Las redes sociales explotan. Se alebrestan con todo. Un choque de autos, un asalto en vía pública, una foto de un artista, una declaración. Hoy son la gran ágora. Desde hace años X antes Twitter, Facebook, Instagram, entre otras plataformas, son una especie de teatro del desahogo. Un espacio en medio de la inmensa nada al que acudimos a gritar nuestras penas, ideas u opiniones.
Y hablamos de las redes sociales como quien habla de sí mismo en tercera persona. Sin embargo, esos medios no son autónomos. No son impersonales. Todo lo contrario. Son una extensión de nosotros.
A través de ellas podemos perfilar las características de una persona, de un grupo, inclusive de la sociedad. Un tuit es sinónimo de pensamiento y existencia. Un posteo en Facebook es casi una referencia laboral. A través de una publicación podemos elaborar los rasgos de alguien, sus ideas, intereses y prácticas de consumo.
En estos espacios las personas expresamos lo que queremos. Durante esta semana previa a la inauguración del mundial de futbol, en la capital mexicana hemos atestiguado un revuelo digital por las obras en la ciudad de México.
Ser sede de un evento internacional no es sencillo. Y quizás debimos anticipar las innumerables obras que se requerían en el país y en las tres ciudades en donde se llevarán a cabo partidos de futbol.
En medio del escándalo en las redes sociales surge una pregunta: cuántos de nosotros participamos en el seguimiento a cada una de las obras en el metro, en las avenidas, en las vías públicas. ¿A caso como ciudadanos no tenemos la facultad de exigir cuentas por ello?
Nos indignamos por los colores con que se pinta el balizamiento urbano. Solo hasta ese momento nos enteramos que existen normas para esos casos. Se remozan infraestructuras de transporte en la ciudad y en automático somos expertos en ingeniería, logística y ejecución de obras.
Desde luego podemos expresarnos. Es nuestro derecho. Sin embargo, opinar no es sinónimo de participación. La democracia deliberativa, como ejercicio de acción política e incidencia pública, requiere otros elementos para engrosar el debate de la función gubernamental, y contribuir a una rendición de cuentas más puntual.
Las redes sociales somos nosotros mismos. No son entes externos que vinieron a infiltrarse en nuestras vidas. Las hemos incrustados con nuestros clics, likes y RT´s en la mesa de comer, la cama de dormir, el baño, la plática familiar.
Por eso mismo las utilizamos para conocer a la onceava de guerreros ataviados con el escudo nacional y el lábaro patrio. Muchas ilusiones están depositadas en ellos. Nos representan, aunque no lo queramos, frente a millones de otras miradas en el mundo.
Y ahí mismo conocimos la reedición de una canción de más de 20 años. Nos guste o no la desigualdad de género persiste. Enhorabuena por aportar a la conversación digital elementos para hacerla visible. Enhoramala que no bastará una canción para erradicarla.
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