Desde pequeña me han gustado las historias de piratas. Fue justamente en la secundaria, cuando a mi imaginación se sumaron las historias de las rutas mercantiles de la Nao de China, y entonces empecé a pensar a México como un país que entre sus puertos susurra historias de corsarios, piratas y filibusteros.
Sobre estas categorías he de decir, que hasta hace muy poco, para mí, todas estas figuras de mar, eran piratas. Es hasta ahora que sé que los corsarios tenían permisos de las coronas “patente de corso” para atracar naves enemigas y con ello redituar parte de la ganancia a las arcas coloniales; por lo tanto tenían formas y reglas de organización más elaboradas.
Los bucaneros eran colonos procedentes de diferentes países de la vieja Europa, en su mayor parte de Francia e Inglaterra, y que a principios del siglo XVII decidieron asentarse en la parte noroeste de la isla de La Española. Su principal actividad y sustento era la caza y el ahumado de la carne en una parrilla en la que quemaban maderas húmedas o verdes y conocida como bucán; la cual vendían como víveres para las tripulaciones.
Aunque en un principio no tuvieron mayores conflictos con sus vecinos, los bucaneros fueron expulsados por los españoles, viéndose obligados a huir a Isla Tortuga (efectivamente la que hemos visto en la película de Disney “Los Piratas del Caribe”), donde cambiaron su actividad comercial directamente por la piratería.
Con el tiempo pasaron a formar parte del grupo de filibusteros, caracterizados por realizar sus saqueos en pequeñas y veloces naves. Finalmente, los piratas atacaban cualquier barco o asentamiento que les representara una oportunidad y no obedecían reglas o límites de ninguna corona.
Hecha esta aclaración categórica, regresamos a México como escenario de los asedios de estos grupos disidentes de los mares; que más muestra de ello que la historia de la bellísima ciudad amurallada de Campeche. En ella pude vivir algunos días del verano pasado y disfrutar de la referencialidad de su historia a modo de escenario.
Pocas cosas recuerdo haber disfrutado tanto, como recorrer sus baluartes e imaginar a los vigías que a la distancia buscaban no toparse con naves enemigas; caminar sus calles amarillas rodeadas por la muralla que protegió a su población de los recurrentes asedios que la diezmaban e incluso descubrir los pasadizos secretos que al interior de las casas se ubicaban, como desesperada medida para salir con vida en caso de emergencia; todo esto a partir de las historias que un grupo de jóvenes locales te narran tomando como base fuentes documentadas y la propia experiencia situada en su ciudad.
La historia de los piratas en Campeche es fascinante y llena de acontecimientos. A lo largo de los siglos XVI y XVII, la ciudad de Campeche era un importante puerto comercial y pesquero en la península de Yucatán, lo que la convirtió en un blanco atractivo para quienes merodeaban por el Caribe en busca de botines y tesoros como el oro, la plata y el algodón; de ahí que famosos piratas como Morgan (y su asedio de más de tres días), Drake y Laurens de Graaf la hayan atacado.
La ubicación estratégica del Puerto de Veracruz, lo colocó como otro objetivo de los intereses piratas. El primer ataque documentado ocurrió el 16 de septiembre de 1568, cuando el inglés Sir John Hawkins llegó con veleros ingleses detonando el enfado de la flota española, culminando con la épica batalla de San Juan de Ulúa.
Sin embargo, el episodio más devastador ocurrió el 17 de mayo de 1683, cuando el pirata holandés Laurens de Graaf, conocido como Lorencillo, lideró una flota de 11 barcos y mil 500 hombres, sitiando la ciudad y tomando como rehenes a todos los habitantes, sometiéndolos a crueldad extrema durante varios días. El saqueo dejó más de 400 muertos y un gran botín, evidenciando la vulnerabilidad del puerto ante ataques de esta magnitud.
Tras estos ataques, se inició la construcción del fuerte de San Juan de Ulúa, diseñado con cuatro torres fortificadas de cinco lados unidas por murallas, convirtiéndose en una de las más sólidas defensas de las posesiones españolas en América. Además, se construyeron otras fortalezas en la región, como la de San Carlos en Perote y la de San Diego en Acapulco, para proteger los puertos estratégicos de la Nueva España. San Juan de Ulúa alberga entre sus muros numerosas historias, entre ellas, la de la famosa Mulata de Córdova huyendo de la Inquisición en el navío que tuvo a bien pintar en su celda.
Este verano los vientos de los mares, me llevaron a las historias de piratas en Los Cabos; ahí los sudcalifornianos cuentan las aventuras que en el Océano Pacífico y del Mar de Cortés navegaron una gran cantidad de piratas, dedicados a robar a otros barcos y esconder los tesoros en costas de Los Cabos.
Entre estas historias de piratas destaca la del temido Capitán Tormenta, quien era respetado por su fama de sanguinario. Se dice que este pirata poseía muchas riquezas que obtuvo de un sinnúmero de saqueos, y que por seguridad decidió esconder sus tesoros en una cueva ubicada en la unión del Océano Pacífico y el Golfo de California, donde actualmente se encuentra la Cueva del Pirata, muy próxima al emblemático Arco de Los Cabos.
La cueva fue el escondite de todas las piedras preciosas, joyas, perlas, oro y plata que poseía el Capitán Tormenta; por ello se dice que dio la orden de cerrar la cueva y lanzar una maldición que caería en quien tuviera el valor de entrar por su tesoro… He de aclarar que yo solo la vi de lejos y en lancha, para no arriesgar.
El cierre de esta columna, versa sobre una recomendación; ya que mucho se conoce sobre las historias de piratas, filibusteros, corsarios y bucaneros; en masculino…. Entonces dejo aquí la invitación a leer las historias de las mujeres piratas, quienes, en los márgenes de la sociedad, adoptaron una postura en contra de las expectativas del orden de lo doméstico y se lanzaron a la conquista de los mares.
El libro es de la autoría de Laura Sook Duncombe y se llama “Mujeres piratas, las princesas, prostitutas y corsarias que gobernaron los siete mares”; gran opción para dedicarse a la lectura, estas tardes de verano.
Aunque en un principio no tuvieron mayores conflictos con sus vecinos, los bucaneros fueron expulsados por los españoles, viéndose obligados a huir a Isla Tortuga.
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