Alejandro Baillet
Hay libros que los niños leen con una sonrisa y los adultos con un nudo en la garganta. No porque sean tristes, sino porque les recuerdan a la persona que alguna vez fueron.
Un espejo y un ejercicio de memoria para los adultos
Mi casi, casi mamá, la nueva novela infantil de José Ignacio Valenzuela, logra justamente ese pequeño milagro: divertir a los más jóvenes mientras invita a los padres a reconciliarse con su propia infancia y a mirar con otros ojos las nuevas formas de familia.
Publicado por Alfaguara, el libro cuenta la historia de Clara, una niña cuya vida cambia cuando su padre presenta a Luisa, una actriz extravagante de pañuelos coloridos, turbantes imposibles y una maleta llena de secretos.
Lo que comienza como la llegada de una “casi casi mamá” termina convirtiéndose en una aventura donde caben los viajes, el humor, las emociones y una profunda reflexión sobre el amor que no siempre nace de la sangre.
El escritor chileno-mexicano confesó que nunca imaginó que su libro pudiera convertirse también en una lectura para los adultos. Sin embargo, al escuchar la interpretación de quienes ya lo han leído, reconoció que ese quizá sea uno de sus mayores logros.
“Es un gran piropo. Siempre he pensado que los libros para niños también tienen que gustarles a los padres”, afirma.
Valenzuela explica que Mi casi, casi mamá forma parte de una serie integrada por Mi abuela la loca y Mi tío Pachunga, historias construidas en distintos niveles para que pequeños y grandes encuentren algo propio entre sus páginas.
“La literatura familiar funciona igual que las grandes películas para toda la familia. Los niños encuentran aventura y diversión; los adultos encuentran emociones que creían olvidadas”, señala.
Quizá ahí reside la mayor fortaleza del libro.
Un recordatorio para los adultos
Mientras los niños descubren a Luisa y su mundo extravagante, los adultos encuentran un espejo.
Durante la entrevista surgió una reflexión inesperada: muchas veces los padres olvidan que también fueron niños. Olvidan los juegos bajo la lluvia, las travesuras, los miedos, los sueños y hasta la forma en que veían el mundo.
La idea sorprendió al propio escritor. “Nunca se me había ocurrido esa lectura”, admite entre risas.
Después hace una pausa y desarrolla una de las reflexiones más entrañables de la conversación.
“Cuando vamos creciendo sufrimos una especie de amnesia respecto a nuestra propia historia. Se nos olvida qué era importante cuando teníamos ocho años. Nos volvemos más cínicos, más cansados, más irónicos. Y los niños tienen la capacidad de recordarnos quiénes fuimos”.
Por eso considera que escuchar a un niño puede convertirse en un ejercicio de memoria.
“Nos vuelve a centrar. Nos recuerda que muchas de las cosas importantes siguen siéndolo, aunque ya no tengamos ocho años”.
La familia nunca fue una sola
Uno de los temas centrales de Mi casi, casi mamá es la diversidad familiar.
Para Valenzuela, el error consiste en pensar que estas familias son una invención reciente.
“No. Han existido desde siempre. La historia de la humanidad está llena de abuelas criando nietos, tíos haciéndose cargo de sobrinos, madres criando hijos ajenos, hombres solos educando niños, mujeres solas sacando adelante a sus familias o parejas del mismo sexo formando hogares.
“Durante muchos años nos midieron con la vara de una supuesta familia tradicional, como si ese fuera el único modelo válido. Pero la vida nunca ha sido así”.
Para el autor, todas las familias merecen exactamente el mismo respeto.
“Todas merecen protección legal y todas pueden convertirse en material para contar historias.”
Y hacerlo desde el humor, asegura, ayuda a formar niños mucho más empáticos.
Reivindicar a las madrastras
Uno de los aspectos más entrañables del libro es precisamente el personaje de Luisa.
No es la clásica madrastra de los cuentos. No existe la villana. No hay manzanas envenenadas. No hay espejos mágicos. Hay una mujer que llega a una familia con la enorme responsabilidad de cuidar a una niña que no parió, pero que termina amando profundamente.
Valenzuela considera que la literatura ha sido injusta con ellas.
“Durante siglos los cuentos infantiles las convirtieron en las malas de la historia.”
Y, desde su perspectiva, la realidad suele ser exactamente la contraria.
“Para que exista una madrastra generalmente ya no está la mamá. Esa mujer es quien acompaña al niño cuando tiene fiebre, quien lo lleva a la escuela, quien le da de comer, quien le lee un cuento antes de dormir
“El amor no depende de la sangre. Depende de la presencia, del cuidado, del cariño y de la decisión cotidiana de estar junto a alguien”.
Por eso decidió dedicarles un libro completo.
“Es una labor profundamente noble”.
Aunque Luisa no está inspirada en una sola persona, sí nace de muchas mujeres que el escritor ha conocido a lo largo de su vida. Familias reconstruidas. Segundas oportunidades. Divorcios. Nuevos matrimonios. Los tuyos. Los míos. Los nuestros. Historias reales que pocas veces llegan a la literatura infantil.
“He conocido mujeres extraordinarias que dedicaron su vida entera a criar hijos que no eran biológicamente suyos y los convirtieron en hombres y mujeres de bien. Desde la literatura existe una forma muy especial de agradecer ese amor.
“Lo más valioso que puedo regalar es una historia. Este libro está dedicado a todas ellas.”
Y basta conocer a Luisa durante unas cuantas páginas para entender por qué Clara terminó queriéndola… y por qué el lector también.
José Ignacio Valenzuela no escribe para explicar que existen familias distintas. Escribe para demostrar que siempre estuvieron ahí. Solo hacía falta que alguien contara su historia con ternura, humor y una enorme humanidad.
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