La ira también vota. Se expresa en las calles, se multiplica en las redes sociales y encuentra en las urnas una vía para castigar a los gobiernos y a las élites que una parte de la sociedad considera responsables de sus frustraciones.
Pero el enojo, cuando se convierte en el principal combustible de la política, puede abrir la puerta a nuevos liderazgos que prometen cambiarlo todo y terminan debilitando las instituciones que sostienen la democracia.
Ésa es la preocupación que recorre La era de la ira, libro de Agustín Basave publicado por el sello Debate, en el que el escritor, politólogo y exdirigente partidista examina el declive de la socialdemocracia, las consecuencias del neoliberalismo y el crecimiento de los movimientos populistas en México y Estados Unidos.
En entrevista, el autor sostiene que el malestar contemporáneo no surgió de la nada. “Detrás de la inconformidad hay una combinación de desigualdad, concentración de la riqueza y mayor acceso a la información, factores que permiten a millones de personas conocer las diferencias entre quienes acumulan poder y quienes sienten que sus demandas no encuentran respuesta.
“Es una reflexión sobre el populismo que se monta efectivamente en el enojo social, lo atiza, polariza y, en fin, cómo eso pone en riesgo a la democracia”, explica Basave al resumir el argumento central de su obra.
El libro recupera y amplía una investigación que el autor había publicado en 2015 bajo el título La cuarta socialdemocracia. En esta nueva edición, revisa el recorrido histórico de esa corriente política, desde sus orígenes europeos y la construcción del Estado de bienestar hasta su debilitamiento frente al avance del neoliberalismo. A ese recorrido suma dos capítulos: uno dedicado al populismo mexicano y otro al fenómeno encabezado por Donald Trump en Estados Unidos.
“El resultado es un ensayo que busca relacionar procesos históricos con los acontecimientos del presente y plantear una pregunta de fondo: ¿qué sucede cuando la indignación ciudadana deja de ser una llamada de atención para convertirse en el principio que organiza la vida política?”, expresa.
La desigualdad como combustible
Para Basave, una de las claves para entender el momento actual está en las consecuencias contradictorias de la globalización. Por un lado, el conocimiento y la información llegaron a sectores cada vez más amplios de la población; por otro, la riqueza se concentró en grupos reducidos.
“Yo digo que es la mezcla de dos productos de la globalización: uno bueno, que es la redistribución del saber, el conocimiento, y otro malo, que es la concentración de la riqueza”, señala.
La combinación, explica, produce una sociedad más consciente de sus desigualdades y, por tanto, más dispuesta a cuestionarlas. Quienes tienen menos recursos pueden conocer las condiciones de vida de los sectores privilegiados, identificar las fallas del sistema y expresar su inconformidad.
“Los muchos que tienen poco ven y saben lo suficiente para indignarse y protestar contra los pocos que tienen mucho”, plantea.
El enojo, sin embargo, no es una novedad histórica. El autor recuerda que las rebeliones populares han acompañado distintos momentos de transformación política, desde la Revolución francesa hasta los levantamientos europeos de 1848. La diferencia está en las condiciones actuales y en la manera en que determinados liderazgos canalizan el descontento.
“La indignación puede impulsar exigencias legítimas de justicia, pero también convertirse en una herramienta para dividir a la sociedad entre adversarios irreconciliables. En esa operación el populismo encuentra terreno fértil: identifica culpables, ofrece respuestas sencillas a problemas complejos y presenta la confrontación como una vía para recuperar el poder ciudadano”, advierte Basave.
De la justicia social al desencanto
La primera parte del libro reconstruye la historia de la socialdemocracia, una corriente que buscó conciliar las libertades individuales con la justicia social y que tuvo una expresión decisiva en la construcción del Estado de bienestar europeo durante la segunda mitad del siglo XX.
Basave recuerda que uno de sus antecedentes intelectuales fue Eduard Bernstein, quien cuestionó la idea de que el socialismo sólo podía alcanzarse mediante una revolución. En su planteamiento, la transformación social también podía avanzar por la vía democrática y mediante el voto universal.
“Ese intento de fusionar izquierda y derecha, digamos, o libertades individuales, justicia social. Eso fue la socialdemocracia, eso sigue siendo la socialdemocracia”, afirma.
“El proyecto, no obstante, perdió fuerza cuando sectores de la izquierda moderaron sus planteamientos y se acercaron a las políticas económicas neoliberales. A juicio del autor, ese desplazamiento dejó sin respuesta a grupos que esperaban una mayor protección social y que comenzaron a desconfiar de los partidos tradicionales”, comenta.
Añadió que el vacío de representación se convirtió así en una oportunidad para movimientos que prometen recuperar el control de la política en nombre de la gente común. El problema aparece cuando esa reivindicación se transforma en una división permanente entre un pueblo supuestamente homogéneo y unas élites presentadas como responsables de todos los males.
Basave considera que la respuesta no consiste en idealizar el pasado ni en negar las razones del descontento. Se trata, más bien, de comprender por qué sectores de la población dejaron de confiar en las instituciones y cómo esa pérdida de confianza puede desembocar en nuevas formas de concentración del poder.
