Cuando la mirada de tres niños atraviesa la niebla de la guerra 

Cuando la mirada de tres niños atraviesa la niebla de la guerra. Foto: Especial

Cuando la mirada de tres niños atraviesa la niebla de la guerra 

Éramos tres niños perdidos en la niebla reconstruye, a partir de hechos reales, una historia de amistad, miedo y solidaridad durante la Segunda Guerra Mundial.

Alejandro Baillet
Octubre 18, 2026

Hay historias que empiezan con una guerra y terminan hablando de la humanidad. La de Éramos tres niños perdidos en la niebla, de Ruperto Long, pertenece a esa clase de relatos que obligan a mirar el horror desde otro sitio: no desde los generales, los mapas, las batallas o los discursos de los adultos, sino desde los ojos de tres niños que, mientras su mundo comienza a desmoronarse, todavía creen en la amistad.

La novela, publicada por Roca Editorial, está inspirada directamente en hechos reales y tiene como punto de partida la historia que un antiguo colega del escritor uruguayo guardó durante décadas.

El hombre, ya nonagenario, fue uno de aquellos niños que cada verano se encontraban en un balneario de montaña, entre bosques y ríos, en una Europa que todavía no sabía hasta dónde llegaría la tragedia que estaba a punto de comenzar.

Long conoció esa historia casi por casualidad. Había conversado durante años con aquel ingeniero, pero nunca habían hablado de la guerra. Hasta que un día, después de que Long publicara otro de sus libros sobre el Holocausto, aquel hombre se animó a contarle algo que había permanecido guardado durante demasiado tiempo.

“Empezó a contar con mucha timidez, porque a la gente le cuesta hablar de esas cosas y llamarlas con mucha humildad como cosas muy pequeñas, casi que no tienen importancia”, recuerda Long.

Aquella aparente insignificancia escondía, sin embargo, una historia que terminaría llevándolo a investigar, recorrer los lugares donde ocurrieron los hechos y reconstruir una época marcada por la persecución y la muerte.

El resultado es una novela en la que la historia grande —la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto— se encuentra con las historias pequeñas: los amigos que se separan, las promesas infantiles, el miedo, las decisiones de los adultos y los gestos de personas anónimas que decidieron arriesgarlo todo para salvar a otros.

La guerra vista desde la inocencia

Uno de los grandes aciertos de Long consiste en colocar a los niños en el centro de la narración. No sólo porque permite acercarse al conflicto desde una perspectiva distinta, sino porque la infancia ofrece una mirada todavía libre de buena parte de los prejuicios que los adultos hemos acumulado.

“Los adultos después empezamos a ponerle a cada hecho que vemos nuestra carga de ideas, de prejuicios, de conceptos. Los niños, en cambio, observan de otra manera”, explica. Para Long, esa forma de mirar tiene una enorme potencia literaria y humana.

“Siempre recuerdo una frase de un gran mexicano que admiro que es Luis Barragán, el gran arquitecto, ingeniero, diseñador. Él hablaba del arte de mirar con inocencia, ¿no? O de ver con inocencia. Y eso lo tienen justamente los niños”, señala.

La referencia a Barragán sirve también para explicar una de las decisiones centrales de la novela: dejar que los personajes infantiles observen el derrumbe del mundo sin comprender inicialmente todas sus dimensiones. Mientras los adultos clasifican, discriminan, obedecen órdenes y toman decisiones políticas o militares, los niños se relacionan con el otro desde una lógica mucho más sencilla.

“Los niños juegan todos entre ellos, al futbol o a lo que sea, y no hay signo de distinción de entre uno y otro”, dice Long. Pueden pelear, discutir y reconciliarse, pero existe en ellos una capacidad de convivencia que los adultos parecen haber perdido.

Y ahí aparece una de las preguntas que atraviesan el libro: ¿qué pasaría si los adultos fuéramos capaces de escuchar un poco más esa mirada?

Una historia que llegó por casualidad

Long es ingeniero de profesión y durante décadas se dedicó a esa actividad. La literatura llegó por otro camino y, con ella, una serie de historias relacionadas con el Holocausto y la Segunda Guerra Mundial. Había escrito previamente sobre estos temas cuando su colega decidió confiarle aquel recuerdo.

El escritor no recibió simplemente una historia terminada. Tuvo que reconstruirla a partir de conversaciones, pistas, testimonios y visitas a los lugares donde ocurrieron los acontecimientos.

“Nos reunimos muchísimas veces, me fue contando todos los detalles, me dio pistas de los otros personajes que había en esos veranos ahí donde jugaban los niños y la pasaban bien”, relata.

Ese proceso fue fundamental para Long, quien considera que la literatura inspirada en hechos reales requiere atención a esos detalles que pueden parecer menores, pero que terminan otorgándole verosimilitud al relato.

