Las encuentro por la calle. Muchas de ellas, de municipios en donde existen nuestras cinco distintas etnias. Ya bajan a cada esquina las mazahuas, o las otomíes, o las tlahuicas, o nahuatlacas. O muchas de verdad que no saben ni siquiera qué les está pasando. Y de repente, por ser violadas por sus padres, o por sus hermanos, o por sus abuelos, tíos o quien quiera que pase por allí y las encuentre solas, allí están sin poder gritar, defenderse, pensar y ni a dónde ir. Es terrible.
Hace diez años, con el secretario de Salud en el Estado de México, el doctor Gabriel O’shea, escribí la Tesis de Maestría: La Mujer como Reproductora de la Pobreza. Muchas feministas casi la avientan por el balcón de la inconsciencia. Ni modo. Lo que dije, lo vuelvo a sostener.
Lástima, mi tesis sigue siendo dolorosamente vigente. Quizá hoy cambiaríamos ligeramente el título para decir que la mujer no reproduce la pobreza; la pobreza, la desigualdad y la falta de oportunidades se reproducen a través de las mujeres, cuando la sociedad les niega educación, salud, autonomía y posibilidades de decisión, cultura y desigualdad. Pero el fondo de mi investigación continúa interpelándonos.
La intención no era responsabilizar a las mujeres de una condición que históricamente les ha sido impuesta, sino analizar cómo la pobreza encuentra en la desigualdad de género, uno de sus mecanismos más eficaces de reproducción.
Diez años después, México ha avanzado de manera importante en múltiples frentes. Las mujeres estudian más, participan más en la vida pública, ocupan espacios de liderazgo que antes les estaban vedados y han conquistado derechos fundamentales. Sin embargo, existe una realidad que continúa desafiándonos: miles de niñas y adolescentes siguen convirtiéndose en madres cuando apenas deberían estar descubriendo el mundo.
La pregunta es inevitable: ¿cómo es posible que en pleno siglo XXI sigamos observando embarazos en niñas de diez, once o doce años? La respuesta es compleja y exige abandonar las explicaciones simplistas.
Durante décadas, la planificación familiar se entendió principalmente como el acceso a métodos anticonceptivos. Sin duda, éstos siguen siendo indispensables. No obstante, hoy sabemos que la verdadera planificación familiar comienza mucho antes: con educación, información, protección y oportunidades.
Una niña que conoce su cuerpo, comprende sus derechos y recibe educación integral sobre sexualidad, tiene mayores posibilidades de tomar decisiones informadas. Una niña que permanece en la escuela, que cuenta con una red familiar sólida y que visualiza un proyecto de vida, enfrenta menores riesgos de maternidad temprana. Una niña protegida por instituciones eficaces tiene menos probabilidades de ser víctima de violencia sexual.
Porque ésa es una de las verdades más incómodas de nuestro tiempo: cuando una niña de diez años queda embarazada, no estamos frente a un problema de planificación familiar. Estamos frente a un fracaso colectivo.
Ninguna niña de diez años posee la madurez física, emocional o psicológica para ejercer una maternidad responsable. Detrás de estos casos suelen encontrarse contextos de violencia, abuso, vulnerabilidad económica, ausencia institucional o desprotección familiar.
La maternidad infantil no es una decisión libre. Es una señal de alarma social. Y es precisamente ahí donde la pobreza vuelve a aparecer.
Las niñas que se convierten en madres prematuramente tienen mayores probabilidades de abandonar la escuela, de acceder a empleos precarios, de depender económicamente de terceros y de enfrentar condiciones de exclusión durante buena parte de su vida. A su vez, sus hijos suelen crecer en entornos con menores oportunidades educativas y económicas. Así se construye el círculo que tantas investigaciones han documentado y que aún no hemos logrado romper por completo.
Por ello, la planificación familiar moderna debe entenderse como una política integral de desarrollo humano.
No basta con distribuir anticonceptivos. Es necesario fortalecer la educación, garantizar servicios de salud accesibles, combatir la violencia contra niñas y adolescentes, impulsar la igualdad de oportunidades y construir una cultura que reconozca a las mujeres como sujetas plenas de derechos.
La verdadera planificación familiar ocurre cuando una mujer puede decidir libremente si quiere ser madre, cuándo quiere serlo y en qué condiciones desea ejercer esa maternidad. La maternidad debe ser una elección, nunca una consecuencia de la ignorancia, la violencia o la pobreza.
México ha demostrado que puede transformar realidades cuando existe voluntad colectiva. La disminución de la mortalidad materna, el aumento de la escolaridad femenina y la creciente participación de las mujeres en la vida pública son prueba de ello. Pero mientras una sola niña vea truncada su infancia por un embarazo temprano, el trabajo seguirá inconcluso.
La grandeza de una sociedad no se mide únicamente por su crecimiento económico ni por sus avances tecnológicos. Se mide también por su capacidad para proteger a quienes más la necesitan.
Y entre todos los deberes que tenemos como nación, quizá ninguno sea tan urgente como garantizar que nuestras niñas puedan vivir plenamente su infancia antes de asumir responsabilidades que jamás deberían llegar demasiado pronto.
Porque cuando protegemos a una niña, no sólo defendemos un derecho individual. También interrumpimos la transmisión intergeneracional de la pobreza y construimos un futuro más justo para todos.
gildamh@hotmail.com
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