

México lleva demasiados años viviendo con esa pregunta. Nos hemos acostumbrado a escuchar que desapareció un estudiante, un comerciante, un taxista, una enfermera, una niña, un campesino, un profesionista, un padre o una madre. Lo escuchamos mientras desayunamos, mientras vamos al trabajo, mientras revisamos el teléfono. Después continuamos con nuestra rutina.

Eso debería estremecernos.

Porque el día que una sociedad deja de conmoverse por la desaparición de un ser humano comienza también a desaparecer una parte de sí misma. No se pierde únicamente la seguridad. Se pierde la confianza. La posibilidad de caminar tranquilo. La certeza de que nuestros hijos volverán a casa. La convicción de que la ley protege a los ciudadanos antes que a los delincuentes.

Cuando esa confianza desaparece, el miedo ocupa su lugar. Entonces dejamos de salir de noche. Dejamos de responder llamadas desconocidas. Les pedimos a nuestros hijos que avisen cuando llegan, cuando salen, cuando doblan una esquina, cuando toman un taxi, cuando entran a una tienda.

Vivimos vigilándonos. Vivimos contando minutos. Vivimos imaginando desgracias. Eso también es una forma de violencia. Detrás de cada fotografía pegada en un poste, hay una familia cuya vida quedó suspendida.

Detrás de cada ficha de búsqueda hay una silla vacía. Un cumpleaños que ya no se celebra. Una Navidad que nunca volvió a ser igual. Un abuelo que murió esperando. Una madre que aprendió a llorar sin lágrimas porque ya no le quedan. 

Frente a esa realidad no basta con indignarnos. La sociedad tiengile que recuperar la capacidad de sentir el dolor ajeno como si fuera propio. Y el Estado tiene la obligación irrenunciable de investigar con rapidez, coordinar esfuerzos, romper inercias y devolver a las familias algo que jamás debieron perder: la esperanza fundada en la acción y no en la resignación.

Quiero creer que existen autoridades conscientes de que una desaparición no admite demoras, porque cada hora cuenta. Quiero creer que hay servidores públicos para quienes cada expediente representa una vida y no un número más.

Pero la responsabilidad no termina en las instituciones. También nos corresponde a nosotros impedir que el horror se vuelva costumbre. Porque el día que dejemos de indignarnos, habrán desaparecido dos personas. La primera será quien nunca regresó a casa. La segunda seremos nosotros, convertidos en una sociedad incapaz de sentir.

Esa sería la derrota más grande de todas, en esta historia de la humanidad.

gildamh@hotmail.com

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