En Sweet Acapulco. Crónicas y divagaciones del último paraíso en la tierra, Brenda Ríos vuelve al puerto donde nació para desmontar la postal del paraíso
Acapulco tiene muchas postales. Está el Acapulco de los atardeceres imposibles, los hoteles frente al mar, las celebridades, las películas, Luis Miguel, las noches de fiesta y aquellas imágenes televisivas que durante décadas vendieron la idea de un paraíso mexicano.
Pero existe otro Acapulco: el de quienes nacieron ahí, viven ahí, pagan servicios carísimos, padecen la falta de agua, observa cómo el turismo transforma su ciudad y conocen de cerca sus heridas.
Ese es el Acapulco que Brenda Ríos decidió contar.
En Sweet Acapulco. Crónicas y divagaciones del último paraíso en la tierra, publicado por Debate, la escritora regresa a su lugar de origen a través de una mezcla de memoria, crónica personal, reflexión y divagación.
“No intento construir una guía turística ni recuperar nostálgicamente el esplendor perdido. Mi apuesta consiste en mirar de frente el puerto que conocí desde niña y preguntarme para quién fue —o sigue siendo— ese supuesto paraíso.
“Es un libro que nunca planeaba hacer. Yo quería entrar en la mitología de mi lugar de origen”, confiesa Ríos durante la entrevista.
Su intención inicial era otra, sin embargo, comenzó a escribir textos sueltos hasta que descubrió que aquellos fragmentos habían comenzado a formar un libro.
El proyecto terminó convertido en una obra construida durante aproximadamente una década, a partir de sus viajes entre la Ciudad de México y Acapulco. Ríos nació y creció en la zona tradicional del puerto, en Caleta, un territorio que conoce lejos de los reflectores turísticos.
“Yo crecí en el puerto, nací y crecí en el puerto en la parte, en la zona tradicional de Acapulco, en la zona de Caleta, que es la más abandonada y la más deteriorada y la más pauperizada”, cuenta.
“Ahí comienza la distancia entre el Acapulco de la imaginación colectiva y el Acapulco de la experiencia cotidiana”.
Un libro entre dos ciudades
Sweet Acapulco también es una historia de desplazamientos. Durante años, Ríos mantuvo una relación constante con el puerto debido a la presencia de su madre. La casa familiar se convirtió en un punto de encuentro entre pasado y presente, entre la infancia y la adultez, entre la ciudad donde nació y aquella en la que desarrolló buena parte de su vida.
“Es un libro de varios viajes y de mi propio viaje, con un pie en dos ciudades. La venta de la casa familiar terminó por cerrar un ciclo. El episodio se incorporó al libro como epílogo y añadió otra dimensión a la obra: la despedida de un espacio físico que contenía buena parte de mi memoria”, explica.
Pero despedirse de una casa no significa despedirse de una ciudad. Mucho menos cuando esa ciudad forma parte de la identidad.
Ríos ha descubierto que esa sensación de pertenecer a dos lugares no es exclusiva. México, recuerda, también se construye a partir de la migración. Y ahí aparece una de las claves de su libro: el lector puede reconocer su propia relación con una ciudad que quizá no es la suya.
“Todo el mundo tiene un Acapulco”, afirma. La frase funciona como una especie de llave de entrada.
“Porque casi todos tenemos una fotografía mental del puerto, aunque cada quien conserve una distinta: la playa familiar, las vacaciones de Semana Santa, una canción, una película, una noche de fiesta o, simplemente, la memoria de haber visto Acapulco miles de veces en televisión”.
El paraíso que nunca fue para todos
La escritora no pretende destruir la mitología del puerto; quiere mostrar sus contradicciones.
El Acapulco de Sweet Acapulco es también el de las enormes unidades habitacionales, los trabajadores que viven cerca de las zonas hoteleras, los contrastes entre las áreas residenciales y las colonias populares, y una ciudad donde la belleza natural convive con la desigualdad.
“Es un libro que más que la idea del paraíso que no existe, ¿no? O sea, ya no existe, nunca existió en realidad. Desde mi perspectiva, el paraíso que la historia oficial y la industria turística construyeron nunca perteneció a todos. Pues es que nunca, o sea, no nos tocó ese paraíso”, afirma.
En la memoria de Ríos, sin embargo, sí aparecen destellos de aquel esplendor. Durante su infancia alcanzó a ver espectáculos, celebridades y acontecimientos deportivos que parecían confirmar la leyenda de Acapulco. Alejandra Guzmán, El Tri, Juan Gabriel, Julio Iglesias y otros nombres forman parte de esa memoria.
“Pero había una frontera invisible: la que separaba al espectador local del turista o de las élites que podían pagar la experiencia completa.
“Me tocó, así como el coletazo, así como ahí te van unas migajas”, recuerda con ironía.
La frase resume una experiencia profundamente mexicana: vivir al lado del espectáculo sin necesariamente tener acceso a él.
Semana Santa: entre el turismo y la supervivencia
Uno de los episodios más reveladores de la conversación aparece cuando Ríos recuerda las temporadas de Semana Santa. La llegada masiva de turistas transforma al puerto y también modifica los precios, las dinámicas de consumo y la convivencia entre visitantes y habitantes.
