A los 50 años, la vida suele parecer una suma de episodios, recuerdos y pérdidas. Para Andrés Castuera-Micher, actor, director, dramaturgo y poeta, la llegada a ese umbral representa algo más profundo: la necesidad de dejar constancia. No como un ajuste de cuentas con el pasado ni como un ejercicio de nostalgia, sino como un acto de presencia.
De esa urgencia nace Renglones de Medio Siglo, un libro que convierte la memoria en territorio literario y que celebra, desde la palabra, las primeras cinco décadas de una existencia dedicada al arte, la reflexión y la resistencia.
Lejos de la complacencia que suele acompañar los aniversarios redondos, Castuera entrega un volumen construido a partir de 50 textos que dialogan con sus propias experiencias, pero que terminan trascendiéndolas.
Renglones de Medio Siglo
El libro se presenta como “el cuerpo de una memoria” que decide abandonar el terreno de lo abstracto para sentarse frente a la mesa cotidiana y narrar la historia de un hombre atravesado por la poesía, el teatro y las heridas del tiempo.
La publicación surge como una forma de celebración íntima. En entrevista con este medio, el autor explica que durante meses consideró realizar una antología de sus 17 libros anteriores. Sin embargo, entendió que los textos ya publicados pertenecían a otro momento de su vida.
Lo que necesitaba era algo distinto. “Decidí hacer esto, hacer un libro en el que yo me escribo a mí mismo”; la intención también fue “hacerme un autorregalo, un auto testimonio”, señala.
Ese carácter autobiográfico atraviesa todo el volumen. Sin embargo, Renglones de Medio Siglo no se limita a la confesión ni al ajuste emocional. La experiencia personal se vuelve materia literaria y encuentra su fuerza precisamente en la capacidad de mirar hacia atrás con honestidad.
El propio autor reconoce que el proceso de escritura fue complejo. “La primera palabra que yo le pondría a este libro (es que) fue muy doloroso”, confiesa. Revisitar ciertos episodios implicó reconocer caídas, fracturas y pérdidas que dejaron marca.
El dolor no ocupa el centro absoluto del relato
Pero el dolor no ocupa el centro absoluto del relato. Castuera lo resume con una imagen poderosa: “Aprendí a construir sobre escombros. Lo que he aprendido a hacer con los escombros son escaleras”. Esa frase parece contener el espíritu del libro: la convicción de que la fragilidad puede transformarse en impulso creativo.
Las páginas revelan a un autor que entiende la memoria individual como parte de una historia colectiva. Por eso aparecen figuras familiares, amigos, maestros y compañeros de ruta, pero también las madres buscadoras, los desaparecidos, las mujeres víctimas de violencia y diversas tragedias que han marcado al país.
Para Castuera, la identidad no puede construirse únicamente desde lo privado. “Mi vida se define más en lo colectivo que en lo individual”, afirma.
En consecuencia, los textos dedicados a Ayotzinapa, Gaza o las luchas sociales no funcionan como simples referencias externas, son parte de la misma biografía. El poeta establece un puente entre sus propias cicatrices y las heridas de una sociedad que se niega a olvidar.
Sus renglones pertenecen a esa familia de mensajes sin respuesta que, precisamente por no encontrarla, necesitan seguir siendo pronunciados.
El teatro ocupa otro de los grandes ejes del libro por ser, también, su más grande pasión. No podía ser de otra forma. El escenario aparece como una segunda columna vertebral.
En ese sentido, Andrés deja ver su preocupación persistente por el debilitamiento de los espacios teatrales independientes. “Estamos ante un panorama terrible para el teatro”, sostiene el dramaturgo, quien ve en la pérdida de públicos un síntoma de una crisis más profunda.
Una declaración de principios
Para él, cuando una sociedad deja de reunirse en espacios compartidos, pierde también la conciencia de la otredad. “Mientras más nos alejen de los otros, nos vamos a volver cada vez más egoístas, cada vez más ciegos”, advierte. Esa defensa de la presencia, del encuentro y del diálogo atraviesa tanto su trabajo escénico como sus páginas.
Más que una memoria personal, Renglones de Medio Siglo es, también, una declaración de principios. El propio autor lo define como “un manifiesto”. Un intento deliberado por dejar huella, por demostrar que detrás de las obras existió un ser humano que creyó en el poder transformador del arte.
En el fondo, estas páginas son la evidencia de una necedad luminosa: la de seguir escribiendo, seguir creando y seguir nombrando aquello que muchos prefieren callar. Renglones de medio siglo se puede adquirir a través del correo del autor: andrescastueramicher@hotmail.com.
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