México y EU: expresiones del populismo
En la segunda parte de La era de la ira, el autor examina el populismo mexicano asociado con Andrés Manuel López Obrador y el movimiento de la llamada Cuarta Transformación, así como el ascenso de Donald Trump en Estados Unidos.
Aunque ambos procesos responden a contextos nacionales diferentes, Basave encuentra un punto de contacto en el uso político del malestar social y en la confrontación con los grupos identificados como adversarios.
Durante la conversación, el politólogo considera que la expansión de las derechas populistas en distintas regiones también debe entenderse como parte de un movimiento pendular.
“En algunos países el descontento con gobiernos de izquierda ha favorecido opciones de derecha que recurren a mecanismos similares de polarización. Estamos pasando del extremo de la izquierda populista al extremo de la derecha populista en muchos casos”, advierte.
A su juicio, las alternativas democráticas de izquierda, derecha y centro pierden visibilidad cuando la discusión pública se organiza alrededor de antagonismos y descalificaciones.
En ese escenario, las posiciones moderadas pueden ser interpretadas como tibieza, mientras que las propuestas más contundentes ganan terreno por su capacidad para conectar con la frustración.
El autor también cuestiona la falta de claridad ideológica de algunos partidos. Considera que las alianzas electorales y la incorporación de candidatos cuyas posiciones no corresponden con los principios declarados por una organización pueden confundir a los ciudadanos.
“Me gustaría que hubiera un poco más de rigor conceptual a la hora de elaborar los documentos básicos de los partidos”, señala.
No se opone, aclara, a los acuerdos entre fuerzas políticas. “Yo soy un aliancista. Yo creo en las alianzas coyunturales”, dice. Su objeción se dirige a las contradicciones que aparecen cuando las coaliciones dejan en segundo plano las diferencias programáticas y presentan candidaturas que no corresponden con la identidad que cada partido asegura defender.
Más allá del diagnóstico político, Basave concibe su ensayo como una herramienta para comprender la historia de las ideas y los cambios que atraviesan las democracias contemporáneas.
Durante la entrevista, al plantearle la posibilidad de que la obra funcione como una guía para estudiantes interesados en la política y la historia, el autor reconoce que ésa es una de sus aspiraciones.
“Yo concibo el libro como un potencial libro de texto para universidades”, responde.
Menciona las carreras de Ciencia Política, Relaciones Internacionales, Derecho y Sociología como campos en los que la obra podría abrir discusiones sobre la evolución de las ideologías, el papel de los partidos y la relación entre desigualdad, representación política y democracia.
La propuesta resulta pertinente ante la confusión que rodea conceptos como liberalismo, socialismo, neoliberalismo y populismo. Aunque suelen aparecer en el debate público como etiquetas intercambiables, cada término responde a tradiciones y planteamientos distintos.
Para Basave, recuperar su significado ayuda a examinar con mayor rigor las propuestas de los partidos y las decisiones de sus dirigentes.
“También implica reconocer que la política no debería reducirse a una competencia entre figuras que concentran la atención pública. Su desprestigio ha contribuido a que la participación en los asuntos colectivos sea vista con desconfianza, incluso cuando resulta indispensable para el funcionamiento de una sociedad democrática”, subraya.
Al recordar el lugar que tuvo la actividad política en la Atenas clásica, el autor resalta el contraste con la percepción actual. La política, sostiene, puede ser una actividad de servicio público, aunque su reputación se haya deteriorado por las prácticas de quienes la ejercen.
Recuperar la razón sin ignorar el enojo
El título del libro resume el diagnóstico, pero también plantea un desafío. Si el enojo nace de problemas reales, ignorarlo o descalificar a quienes lo expresan no resolverá las causas de la inconformidad.
“La tarea consiste en evitar que ese malestar sea utilizado para justificar la intolerancia, la simplificación del debate o el debilitamiento de los contrapesos institucionales.
“La salida exige recuperar el vínculo entre libertad individual y justicia social, dos principios complementarios y no necesariamente enfrentados. Esa búsqueda supone repensar las instituciones y fortalecer una democracia capaz de responder a las demandas ciudadanas sin sacrificar el pluralismo”.
La era de la ira no se limita, por tanto, a describir una época de polarización. Su propósito es invitar a examinar las condiciones que la hicieron posible y las consecuencias de permitir que el resentimiento sustituya a la deliberación.
Al terminar la entrevista, la conversación vuelve a la responsabilidad de los ciudadanos cuando acuden a las urnas. El enojo puede ser una señal de que algo necesita cambiar, pero no garantiza que cualquier cambio conduzca a una sociedad más justa.
Basave coincide en que la democracia requiere reflexión y participación. En una época en la que las consignas suelen imponerse sobre los argumentos, su libro propone detenerse, revisar la historia y distinguir entre las promesas de transformación y las consecuencias de entregar demasiado poder a quienes aseguran hablar en nombre de todos.
La pregunta que deja abierta no es si existe descontento, sino qué hacer con él: convertirlo en una exigencia de mejores instituciones o permitir que la ira siga trazando las fronteras entre ciudadanos que, pese a sus diferencias, comparten el mismo espacio democrático.
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