“Ni los Rolling Stones ni los Beatles ni Led Zeppelin ni Elvis Presley nunca tuvieron la necesidad de ir a un campo de algodón a tomar algodón en canasta para tocar el blues”. Con ese argumento, José Ramírez defiende que un músico latino se dedique al que considera el género más humano del mundo.
El guitarrista y cantante costarricense lleva 20 años de carrera y casi 12 de gira por más de 14 países. Vivió más de una década en Estados Unidos y tocó en el circuito de Chicago y Mississippi, en clubes destinados casi en su totalidad a artistas afroamericanos.
Es el primer latino firmado por Delmark Records, el sello de blues más antiguo de Estados Unidos, y ganó el segundo lugar del International Blues Challenge de Memphis entre 250 bandas. Ha compartido escenario con Buddy Guy, Jimmie Vaughan, Keb’ Mo’ y Christone Kingfish Ingram.
Desde este viernes, a las 21:00 horas, Ramírez se hace cargo de una noche semanal de blues en La Marakita, con fechas hasta diciembre. La apuesta, asegura, es que el recinto se convierta en “la nueva casa del blues” de la Ciudad de México y que las presentaciones siembren el público de un festival que espera montar en diciembre o enero próximos.
—¿Qué diferencias encuentras entre el escenario del blues en México, el de Estados Unidos e incluso el de Europa?
—En cuanto a la reacción del público, no es muy distinta: lo que marca la pauta es la calidad del show. A mí me dicen: “Aquí la gente es complicada, aquí no vas a poder engancharlos”. Yo no creo en eso. El sábado pasado tocamos en un club nuevo en Angelópolis, Puebla, con las mejores condiciones, pero el público no estaba poniendo atención. No quería tocar sintiéndome mal, así que me bajé del escenario con la guitarra y me puse junto a la mesa donde hablaban y hablaban. Ya me ven, se dan cuenta y el resto de la noche estuvieron en silencio.
“La diferencia está en otra cosa: Latinoamérica es una región ajena al género y cuando escucha una guitarra o un sax identifica ‘jazz’. Lo que no se sabe es que el jazz viene del blues. A mí me pasa mucho que llegan a mis conciertos y me dicen: ‘me encanta tu jazz’. Holanda, en cambio, tiene festivales todo el año y presupuesto para el blues; es un círculo que funciona. Eso queremos empezar aquí: un punto donde la gente sepa que hay blues todas las semanas, garantizado”.
Ramírez asegura que el verdadero enemigo a vencer es otro: “el reto es crear un puente entre ese blues viejo y aburrido que la gente cree que existe y el blues contemporáneo, sin perder el alma del género”.
Todos lo tenemos
—El blues nace de una historia de dolor, de exclusión, de resistencia de la población afroamericana. ¿Cómo construye un músico latino su identidad en este género sin apropiarse de una historia que no le pertenece?
—El blues, desde su nacimiento, es dolor, es querer liberarse de cadenas físicas, emocionales o mentales. Albert King tiene una canción (I Got the Blues) que dice que todos tenemos el blues, hasta el bebé que busca su biberón, no lo encuentra y llora. Por eso es el género más humano que existe: no hay que haber vivido la esclavitud para tocarlo ni para entenderlo. Nació con un motivo y una justificación, pero no se quedó ahí. Que la esclavitud se haya abolido no significa que se muriera el blues. Esa población migró a Chicago, a Detroit, a Nueva York. El sentimiento humano de dolor traspasado a música: eso es el blues.
“En mi caso hubo una infancia difícil, una situación económica muy complicada en la casa: siempre había para comer, pero a veces había poco. Recuerdo ver una vez al mes a mi mamá en la dirección de la secundaria, rogándole al director que no me sacara porque no podían pagar. Después me fui con ella a Estados Unidos y me tocó verla en trabajos muy pesados, esas cosas que solo los inmigrantes saben qué significan en el sueño americano. Todas esas memorias andan ahí, en el ADN, y de ahí salen las canciones”.
Educar al público
José Ramírez comienza este 4 de septiembre, además del 11 y 12 del mismo mes. En octubre continuará el ciclo con conciertos los días 3, 16, 17 y 24, mientras que en noviembre habrá presentaciones los días 6, 20 y 27, para cerrar la gira en diciembre, el día 10, con una última fecha.
Durante septiembre, el guitarrista se presentará únicamente con su banda, pero en octubre se incorporarán proyectos invitados como Disque, Stabbing Chulas con Sofi de León, Street Blues y Yuma Soul.
—El blues nace en las últimas décadas del siglo XIX. A estas alturas del siglo XXI, ¿todavía tiene oportunidad de volverse un género popular o está condenado a ser música de nicho?
—Yo lo veo fuerte cuando estoy de gira. Hace poco tocamos en un festival en Brezoi, Rumania: una semana, más de 40 artistas y 25 mil personas por noche, sin que sonara otra cosa que no fuera blues. Si eso pasa en Rumania, no veo difícil que exista acá una comunidad fuerte.
“Lo otro es educar al público. En México y en Costa Rica, si el festival es gratis se llena, y si hay cover, nadie: ‘¿para qué?, la otra semana hay uno gratis’. Lo que estás pagando es la calidad. Si el público entiende esa diferencia, las buenas bandas siguen trabajando y eso le da continuidad al circuito”.
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