Jimena Valdés Figueroa

Jimena Valdés Figueroa

La clave está en soltar

Voz Propia

La clave está en soltar

Jimena Valdés

Redacción
Septiembre 4, 2026

Existe una necesidad casi innata de controlar todo aquello que nos rodea, especialmente lo que amamos y aquello que consideramos parte de nuestros espacios y vínculos más seguros. Aunque nacemos en medio de la incertidumbre, solemos recurrir a toda clase de estrategias para evitar convivir con ella. El resultado suele ser paradójico: terminamos construyendo relaciones más basadas en el estrés que en el disfrute de las personas y experiencias que tanto valoramos.

Si nos detuviéramos unos minutos a observar la vida con calma, probablemente descubriríamos cuánta energía destinamos cada día a intentar controlar aquello que, en realidad, está fuera de nuestro alcance. Lo que otros piensan de nosotros, sus reacciones, las decisiones de quienes amamos, sus gustos o sus aficiones. Si somos honestos, buena parte de nuestra existencia transcurre en esa búsqueda, generalmente infructuosa, por mantener una sensación de control.

Desde mi propia experiencia, he descubierto que esa necesidad puede convertirse en una fuente constante de sufrimiento e insatisfacción. Buscamos controlar porque amamos, pero también porque nos sentimos inseguros, porque tememos no ser elegidos o porque nos asusta la posibilidad de perder aquello que valoramos.

Lo más complejo es que esta manera de relacionarnos suele tener raíces profundas. En muchos casos aprendemos, desde edades tempranas, que controlar equivale a cuidar, que supervisar es una muestra de amor o que influir en la vida de los demás nos garantiza afecto y seguridad. Sin embargo, con el tiempo descubrimos que esa premisa no solo es equivocada, sino que termina alimentando la ansiedad.

Vale la pena preguntarnos: ¿cuánto tiempo y energía invertimos en ello? ¿Cuánto dolor nos generan las reacciones ajenas que interpretamos como ataques personales? Con frecuencia olvidamos que no siempre somos el centro de aquello que sucede a nuestro alrededor. Muchas de las conductas de los demás responden a sus propias historias, preocupaciones y circunstancias, no necesariamente a nosotros.

Sobre esta necesidad de control y la posibilidad de liberarnos de ella, la autora Mel Robbins reflexiona en su exitoso libro La teoría Let Them. A partir de experiencias personales, propone una idea sencilla pero poderosa: permitir que las personas sean quienes son y hagan aquello que decidan hacer. Según Robbins, el único ámbito sobre el que realmente tenemos cierto dominio es nosotros mismos: nuestros pensamientos, emociones, acciones y, sobre todo, nuestras reacciones.

La propuesta es tan simple como desafiante: ¿qué ocurriría si toda la energía que invertimos en controlar a los demás la destináramos a nuestro propio crecimiento y bienestar?

Al hacer de esta pregunta un ejercicio personal, he llegado a varias conclusiones. La primera es que podemos pasar gran parte de nuestra vida creyéndonos arquitectos absolutos del futuro, convencidos de que todo depende de la forma en que movemos nuestras piezas. Sin embargo, esa creencia suele llevarnos a colocar nuestra energía en el lugar equivocado y, tarde o temprano, a experimentar decepción.

Las reflexiones de Robbins también me recordaron una de las enseñanzas más conocidas del pensamiento budista: las expectativas son una fuente frecuente de sufrimiento. Cuando nos resistimos a aceptar la realidad tal como es, dejamos de percibir las posibilidades que el presente, con sus imperfecciones, tiene para ofrecernos. La plenitud no surge de que todo ocurra como deseamos, sino de aprender a habitar lo que ocurre.

Por ello, la clave está en soltar. Pero también en elegir. Elegir dónde colocamos nuestra energía, qué batallas vale la pena librar y qué personas merecen nuestra atención. Elegir no permitir que el resentimiento o el enojo reduzcan nuestra capacidad de apreciar aquello que sí aporta valor a nuestra vida. Y elegir reconocer que, cuando las personas se muestran tal como son, nos ofrecen información valiosa sobre lo que realmente pueden brindarnos.

Quisiera cerrar esta reflexión con una idea que me ha resultado especialmente útil: recuperamos nuestro poder cuando elegimos cómo responder. Porque, aunque muchas circunstancias escapan a nuestro control, siempre conservamos la capacidad de decidir qué hacemos con ellas. Y quizá ahí, precisamente ahí, reside la verdadera transformación

¿Qué ocurriría si toda la energía que invertimos en controlar a los demás la destináramos a nuestro propio crecimiento y bienestar?

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