El último esplendor de la Hacienda de San Miguel, Tepotzotlán

El último esplendor de la Hacienda de San Miguel, Tepotzotlán. Foto: Especial

El último esplendor de la Hacienda de San Miguel, Tepotzotlán

El casco que hoy se ve desgastado vivió tiempos de gloria cuando dominaba la producción de cereales en la región, hoy alberga leyendas e historias sobrenaturales.

Redacción
Mayo 10, 2026

Nuestra historia, no comienza en los albores del siglo VII, cuando nace la Hacienda de San Miguel perteneciente a Tepotzotlán y mucho menos, cuando en 1973 este territorio, que formó parte de Axotlán, pasó a ser de Cuautitlán Izcalli, sin embargo; son importantes estos datos de la historia del antiguo poblado de Axotlán. Además, esta hacienda se caracterizó por la producción de cereales por mucho tiempo, hasta que, en el siglo XX, los Schiavon continuaron alimentando su vida, con el ganado y la venta de leche.

El último esplendor de la Hacienda de San Miguel, inicia con los recuerdos de las señoras María Guillermina Villegas Morin, María Silvia Villegas Morin, María Gloria Villegas Morin y María Victoria Villegas Morin; sobre uno de los últimos caporales de esta hacienda, su padre Don Adolfo Villegas Arcibar. Mismo que en 1948, dejó su huella con tan solo 16 años, venido desde Dolores Guanajuato. Cabe resaltar, que otra parte de su legado para Tepotzotlán, fue ser uno de los miembros fundadores del hoy Lienzo Charro de nuestro municipio.

Llegó a la Hacienda de San Miguel, con el conocimiento heredado de su familia en Guanajuato, en cuanto al manejo de los cultivos y del ganado. Siendo una gran sorpresa para los Schiavon, todo lo que sabía, lo empiezan a canalizar a todas las actividades de la hacienda. Con el paso del tiempo, trajo a su padre y a su novia a la Hacienda de San Miguel, para casarse en Guanajuato, posteriormente todos sus hijos nacerían en la hacienda.

Hacienda de San Miguel, Tepotzotlán

La Hacienda de San Miguel, no era solamente el mero casco, que conocemos en la actualidad. En realidad, era toda una empresa lechera, donde se criaban vacas de ordeña y otra área de becerros. Habría unos 1000 trabajadores entre tractoristas, vaqueros, ordeñadores. Estos trabajadores venían de Magú, de Cañadas y otros lugares, el transporte a su trabajo ida y vuelta, era un camión de volteo.

Las hijas de Don Adolfo recuerdan gratamente a los Schiavon, como personas humanitarias con la gente que trabajaba para ellos. Esta familia de origen italiano, nunca hizo diferencias sociales, entre los trabajadores y los patrones. A las personas, que venían de Guanajuato les dieron vivienda y a los de Dolores Hidalgo, les daba cuartitos, donde la familia de Don Adolfo vivió muchos años. No había grandes salarios, quienes tenían el lujo de ir a la Fiesta de la Virgen de Guadalupe, en el Cerrito, en el municipio de Cuautitlán les traían cosas a quienes no podían ir.

Por otro lado, Don Pioquinto Villegas padre de Don Adolfo, era el encargado junto con su perro “el Kayser” de unas 500 becerras, que se irían con el tiempo a la ordeña. En cuanto a Don Adolfo, este les enseñó la técnica del arado a los trabajadores de la hacienda. Todo ello, lo realizaban en una extensión que llegaba, desde Atlamica, todas las Cofradías, Claustros hasta la Laguna de Axotlan.

Los 29 de septiembre era el festejo de la Hacienda de San Miguel, donde se hacía un pequeño lienzo charro y un jaripeo, para torear becerritos todo en honor al Santo Patrono San Miguelito. Los festejos en el mes de diciembre, no se quedaban en simples aguinaldos, eran costales completos a cada peón por parejo. Después de la muerte de Don Florentino Schiavon, la hacienda conservó solamente el casco y parte de los Claustros.