La escritora observa con humor esa relación extraña entre el turista y el negocio local.
“Siempre me da mucha risa porque dije: ‘Es que aquí nadie pierde’”, cuenta.
Después describe una suerte de “simbiosis” entre ambos: el turista intenta gastar lo menos posible, mientras los establecimientos aprovechan la temporada para aumentar los precios.
“Es como una relación ahí medio extraña de simbiosis entre lo peor del Acapulco y lo peor del turista”, dice.
El humor no elimina la crítica. Al contrario, la vuelve más incómoda. En el libro, la mirada de Ríos se mueve entre la anécdota y la reflexión para mostrar que el turismo también produce contradicciones: genera ingresos, pero puede encarecer la vida de quienes habitan el destino.
Otis: la herida que dejó al descubierto todo
La llegada del huracán Otis representa otro momento fundamental en la memoria reciente de Ríos.
“El desastre no sólo mostró la fuerza de un fenómeno natural. También dejó al descubierto la pobreza, la desigualdad, la falta de servicios y la impunidad.
“Tuve que regresar para hacerme cargo de mi casa, después de haber perdido a mi madre. El huracán había dejado el inmueble sin puertas ni ventanas y hasta se llevó el tinaco”.
Pero lo que encontró en el puerto fue todavía más perturbador.
“Todo estaba carísimo”, recuerda. “La tragedia también mostró las condiciones en que vive buena parte de la población que permanece fuera de la postal turística.
“Lo que destaca Otis es primero los niveles de pobreza en los que vive la población que tú como turista no ves, no te fijas”, afirma.
Para la escritora, el huracán funcionó como una especie de reflector brutal: iluminó aquello que durante años había permanecido detrás de los hoteles, los restaurantes y los condominios.
“Es tremendo el abandono del puerto”, sentencia.
Y en una de las frases más duras de la conversación, resume su diagnóstico con una imagen bíblica: “Es como si fuera Sodoma y Gomorra y Acapulco viviera un castigo del Antiguo Testamento”.
La ciudad detrás de la postal
Uno de los mayores intereses de Sweet Acapulco consiste precisamente en cuestionar la imagen de un Acapulco homogéneo. Para Ríos, existe una diferencia enorme entre visitar el puerto y vivir en él.
La frase podría parecer obvia, pero adquiere otra dimensión cuando se escucha desde alguien que nació allí. Y entonces aparece una expresión que podría funcionar como síntesis del libro
“Es el Acapulco que yo vivo. Es el Acapulco crudo. Acapulco real. Y de la cruda también”, explica
Ahí está el juego literario de Ríos: la ciudad puede ser dulce en la memoria, pero también puede dejar una resaca profunda cuando se observa sin filtros.
“El puerto de los hoteles y los famosos convive con el de quienes padecen servicios deficientes, salarios bajos, inseguridad y abandono. El paraíso, entonces, depende de quién lo mire y, sobre todo, de cuánto pueda pagar por él.
“Para mí, el paraíso es para quién puede pagarlo, para quién puede tener jardinero y para quién puede tener alberca”, reflexiona.
¿Y después de Acapulco?
La conversación termina mirando hacia el futuro. Ríos adelanta un nuevo libro de poesía y habla de una experiencia de escritura en Brasil que, paradójicamente, la llevó de regreso a Acapulco.
Encontró allí otro paisaje paradisíaco atravesado por pobreza, drogadicción y tráfico de drogas. La comparación volvió inevitable una pregunta que parece acompañar toda su escritura reciente: ¿para quién existe el paraíso?
Ríos también habla de su curiosidad por preguntar a las personas si están contentas con el lugar donde viven. Una actitud que relaciona con el trabajo de Cristina Pacheco.
“Y ahí aparece una paradoja fascinante: pese a todas las dificultades, los habitantes de esos lugares pueden sentirse profundamente vinculados a ellos. Lo mismo ocurre con Acapulco.
“Para mí Acapulco ya debió haber desaparecido”, dice Ríos cuando le preguntan si cree que el puerto tiene futuro.
Pero inmediatamente reconoce la contradicción: “La gente es muy feliz de vivir ahí”.
Quizá en esa contradicción se encuentra la verdadera esencia de Sweet Acapulco. No se trata de decidir si Acapulco es paraíso o infierno. Se trata de entender por qué una ciudad puede ser ambas cosas al mismo tiempo.
Brenda Ríos no escribe desde la distancia del turista que llega, toma fotografías y se marcha. Escribe desde la memoria de quien conoce el salitre, la casa familiar, las calles, la playa, los precios, los recuerdos y también las heridas.
Su Acapulco no cabe en una postal. Es más incómodo, más contradictorio y, precisamente por eso, más humano.
Porque detrás del Acapulco de la televisión, de las películas y de las canciones existe otro puerto. Uno que no desaparece cuando el turista toma el avión de regreso.
Uno que permanece. Y que, como la memoria, también tiene resaca.
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