Ver crecer a una persona, hacerse autónoma e independiente para caminar, hablar, moverse por sí misma nos acontece casi sin darnos cuenta. Más allá de fotos de la primera vez que camina, el primer mamá o papá que balbucea. Son hechos esperados en una persona en crecimiento que, con el tiempo, se vuelven anécdota.
Cuando una persona nace, en la mayoría de los casos, familia y comunidad nos reunimos a festejar su vida y acompañarla.
En cambio, ver envejecer a una persona, perdiendo su autonomía e independencia, puede resultar doloroso y solitario. A pesar de ser parte orgánica de nuestra existencia. Con ciertas dosis de negación al ver una vida extinguirse. Mucho más si padece alguna enfermedad que disminuye sus capacidades funcionales. Una persona adulta mayor saludable no tiene por qué postrarse ni perder sentido a su existencia.
Cuando una persona envejece enferma, depende de otras. Las demás volteamos a buscar quien se haga cargo de ella. Por lo general una mujer. En la mayoría de los casos, estas personas se vuelven invisibles. Se cuida en soledad. Porque nadie quiere ser sometido como aquella que cuida.
Según estudiosos del género, hombres y mujeres nos comportamos según nuestro sexo y eso impacta nuestros cuerpos (Connell, 1997). Los hombres fuertes no se cuidan, porque esa tarea está asignada a las débiles mujeres. Estas ideas y creencias son arbitrarias. Se han perpetuado a lo largo de la historia y los tiempos (Bourdieu, 2000).
El cuidado es visto como tarea femenina. Porque se expresa a través de la ternura, la protección, la delicadeza, la asistencia a otra persona. Como lo hace una madre con sus hijos. Pronto, ese infante crecerá y habrá aprendido a devaluar esas tareas y buscará renunciar a lo femenino.
Cuidar a otra persona es someterse a ella. Dejar de ser uno mismo para volverse aquella. Y eso convierte a quien cuida en menos que presa. La vuelve invisible. Cuántas personas soportan ver el deterioro de un cuerpo antes fuerte, productivo, dador de vida, irse consumiendo hasta morir.
Quien cuida habla con la persona cuidada. La anima. Pretende inyectarle energía. Aquella no responde. Quien cuida busca una sonrisa, una mirada que reconozca su labor. Pero se topa con una mirada inmersa en la melancolía de los años transcurridos, en la impronta de su finitud. En la amaurosis que la deprime. Esa depresión que fluye como rinorrea que drena un cerebro. Como amputación de piernas que postran una existencia.
La soledad de cuidar es proporcional al reproche familiar por hacer mal el trabajo asignado. Por tratar de recuperar espacios breves de individualidad. De esparcimiento. De descanso en “aparente” descuido de la tarea de cuidar.
La soledad de cuidar se alimenta de la incompatibilidad burocrática laboral, de la intransigente formación militar, de la indiferencia mundana por lo improductivo. Porque cuidar a una persona enferma es tarea invisible, sin remuneración, sin vacaciones. Sin esperanza de vida.
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