Esta semana concluyó mi hijo la primaria, lo cual me trajo reflexiones sobre este hito en el camino de 12 años en los que nos hemos compartido.
Primero, recordarlo pequeño cuando concluyó el preescolar cantando y bailando con sus amiguitos; que paradoja haberlo pensado ya grande, cuando me llegaba a la cintura y hoy rebasa mis 160 centímetros. Justo pienso que probablemente así nos pasa a las madres, transitamos en ese pensarlos pequeños pero a la vez sorprendentemente grandes.
También me recordé a mí en mi salida de sexto y lo que me representaba concluir la primaria, acostumbrada al logro académico, en mi caso pensaba más en las calificaciones de mi boleta que en lo que me había divertido en la primaria. Afortunadamente, el caso de Tadeo es diferente; para él lo más relevante fueron las aventuras cotidianas del aula, sus grupos de amigos lo que aprendió porque lo considera relevante y afortunadamente el compromiso de afrontar la secundaria con mayor responsabilidad académica, que me gusta porque se faculta desde una posición personal en la que dice comprometerse con ello.
También pensé en la familia y en las transiciones que son claras en estas generaciones respecto a los modelos familiares. El caso de mi hijo en una familia reconstituida y con padres divorciados co-parentando, seguramente hubiera llamado la atención hace 30 años; el día de hoy es un esquema cada vez más común. Sin embargo, en nuestro afortunado caso, hay presencias que se mantienen, como fue la presencia y el amoroso acompañamiento de mi abuela hace 30 años y de las abuelas de Tadeo el día de hoy.
Pienso que hay varias cosas que han cambiado en la educación, la mía fue la generación de la competencia, de las calificaciones establecidas desde el absoluto del correcto o el incorrecto, de la visibilidad del trabajo escolar por el llenado de los libros de texto, de las parcelas disciplinarias, de la memoria del prestigio basado en la permanencia en el cuadro de honor. He de decir, que en la generación de Tadeo, todo eso se presenta relativizado y sujeto a cambios que, pienso, pueden propiciar un acercamiento más sano al conocimiento, a uno basado más en la relevancia y utilidad de lo que se aprende y se resignifica que de lo que a base de presiones se memoriza.
Finalmente, mi reflexión va sobre lo que el logro y el mérito significa. Para mí, la experiencia de ser madre me ha habilitado pensarlo desde otros lugares. Probablemente, hace unos años, lo hubiera definido como tener a un hijo abanderado o habitante permanente del cuadro de honor; hoy pienso que el logro tiene coordenadas personales y que se trata justamente de conocernos y desde un entendimiento propio procurar nuestra mejor versión.
El mérito tal vez, desde la visión que me ha mostrado Tadeo, se trate no sólo de demostrar, sino de saber compartir experiencias, entender las realidades propias y las de los demás y desde ahí sabernos merecedores de respeto.
Pienso que hay varias cosas que han cambiado en la educación, la mía fue la generación de la competencia.
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