“Como dice Javier Cercas, la buena literatura no huele a literatura, sino a verdad”, apunta.

Por eso, además de escuchar al protagonista de aquella memoria, el autor recorrió escenarios y buscó testimonios de personas que estuvieron directamente relacionadas con los hechos. En ese trabajo de reconstrucción descubrió que la realidad podía resultar mucho más sorprendente que cualquier recurso de ficción.

“Uno descubre cosas que la verdad muchas veces supera a la realidad que uno pueda llegar a imaginar”, afirma.

Héroes que no miraron a otro lado

Si la infancia aporta inocencia a la novela, la presencia de los adultos introduce otra dimensión: la posibilidad de elegir.

En medio del horror aparecen personas que pudieron limitarse a obedecer, cerrar los ojos o argumentar que sólo cumplían órdenes. Sin embargo, algunos eligieron actuar.

Uno de los episodios que más sorprendió a Long está relacionado con un grupo de italianos que, desde posiciones vinculadas con el Ministerio de Relaciones Exteriores y el Ejército, participaron en una operación clandestina destinada a salvar vidas.

“Logran sacar la humanidad y conspirar no se trata, explica, de un acto aislado de valentía, sino de una operación compleja que implicó reuniones secretas, intercambio de información y una enorme logística para crear falsos campos de concentración y proteger a miles de personas”, cuenta el autor.

“Cuando uno visita los lugares y ve la complicidad de todo esto y lo que se hizo, incluso ese último campo donde logran concentrar a todos en esa isla, yo estuve allí, vi los restos de ese campo, es una cosa verdaderamente increíble”, recuerda.

La novela, así, no sólo se ocupa de quienes padecieron la persecución. También rescata a quienes decidieron enfrentarse a ella desde sus propias posibilidades.

Son los héroes anónimos de una historia en la que la solidaridad se vuelve una forma de resistencia.

La literatura como viaje

Long sabe que contar una historia ambientada en un tiempo que no vivió directamente implica un riesgo: el lector debe sentir que está ahí sin que el autor termine imponiéndole una interpretación.

Su propósito es otro.

“Yo nunca intento transmitirle al lector: usted tiene que pensar tal cosa o tal otra. Cada uno después reflexionará con el libro, llegará a sus propias conclusiones”, afirma.

Para él, la literatura tiene una tarea más poderosa: transportar al lector.

“Lo importante es eso, que uno pueda trasladarse en el espacio y en el tiempo y conocer otras realidades y conocer las cosas como si uno estuviera allí”, explica.

Ese viaje exige también una cierta economía narrativa. No se trata de abrumar con información histórica, sino de encontrar las palabras y las imágenes capaces de colocar al lector dentro de una escena.

“A veces con pocas frases lograr ubicarlo a la persona allí”, dice.

Resume su idea de la literatura con una imagen que también parece describir el propósito de su novela: “En gran medida es una comunicación de corazón a corazón”.

Uno de los aspectos más interesantes de la conversación con Long aparece cuando habla de las personas que le han confiado sus historias. Muchas veces, dice, quienes sobrevivieron a acontecimientos traumáticos prefieren guardar silencio.

No necesariamente porque hayan olvidado, sino porque recordar puede significar volver a entrar en un territorio doloroso.

“En realidad, la inmensa mayoría de la gente que se anima a contar estas cosas no sólo no reaviva, sino que cura las heridas o contribuye a curar esas heridas del pasado”, considera.

En el caso de Éramos tres niños perdidos en la niebla, ese proceso de escucha terminó creando también una relación personal. La investigación dejó de ser únicamente una búsqueda de información y se convirtió en un diálogo entre dos personas separadas por generaciones, pero unidas por una historia.

“He tenido esa suerte de que gente muy variada y en diversos libros y en temas muy diferentes se ha animado a contarme cosas y se ha establecido un diálogo que después termina en una amistad casi”, relata.

Quizá por eso la novela encuentra su centro en una palabra tan sencilla: amistad.

Porque frente a una maquinaria construida para separar a las personas por origen, religión, nacionalidad o condición, tres niños descubren que el otro puede ser simplemente un amigo.

Esa mirada infantil, precisamente, es la que Ruperto Long quiere recuperar.

“Los niños tienen esa frescura y a veces esa espontaneidad, el mirar las cosas sin prejuicios”, afirma.

En tiempos en que vuelven a aparecer discursos de odio, guerras y sociedades incapaces de ponerse de acuerdo, una historia ambientada en 1938 a 1945 termina hablando también del presente.

La niebla de aquellos niños no ha desaparecido del todo. Lo que permanece, en cambio, es la posibilidad de que alguien extienda la mano en medio de ella.

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