Al quedar la hacienda, cómo un pueblo fantasma por mucho tiempo, nuestros protagonistas, se tuvieron que mudar a una pequeña casa de la Hacienda de San Miguel. Justo en ese momento, es cuando se da toda una remodelación en la casa grande, se le adiciona al casco una alberca y se empieza a hacer recámaras, con sus literas y roperos cada una.

Todos los borregos amanecieron muertos

Las personas que se quedaban, en la casona ya modernizada, eran espantadas sin ninguna clase de lógica de por medio. Persona que dormía en las literas hechas por Don Adolfo y su hija Guille, amanecía en el pasto. En su momento, el mismo Don Rafael Schiavon supuso, que Don Adolfo era el maldoso, que sacaba a las personas al jardín, porque nadie más tenía llaves de la casa, que no fuera él.

La parte de la Hacienda de San Miguel, que fue vendida a una prima de los Schiavon, tampoco estuvo exenta de historias; siendo la casa de este lugar, una de las protagonistas, de una de ellas. La señora de esa casa tenía muchos borregos, ella vivía en Polanco, pero venía del diario a ver su huerta y a limpiar la casa. Su día de descanso era día de fiesta, donde su familia e invitados disfrutaban de la velada.

Un buen día, algo empañó la tranquilidad de esa casa, todos los borregos de la señora amanecieron muertos, estos tenían mordeduras en el cuello, siendo que toda la propiedad estaba bardeada, sin que nadie pudiera salir o entrar. Al no haber explicaciones, a la señora no le quedó más, que cuestionar a Don Adolfo sobre lo sucedido, por no haber puesto atención a lo sucedido. Temiendo que los borregos muertos pudieran tener algún virus, todos fueron enterrados.

Después de esos extraños sucesos, no volvió a ocurrir algo similar. Todos los de la hacienda eran charros, gente de la misma hacienda iban al Lienzo de Tepotzotlán a hacer sus charreadas. Cuando alguien se casaba era vestido de charro, el paseo, la misa y demás cosas eran en una volanta, para que se den una idea de que era, era algo muy parecido a una diligencia, solo que esta no era tan grande y era sin techo. Este vehículo tan presentable era conducido por Don Adolfo.

La volanta era jalada por unos hermosísimos caballos percherones. Como era de esperarse, Don Adolfo para todos estos menesteres de la charrería, tenía siempre dispuestos sus trajes de charro, porque era el que siempre iba al frente de todos los eventos. La confianza y respeto que se había ganado Don Adolfo era muy clara, cualquier clase opinión se la pedían a él, como experto en el tema.

Se escuchaban rodar canicas

En lo que hoy es Claustros, Cuautitlán Izcalli; había un chalé de japoneses de unos cuatro o cinco pisos, en algún momento vivió la familia Villegas Morín en el sótano, donde se escuchaban rodar las canicas. En ese sótano lleno de tierra y humedad, uno de los niños más pequeños, aseguraba ver un señor con un gran reloj, que siempre le pedía ir con él, a pesar de que todos estaban con el niño, nadie más podía verlo y llegaron a pensar, que posiblemente el pequeño decía mentiras.

Otro hecho extraño fue, que se escuchaban que bajaban cadenas de los escalones de madera, pero nunca se veía a la gente. Las hermanas Villegas Morín veían a “las japonesitas”, aunque ahí no vivía nadie más que ellas. A veces oían que alguna puerta se cerraba, pero resultaba que estaba abierta. Detalles como estos, les daban a veces miedo y a veces no, porque ya se habían acostumbrado.

Regresando en paso acelerado a nuestra narrativa sobre la hacienda, una de las hermanas Villegas, nos cuenta que llegó a ver al “muerto” caminar unos 10 metros, cuando era niña. Este ser, se parecía mucho a su papá, llevaba una chamarra de cuero y un pantalón de pana, su sombrero y botines, entre los pasillos de la hacienda lo vieron caminar por mucho rato. Don Adolfo no estaba porque se había ido a revisar la hacienda.

Entonces pues, había unos baños en una esquina, este espectro abrió una puerta que rechinaba mucho y se metió al baño. Como una de las niñas quería ir al baño, entonces se fue a la casa donde estaba su mamá y resulta que su papá nunca estuvo en esos baños. Y la comadre que acompañaba a una de las hermanas Villegas, al darse cuenta de esta situación si gritó del mero susto, aseverando que, en todo momento, a quien vieron fue a Don Adolfo y no al espectro que estuvo en esos baños.

