Jimena Valdés Figueroa

Jimena Valdés Figueroa

Margaret Atwood: la narrativa íntima del dolor y también de la esperanza

Voz propia

Margaret Atwood: la narrativa íntima del dolor y también de la esperanza

Jimena Valdés

Redacción
Agosto 8, 2026

Mi primer acercamiento a la obra de Margaret Atwood ocurrió en una librería canadiense. Durante una estancia de estudios en la Universidad de Queen’s, en Ontario; tuve la fortuna de encontrar El cuento de la criada en uno de los estantes.

La obra me conmovió de principio a fin: desde la portada, en la que se observan los labios de una mujer clausurados con un cerrojo, hasta la profundidad del dolor femenino que atraviesa toda su narrativa. Dolor, sufrimiento y control por el simple hecho de ser fértil y por el hecho de ser mujer.

A través de su pluma, Atwood nos sitúa en un escenario que parece postapocalíptico. Tras una guerra civil, parte de los Estados Unidos se reconfigura bajo la llamada República de Gilead, un régimen totalitario, ultraconservador y teocrático, donde el orden social se establece mediante una suerte de castas definidas por la cercanía o la distancia que cada individuo mantuvo respecto del grupo que encabezó el golpe de Estado.

A través de esta historia, la autora expone la crueldad de los regímenes de opresión que padecen las mujeres; muestra cómo la fertilidad puede convertirse en una cadena perpetua y cómo el patriarcado posee la capacidad de apropiarse de todos los ámbitos de la vida. En Gilead, las mujeres dejan de ser sujetos para convertirse en objetos al servicio de un sistema basado en el uso y abuso de sus cuerpos.

Sobre este mismo fenómeno escribió Carole Pateman en su ensayo El contrato sexual (1988), donde sostiene que en la base de las sociedades patriarcales siempre ha existido un pacto anterior al llamado contrato social, tradicionalmente concebido como el fundamento de las sociedades humanas. El verdadero pacto fundador, afirma Pateman, es el contrato sexual: un acuerdo no pacífico entre hombres para distribuirse el acceso al cuerpo femenino fértil.

Debo decir que, aunque Gilead es una metáfora, lo verdaderamente sorprendente es la forma en que esa ficción nos permite identificar mecanismos que aún hoy se imponen sobre los cuerpos de las mujeres. Estos mecanismos abarcan desde las posibilidades de acceso a los sistemas de salud sexual y reproductiva hasta los dispositivos discursivos y sociales mediante los cuales se aprueba o desaprueba la conducta femenina en torno a temas como la sexualidad, la maternidad y la crianza. También incluyen las condiciones estructurales que, por un lado, dificultan la conciliación entre la vida privada y el trabajo y, por otro, se muestran hoy preocupadas por la disminución de la natalidad y las futuras condiciones de dependencia que esta representa.

Nacida en 1939, me atrevo a afirmar que Atwood encarna el espíritu de muchas mujeres canadienses de su generación: mujeres que han observado la vida desde una mirada crítica, pero también desde la sensibilidad y el sentido de la interconexión. Según puede apreciarse en su biografía, fue hija de un zoólogo y una nutricionista, una herencia familiar que deja entrever en las múltiples metáforas relacionadas con la comida y el cuerpo, en la relevancia que concede a la alimentación, incluso desde sus dimensiones más orgánicas, y en los regímenes de vigilancia y cuidado que también se articulan a partir de la relación alimentaria.

La influencia paterna se advierte asimismo en su interés por los animales, especialmente por las aves, como puede observarse en su más reciente poemario, Sinceramente, donde evoca tanto su vitalidad como la esperanza de que el mundo encuentre mecanismos de sostenibilidad que garanticen su permanencia. Sinceramente es, de hecho, una obra profundamente íntima, en la que la autora se abre a la experiencia de la vida, la vejez y la pérdida, pero también a la esperanza que, como expresa en el poema “Pantuflas plateadas”, aún permanece en ella: “Ya no bailo, pero todavía llevo mis zapatos plateados… Estaré sola, sentada frente a una ausencia”.

A través de sus letras, Atwood ha mostrado al mundo cómo el género puede ampliar o limitar las posibilidades de acción de las personas. De ello ha dado cuenta desde publicaciones tempranas como La mujer comestible (1969), una novela que explora las dudas existenciales que no solo afectan a las mujeres, sino también a los hombres que descubren que aquello considerado socialmente deseable no siempre basta para alcanzar la plenitud. Asimismo, reflexiona sobre la manera en que la aceptación forzada de determinadas condiciones puede conducir, incluso, a la propia destrucción.

Sin embargo, más allá de la crudeza con que reconoce ciertos dolores, Atwood también nos revela un rostro profundamente humano. Uno que reconoce que, “si no hubiera vacío, no habría vida”; uno que entiende que incluso en las circunstancias más adversas persiste un remanente de esperanza, especialmente aquella que surge de la suma de las voluntades de quienes suelen ser considerados más débiles. En sus propias palabras: “Aun así, canta lo que puedas. Enciende la luz: sigue cantando”.

Me despido esta semana con el deseo de sembrar un nuevo jardín, uno que contrarreste la aridez en la que con frecuencia se configuran nuestras cotidianidades y que nos recuerde, a través de sus flores, hierbas y aromas, aquello que Atwood nos muestra: que incluso en los lugares más sombríos existe, si así lo deseamos, la posibilidad de construir umbrales de esperanza.

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