La poesía de amar sin miedo después del tiempo

La poesía de amar sin miedo después del tiempo. Foto: Especial

La poesía de amar sin miedo después del tiempo

Patricia Camacho convierte la madurez, la memoria del cuerpo y el deseo en un canto luminoso a la plenitud afectiva.

Angélica Ruiz
Septiembre 13, 2026

…es miedo a la memoria de mi cuerpo que quiere abrir sus cortinas a tu flama humeante, estero a mi cercana orilla…”

Con la delicadeza de quien ha aprendido a escuchar los latidos del tiempo y con la valentía de quien se atreve a nombrar el deseo cuando la sociedad insiste en volverlo invisible, Patricia Camacho entrega en Bronce líquido uno de los libros más luminosos y honestos de su trayectoria poética. 

Se trata de un poemario que no canta al amor idealizado de las primeras juventudes, sino a ese otro amor que ha sobrevivido a las pérdidas, a los desencantos, a las cicatrices del cuerpo y a las derrotas del corazón.

Bronce líquido, celebración de la madurez afectiva

Publicado por Ediciones del Lirio, Bronce líquido es, en esencia, una celebración de la madurez afectiva. Aquí no hay promesas melodramáticas ni exaltaciones románticas de cartón. Lo que emerge en sus páginas es una voz que conoce el peso de los años y que, precisamente por ello, ha aprendido a distinguir entre la ilusión y la certeza.

En entrevista para La Jornada Estado de México, la autora reconoce que el origen de este libro se encuentra en un momento particularmente complejo de su vida. Venía de publicar Visiones y momentos, obra en la que abordó su experiencia con la esquizofrenia y las secuelas de un infarto cerebral. 

“Fue un golpe muy fuerte para mí escribir ese libro, muy liberador también y muy satisfactorio”, recuerda durante la conversación. Las limitaciones físicas impuestas por la enfermedad transformaron incluso su rutina creativa. Tanto ese volumen como Bronce líquido fueron escritos íntegramente desde un teléfono celular.

Fue entonces cuando el poeta y tallerista José Falcón la invitó a asumir un desafío inesperado: escribir sobre el amor.

“En la medida en la que iba escribiendo, me descubrí profundamente enamorada. Estoy enamorada de mí, de la vida, de la poesía, de mi trabajo, de los seres que me rodean. Estoy enamorada y entonces eso es un afianzamiento a la vida y a seguir adelante”. Esa afirmación encierra —quizá— la esencia del libro. 

En Bronce líquido el amor trasciende la estricta relación de pareja. Es una energía vital que abraza la amistad, la escritura, la memoria, la naturaleza y la propia existencia.

Camacho Quintos escribe desde una edad que la cultura occidental suele asociar con la renuncia. Sin embargo, sus poemas cuestionan frontalmente esa mirada. Lejos de proyectar una vejez resignada, construye una poética de la plenitud.

“Que no nos metan a la tumba antes de tiempo”, dice uno de sus poemas con una mezcla de ironía y convicción.

Para la autora, uno de los grandes prejuicios contemporáneos consiste en negar las necesidades afectivas de las personas mayores.

La sexualidad no muere hasta el final

“Existe la falsa idea de que el deseo desaparece con el paso de los años o que la vejez debe limitarse a la contemplación pasiva de los recuerdos”, asegura y Bronce líquido responde a esos lugares comunes con versos donde la sensualidad permanece viva y donde la ternura adquiere nuevas formas.

“La sexualidad no muere hasta el final. Nacemos siendo seres sexuados y morimos siendo seres sexuados. Hay deseo, hay pasión, pero se manifiesta de diferente manera”, afirma.

Tal vez por ello una de las imágenes más entrañables del libro sea la de aquellos “viejitos rebeldes” que aparecen en uno de los poemas. 

“Somos un par de viejitos rebeldes, pintados, amigos hasta la eternidad, acércate, dame un beso”, recita la poeta durante la charla. Son amantes, sí, pero también compañeros, cómplices y amigos. Un amor elegido, no impuesto por las convenciones.

“No es el amor idealizado ni es el amor socialmente bendecido. Es un amor electo, es un amor asumido y es un amor disfrutado”, explica.

En esa visión, la memoria ocupa un lugar central. El cuerpo envejecido no es una derrota, sino un archivo vivo de experiencias. Camacho recurre a una imagen poderosa para describirlo.

“La memoria la tenemos tatuada en el cuerpo. Nos enamoramos con todos esos tatuajes invisibles, esa memoria adherida a cada uno de nuestros poros”.

Por eso, los poemas de Bronce líquido están atravesados por una serenidad que no excluye la pasión. Al contrario, la intensifica. Se ama desde el conocimiento de la fragilidad y desde la certeza de que el tiempo es limitado.

“Ya no es el amor posesivo. Todo fluye, porque sabe uno que queda poco tiempo”, reflexiona.

Sobre la metáfora del título, la poeta sintetiza esa filosofía: “Cuando uno se enamora ya no es uno y el otro, ya hay un nosotros. Entonces ya no es cobre y estaño, es bronce. Pero el bronce me sonó muy fuerte. Entonces dije: es un bronce líquido que se acomoda a las circunstancias, que es dúctil, que corre con el tiempo”.

El poemario se convierte en algo más que un libro de amor. Es una defensa apasionada del derecho a seguir sintiendo. Un recordatorio de que la ternura, el deseo y la necesidad de compañía no tienen fecha de caducidad. También es una celebración de la vulnerabilidad como forma de valentía.

Por eso vale la pena asomarse por las páginas de Bronce líquido, donde los tiempos glorifican la juventud y vuelven invisible la experiencia, ahí, Patricia Camacho escribe un canto sereno y profundo a la posibilidad de amar sin miedo. 

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