Uno de los veladores de una parte de la hacienda, aseguraba ver a altas horas de la noche, en el filo de la hacienda a Chofo, así era como le decían a Don Adolfo. Esa figura no era otro más que “El muerto”, nunca supieron quien fue en otra vida esa alma en pena. Cuando este ser andaba en alguna andada, se escuchaba el tacón en su andar y este hacía un eco de pesadilla sobre el cemento. Ni porque estuvieran los faroles, “El muerto” en aquella ocasión se dejó ver y desapareció dejando la puerta abierta.

En una de las piletas se iba a bañar la Llorona

Por donde está la puerta del Soriana de San Miguel, ahí era la puerta de entrada para la hacienda, hacia el estacionamiento el estacionamiento estaba el patio y la casa de la familia Villegas Morín. Se dice que, en unas piletas de la hacienda, donde el ganado tomaba agua, se iba a bañar la Llorona. Todo el mundo la escuchaba, pero ya era algo muy normal escucharla, ese quejido dolido sin ninguna palabra y sin ningún grito. Sólo se escuchaba, como iba desapareciendo poco a poco.

En la zona boscosa de las viviendas de los trabajadores, se escucharon muchos casos de apariciones de brujas, entre ellos el caso de una familia, donde uno de estos seres maléficos, les chupó a una niña. Cuando los señores despertaron, la niña ya estaba afuera con una mordida en el cuello, entonces se la quitaron a la bruja, pero a lo que nos cuentan las hermanas, ya no supieron, si sobrevivió o no la pequeña.

Apresaron a una bruja

Por otra parte, en la hoy Escuela de Claustros, donde se encontraban los corrales de las vacas, se dice que ahí apresaron a una bruja, que se chupaba a las vacas con un hambre voraz. Los niños y los animales no fueron las únicas víctimas de las brujas, también lo fueron ciertos adultos. Un despistado trabajador de la ex hacienda, en tono de burla llamaba a la bruja, a que le chupara la retaguardia y a los pocos días, falleció de una infección que se le fue al pie, dada la mordida del extraño ser.

No podemos olvidar, el horror inimaginable de la cantina “El Infierno”. Esa cantina fue hecha con los huesos que desenterraron del jardín de la hacienda. Seguramente, esos huesos salieron de un panteón muy antiguo, con el que contó la ex hacienda, de una loma completa sacaron las cajas con las osamentas. A una señora se le parecía muy seguido, un coronel en su casa y asustaba a toda su familia.

Fuera de las leyendas, las hermanas Villegas Morín iban a la escuela primaria hasta el Pueblo de Axotlán, porque dentro de la Hacienda San Miguel no había escuela, no había escuelas secundarias en la zona. Las distancias entre los municipios de Cuautitlán y de Cuautitlán Izcalli se recorrían caminando. En las escuelas el respeto era la base de todo, lo que sí, Don Adolfo Villegas les hacía hincapié a sus hijas, era en que tenían que ir a la escuela muy limpiecitas.

Lo que quedan son solo recuerdos

Todas las hermanas aprendieron a hacer tortillas, a su vez hacían algunas labores de mantenimiento en la hacienda y además sus tareas escolares. Curiosamente, el mayor castigo de una de las hermanas era no ir a la escuela, sus calificaciones eran excelentes. Un peso les daba su papá para gastar en la escuela, a las tres hermanas y el dinero lo gastaban en dulces. La exigencia principal de los maestros de ese entonces eran las tablas de multiplicar, para poder salir de la escuela.

Las hermanas Villegas Morin se quedaron a vivir en la hacienda hasta por los veinte años, una de ellas después de casarse fue, cuando abandonó el lugar de su infancia, Don Adolfo Villegas trabajó otros cinco años adicionales a ese tiempo. Con arriba de sesenta años, para las hermanas vivir en la Hacienda de San Miguel fue la mayor de sus dichas. Lo que quedan son los recuerdos en diversas fotografías, que atesoran vivazmente.

Karina Cervantes Cazares, cronista de Tepotzotlán por la AMECRON

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