La noche en que los vivos velan a sus muertos de Toluca

La noche en que los vivos velan a sus muertos de Toluca. Foto: Especial

La noche en que los vivos velan a sus muertos de Toluca

En cuatro comunidades de Toluca, las familias permanecen durante la noche en los panteones para recordar a sus difuntos y transmitir una tradición entre generaciones.

Redacción
Noviembre 1, 2026

El frío de noviembre llega a Toluca acompañado de mañanas cubiertas de neblina, tardes que oscurecen temprano y el aroma del copal que comienza a mezclarse con el amarillo del cempasúchil. En las viviendas se preparan los altares, se desempolvan las fotografías y se reúnen los alimentos que formaron parte de la vida de quienes ya no están.

Sin embargo, en algunos pueblos del municipio la celebración va más allá de colocar ofrendas y visitar los cementerios durante el día. Cuando llega la noche del primero de noviembre, las familias toman el camino hacia los panteones. Llevan cobijas, chamarras, veladoras y alimentos, pero, sobre todo, tiempo para permanecer junto a las tumbas de sus padres, abuelos, hermanos y otros familiares.

La intención no es realizar una visita breve. Se acomodan alrededor de las sepulturas, encienden las velas, colocan flores, rezan y conversan. Los niños acompañan a los adultos y escuchan historias de personas a quienes quizá nunca conocieron.

La oscuridad avanza, pero el panteón no queda vacío. Las pequeñas llamas iluminan las cruces y fotografías, mientras el silencio habitual se transforma con las oraciones y las conversaciones. El frío obliga a acomodarse las cobijas, pero las familias permanecen.

Cuatro pueblos conservan la velación nocturna familiar

En octubre de 2025, el Ayuntamiento de Toluca identificó a Santa Ana Tlapaltitlán, San Lorenzo Tepaltitlán, Santiago Miltepec y Cacalomacán como las comunidades donde está especialmente arraigada la tradición de velar a los difuntos durante la noche del primero de noviembre.

La práctica reúne a familias completas, desde adultos mayores hasta niños, que acuden con cobijas, chamarras y gabanes para rezar, cantar y recordar a sus seres queridos.

En Santa Ana Tlapaltitlán, el panteón de La Soledad, ubicado en el corazón de la comunidad, concentra parte de las historias familiares que han acompañado el crecimiento de la localidad. Alrededor de sus tumbas descansan varias generaciones de habitantes que conocieron el pueblo antes de que las calles, las viviendas y los comercios transformaran su entorno.

Durante los días previos a la celebración, las familias limpian las sepulturas, acomodan las cruces y colocan arreglos de cempasúchil, nube y otras flores. Algunas también llevan fotografías para acompañar los nombres escritos en las lápidas.

Cuando llega la noche, el cementerio adquiere otra dimensión. Hay quienes rezan el rosario, otros conversan y algunos permanecen sentados frente a las tumbas. La diferencia entre una visita habitual y la velación está en el tiempo: no hay prisa por marcharse.

Las conversaciones recuperan detalles de la vida cotidiana de los difuntos. Alguien recuerda cómo preparaba el café su madre, otro menciona la comida que acostumbraba cocinar su abuelo o alguna frase que todavía se repite en las reuniones familiares.

En San Lorenzo Tepaltitlán, la velación también permite reunir a quienes durante el año tienen trabajos, responsabilidades y horarios distintos. Algunos viven en otros lugares, pero regresan para acompañar a sus familiares fallecidos. Quienes alguna vez acudieron como niños, acompañados de sus padres, pueden volver años después con sus propios hijos.

Los recuerdos familiares sobreviven mediante las tradiciones

En Santiago Miltepec y Cacalomacán, las familias mantienen esta forma de convivencia alrededor de las tumbas. Los pasillos de los panteones reciben a quienes llevan flores, fotografías y veladoras; las oraciones se mezclan con las conversaciones y los recuerdos.

Cada familia organiza su espacio de acuerdo con sus posibilidades y costumbres. Algunas llevan alimentos, otras permanecen en oración y algunas aprovechan las horas para conversar. Lo que comparten es la decisión de quedarse.

El cementerio también funciona como un espacio de memoria comunitaria. Los nombres de las lápidas permiten reconocer parentescos e historias que se remontan a varias generaciones. Cuando los adultos explican a los niños quiénes descansan en determinada tumba, transmiten una parte de la historia familiar.

Pero el calendario de las tradiciones de Toluca no comienza en noviembre. En San Cristóbal Huichochitlán, San Pablo Autopan y San Andrés Cuexcontitlán, las familias conmemoran el 28 y 29 de septiembre a los llamados muertos chiquitos, celebración vinculada con San Miguel Arcángel.

Durante esas fechas limpian y adornan las tumbas de niñas y niños fallecidos. El cempasúchil vuelve a ocupar un lugar central y, en algunas viviendas, los pétalos forman caminos desde las entradas hasta los altares, como una manera simbólica de recibir a las almas.

En San Cristóbal Huichochitlán, la gastronomía también forma parte de las prácticas funerarias. Entre las preparaciones tradicionales se encuentran el caldo de haba, conocido como T’axikju, los tamales de haba, los tamales agrios y la carne seca de res con col.

Los alimentos se comparten después de los rezos y permiten atender a quienes llegan para acompañar a una familia. También recuperan los gustos de quienes han muerto: una receta, el aroma de determinado guiso o la manera en que acostumbraban preparar las tortillas se convierten en recuerdos que pasan de una generación a otra.

El amanecer termina la espera, permanece viva la memoria

La velación requiere organizar las tareas familiares: limpiar las tumbas, conseguir las flores, preparar los alimentos y decidir quién acompañará a los adultos mayores. Cuando cae la noche, cada elemento ocupa su lugar. Las fotografías permiten reconocer los rostros, las velas iluminan las sepulturas y las oraciones acompañan la reunión.

Conforme avanzan las horas, el frío se hace más intenso. Las cobijas y las chamarras ayudan a sobrellevar la espera, mientras las familias comparten historias y permanecen cerca de quienes forman parte de su pasado.

Poco a poco, la oscuridad comienza a desaparecer. Algunas veladoras se consumen, otras continúan encendidas y las flores permanecen sobre las tumbas. Los familiares recogen sus pertenencias, doblan las cobijas y guardan los recipientes vacíos. Hay quienes se despiden con una última oración antes de emprender el regreso.

El amanecer concluye la velación, pero no el recuerdo. Los vivos vuelven a sus casas y actividades cotidianas; los nombres de sus padres, abuelos y hermanos permanecen en las lápidas y en las historias que seguirán contando.

En estos pueblos de Toluca, la muerte no consigue separar por completo a las familias. Durante una noche, varias generaciones comparten el frío de noviembre y permanecen alrededor de una tumba. No acuden solamente a dejar flores: regresan para conversar, rezar y mantener viva la memoria de quienes ya no están.

Información de Magdalena Rojas

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