Jimena Valdés Figueroa

Jimena Valdés Figueroa

Un adiós poderoso para el Dr. Emilio

Voz propia

Un adiós poderoso para el Dr. Emilio

Jimena Valdés

Redacción
Agosto 15, 2026

Ayer, las redes sociales me dieron una noticia que todavía me cuesta nombrar: la partida del Dr. Emilio Arriaga Álvarez, a quien tuve el privilegio de conocer como profesor en las aulas de la UAEMEX hace más de 20 años.

Su esquela me produjo tristeza por la partida de un académico que formó a varias generaciones de especialistas en ciencias sociales desde una mirada crítica del mundo. Pero también me dejó una pregunta incómoda: ¿de verdad alguien como el Dr. Emilio habría querido, simplemente, descansar en paz?

Inquieto siempre, lo recuerdo llegando a clase en su VW Gol gris, con el que mantenía una relación de amor y odio: a veces elogiaba lo ahorrador que era y, otras, soltaba que cualquier junior sin trabajar tenía un mejor auto que él. En esas paradojas, que solo viniendo de él podían resultar formativas, también había una lección sobre clase, poder y lucidez.

Sinceramente, al principio el Dr. Emilio y yo no nos caímos bien. De ser “la güerita” del salón no me bajaba, y eso entonces me molestaba mucho. Hoy pienso que quizá era una descripción sin mayor cálculo; tal vez mi incomodidad estaba menos en lo que él decía y más en todo lo que yo imaginaba que se pensaba de mí.

También al principio, su modo ultracrítico me daba miedo. Representaba un reto académico enorme intentar estar a la altura de una mente como la de Emilio Arriaga, pero lo cierto es que siempre lo admiré. Todavía recuerdo que la primera lectura que hice en su clase fue “El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre”, de Engels, acompañada de “La situación de la clase obrera en Inglaterra”.

Recuerdo, sobre todo, lo bien que me hizo sentir cuando —con una mezcla de miedo y emoción— expuse los argumentos que elaboraba sobre ambas lecturas: “La güerita sabe pensar”, me dijo. Luego explicó que no se trataba de repetir las ideas del autor, sino de construir con ellas una mirada crítica propia.

Leer, pensar, articular, trasladar, refutar, criticar, confrontar, verbos cargados de poder que nos lanzaba el Dr. Emilio. Invitaciones directas a cuestionarlo todo.

Esta mañana tras su repentina partida, recordaba con un colega, nuestras andanzas con el Dr. Emilio, a las pedagógicas formas que yo ya recordaba, le sumó otras como la famosa “tienen cara de crisis”. Recordaba también la manera en la que nos presentó a autores como Daniel Bell y el advenimiento de las sociedades postindustriales y a uno de mis grandes favoritos Michel Foucault, a quien sigo leyendo y también citando.

Hoy, cuando observamos más allá de la crisis de la matrícula en las disciplinas de las Ciencias Sociales, la pérdida de la potencialidad del ejercicio constante del pensamiento crítico, pienso en la relevancia de profesores como Emilio. De esas figuras facultativas del pensamiento más allá de la superficie de esa que yo denominaría “la pedagogía de la incomodidad”, esa que puede resultar incómoda porque obliga a pensar. 

No estoy segura de que el Dr. Emilio haya tenido el reconocimiento académico a nivel institucional, que él se merecía. Sin embargo, desde hace 20 años, antes de que hoy las redes sociales estén llenas de mensajes de despedida, tuvo el reconocimiento que los grandes profesores tienen: el respeto a la autoridad epistémica que le confieren sus alumnos.

El maestro Emilio, se ganó el que no canceláramos la clase aunque llegara tarde, por el mero privilegio de compartir ese espacio con él.

Recreándose en poder, me imagino ahora al Dr. Emilio Arriaga y no en el multicitado “Descanse en Paz”.

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