“Proteger a las audiencias exige una estrategia digital capaz de anticipar riesgos y neutralizar narrativas delictivas”
La delincuencia organizada no solo necesita territorios para imponer su presencia: ahora reclama narrativas. Y las redes sociales se han convertido en uno de los espacios más disputados de nuestra época.
Durante años, la sociedad observó a los grupos del crimen organizado como estructuras clandestinas que operaban en la oscuridad. Hoy, una parte de su poder se proyecta en espacios completamente visibles: fotografías, videos, música, vehículos, viajes, joyas, fiestas y estilos de vida difundidos diariamente a millones de usuarios. En ese escenario aparece una figura particularmente poderosa: el influencer.
Conviene hacer una precisión indispensable: ser influencer no significa tener vínculos con el crimen organizado. La enorme mayoría de quienes generan contenido lo hacen legítimamente. El problema surge cuando determinados perfiles se convierten en instrumentos de promoción, legitimación o normalización de conductas asociadas con organizaciones criminales.
La raíz sociológica del fenómeno es profunda. En sociedades donde amplios sectores perciben que el éxito económico, el reconocimiento y el acceso al poder son difíciles de alcanzar por las vías tradicionales, las redes sociales pueden modificar radicalmente la percepción de lo que significa “triunfar”.
El algoritmo premia la atención; la atención produce seguidores; los seguidores generan influencia. Y cuando la ostentación aparece sin contexto, puede proyectar la percepción de la riqueza ilícita como un modelo aspiracional. En ese punto entra en juego un elemento central: la normalización.
Cuando un joven observa repetidamente personas que exhiben dinero, armas, automóviles de lujo o una vida aparentemente sin consecuencias, la exposición constante puede disminuir la percepción del riesgo y aumentar la aceptación social de aquello que antes se consideraba inadmisible.
No se trata simplemente de propaganda criminal; se trata de la construcción de una narrativa cultural que el crimen organizado entiende perfectamente y utiliza como herramienta de poder.
La violencia puede generar miedo, pero la espectacularización del poder puede generar admiración. Y la admiración, especialmente entre públicos jóvenes, puede convertirse en una herramienta de reclutamiento, identidad y pertenencia.
Las plataformas digitales no originaron este fenómeno; amplificaron su alcance y aceleraron el impacto
La desigualdad, la falta de oportunidades, la crisis de referentes comunitarios, la fragmentación familiar, la pérdida de confianza en algunas instituciones y la búsqueda de reconocimiento social constituyen un terreno fértil para que determinados discursos prosperen. El teléfono celular solamente se convirtió en el vehículo de transmisión.
Por eso, la respuesta no puede limitarse a perseguir cuentas o censurar contenidos. La seguridad pública debe incorporar una verdadera estrategia de prevención digital, capaz de identificar patrones de reclutamiento, propaganda y legitimación criminal, respetando al mismo tiempo la libertad de expresión y los derechos fundamentales.
También resulta indispensable fortalecer la alfabetización digital. Un adolescente debe aprender a distinguir entre éxito y ostentación, entre influencia y liderazgo, entre popularidad y legitimidad.
El Estado, las plataformas digitales, las escuelas, las familias y los propios creadores de contenido tienen responsabilidades distintas, pero complementarias.
La batalla contra el crimen organizado también se libra en el terreno de las percepciones. Si el delincuente logra convertir su riqueza ilícita en símbolo de éxito, habrá ganado una batalla cultural incluso antes de cometer el siguiente delito.
El desafío consiste en recuperar el valor social del esfuerzo, la legalidad y la movilidad basada en oportunidades reales. Porque cuando una sociedad deja de admirar al que construye dentro de la ley y comienza a admirar al que exhibe lo obtenido fuera de ella, el problema ya no es solamente policial.
En conclusión, se debe disputar también el territorio digital. Porque si el Estado llega tarde a esa batalla, alguien más estará construyendo desde una pantalla el imaginario de las próximas generaciones.
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