Iba en la preparatoria cuando, como regalo de cumpleaños, le pedí a mi mamá El mundo de Sofía, de Jostein Gaarder. No recuerdo exactamente qué fue lo que llamó mi atención de ese libro. Quizá tuvo que ver con que por aquellos días cursaba la materia de Introducción a la Filosofía y estaba completamente fascinada con ella.
Leerlo me hizo muy feliz. Y hoy, cada vez que lo hojeo, vuelvo a sentir esa felicidad al encontrar la dedicatoria que mi mamá escribió en sus primeras páginas. Ella no había leído el libro, pero llevaba años leyendo mi corazón y sabía que aquel regalo me traería cosas buenas. También me recuerda algo que durante mucho tiempo di por sentado: a lo largo de mi vida nunca se me negó un libro. Y esa es una oportunidad a la que, lamentablemente, muchas personas no tienen acceso.
En El mundo de Sofía, Gaarder narra las aventuras de una joven que comienza a recibir misteriosas cartas de un filósofo anónimo. Más que ofrecer respuestas, aquellas cartas plantean preguntas cada vez más complejas: ¿Quién eres? ¿Es esta la única realidad? ¿Cuál es el origen del mundo? A través de ellas, Sofía descubre que filosofar consiste, ante todo, en aprender a mirar el mundo con nuevos ojos.
Uno de los aspectos que más recuerdo de la novela es la preocupación constante de Sofía por no sentirse suficientemente capaz para ser filósofa. Su maestro, sin embargo, le responde una y otra vez que la única condición indispensable es no perder la capacidad de asombro. Al releer la obra, regresan a mi memoria los múltiples experimentos mentales que el filósofo propone y que llevan a Sofía a cuestionar aquello que parecía evidente.
También vuelven los recuerdos de lo que esa lectura significó para mí. La filosofía abrió la posibilidad de experimentar el mundo de una manera más amplia y profunda. Me enseñó que las respuestas aparentemente obvias no siempre son las más interesantes y que, en ocasiones, una buena pregunta puede transformar por completo nuestra manera de entender la realidad.
Gaarder sostiene, a través de sus personajes, que uno de los riesgos de la vida adulta es perder esa capacidad de asombro que poseen las niñas y los niños. Ocurre cuando repetimos como verdades indiscutibles aquello que escuchamos con frecuencia y cuando dejamos de cuestionar lo que parece establecido. Quienes tenemos el privilegio de convivir con niñas y niños pequeños hemos sido testigos de ello. Sus preguntas, muchas veces inesperadas, nos obligan a redescubrir un mundo que creíamos conocer y nos recuerdan que la curiosidad sigue siendo una de las formas más genuinas de inteligencia.
Otro libro que años después reforzó esta convicción fue Las consolaciones de la filosofía, de Alain de Botton, libro que en su momento llegó a mis manos gracias a la recomendación de mi hermana. En sus páginas, el autor presenta la filosofía como una fuente de consuelo, inspiración y orientación para afrontar problemas comunes: la impopularidad, la falta de recursos económicos, la frustración, la sensación de incompetencia, el desamor o las dificultades cotidianas. Su propuesta consiste en demostrar que el pensamiento filosófico puede ser una herramienta práctica para vivir mejor.
Desde mi experiencia como lectora, se trata de una obra especialmente valiosa para las personas jóvenes porque ofrece recursos para fortalecer el pensamiento crítico y encontrar alternativas de solución donde aparentemente no las hay. Como señala el propio de Botton al referirse al método socrático:
“Cualquiera que, estando dotado de una mente curiosa y bien organizada, pretenda evaluar una creencia de sentido común, puede entablar una conversación callejera con un amigo y, mediante un método socrático, lograr desembocar en un par de ideas audaces en menos de media hora”.
Vivimos en una época que parece premiar las respuestas rápidas y las certezas inmediatas. Quizá por eso la filosofía resulta hoy más necesaria que nunca. No porque tenga todas las respuestas, sino porque nos ayuda a formular mejores preguntas; porque nos invita a pensar antes de aceptar, a dudar antes de repetir y a mirar antes de concluir.
Me despido deseando que este fin de semana nos regale la oportunidad de ejercer esa capacidad de asombro que tantas veces dejamos olvidada entre las prisas de la vida adulta. Después de todo, tal vez tomarse la vida con filosofía no sea otra cosa que conservar la curiosidad suficiente para seguir descubriendo el mundo cada día.
Vivimos en una época que parece premiar las respuestas rápidas y las certezas inmediatas. Quizá por eso la filosofía resulta hoy más necesaria que nunca.
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