Durante años he sostenido una queja íntima: en estas latitudes, el verano parece existir apenas como una promesa. No llega con la contundencia de otros lugares, no transforma del todo la ciudad ni obliga a cambiar de vida. Más bien se insinúa, se esconde entre nubes, aparece por unas horas y vuelve a retirarse.
Lo confieso: cuando veo fotografías y crónicas de esos veranos rotundos, en los que el guardarropa se reinventa y la vida cotidiana parece obedecer a otra luz, siento una envidia difícil de disimular. Me atrae la idea de estaciones capaces de alterar el ánimo colectivo: del encierro del invierno a la expansión luminosa de los días largos; de las múltiples capas de ropa a la ligereza de las prendas; de los platos densos y calientes a esa comida más fresca, más breve, más dispuesta al aire libre.
Pero quizá la frustración por no tener veranos tan definidos me ha obligado a ensayar otra forma de buscarlos. Últimamente he descubierto que también se puede perseguir el verano en gestos mínimos: adaptar una prenda, celebrar una tarde inesperada de sol, abrir la ventana cuando la lluvia concede una tregua, reconocer en el cuerpo una disposición distinta aunque el cielo insista en su gris habitual.
Ese ejercicio me ha llevado a mirar con mayor atención las posibilidades que la vida diaria ofrece para construir aquello que, tal vez por necesidad, llamo verano. Pienso en el ensayo poético de Diane Ackerman, Una historia natural de los sentidos, donde explora la manera en que experimentamos el mundo a través de los sentidos y formula una crítica al automatismo moderno. Allí aparece una pregunta que funciona casi como un despertador: “¿Con qué fin vivo mi vida?”. Y añade: “Una gran libertad surge de poder responder a esa pregunta. Un durmiente puede despertarse de la cama ante la pura belleza del amanecer en alta mar”.
Encontrar signos de verano entre nubes encapotadas es, hay que decirlo, una tarea compleja. También es un acto de resistencia: resistirse a aceptar que sólo existe aquello que se presenta de manera evidente. A veces el verano no es una estación sino un artefacto, armado con fragmentos: una temperatura, un olor, una fruta, una luz que dura apenas unos minutos, una conversación que se alarga porque todavía no queremos volver a casa.
De niña tuve la dicha de habitar una forma particular de verano. No era la postal de playa y arena, sino una cercana a la tierra. Caminaba de la mano de mi abuelo por praderas que exhalaban humedad; mirábamos las nubes para adivinar a qué hora comenzaría la siguiente tormenta; observábamos el maíz para saber cuándo sería posible cosechar elotes. Eran veranos en los que, pese a todo, los árboles daban frutos: a veces dulces, a veces ácidos, pero frutos al fin. El secreto consistía en aprender a reconocerlos y, sobre todo, en saber aprovecharlos.
Hacia el final de esos días, el campo se vestía con sus mejores galas. Brotaba una diversidad de flores que no necesitaba más explicación que la mirada atenta: su belleza estaba en la mezcla, en la simpleza y en esa espontaneidad que ninguna planeación consigue imitar del todo.
Tal vez por eso, cuando el presente no ofrece estaciones claras, conviene volver a la memoria. No para quedarnos allí, sino para recordar que la vida también se aprende a leer en sus signos pequeños. Como dice la canción, “uno siempre vuelve a aquellos sitios donde amó la vida”. Y quizá volver no sea otra cosa que recuperar una forma de atención: mirar de nuevo, con paciencia, aquello que todavía florece.
“¿Acaso no muere todo al final, y demasiado pronto?
Dime, ¿qué piensas hacer con tu única vida salvaje y preciosa?”.
Ahí, en esa pregunta, con la que cierra Mary Olivier, su famoso poema, quizá se encuentra el verdadero verano: no como clima ni como calendario, sino como una disposición para habitar la única vida que tenemos desde la oportunidad: con más asombro, más cuidado y más gratitud.
Encontrar signos de verano entre nubes encapotadas es, hay que decirlo, una tarea compleja. También es un acto de resistencia: resistirse a aceptar que sólo existe aquello que se presenta de manera evidente.
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