La momia de Francisco Zarco y sus dos entierros

La momia de Francisco Zarco y sus dos entierros. Foto. Especial

La momia de Francisco Zarco y sus dos entierros

El periodista liberal fue sepultado sin cadáver mientras su cuerpo permaneció ocho meses en casa de un amigo.

Redacción
Julio 19, 2026

El presidente Lázaro Cárdenas del Río, erudito de la historia de México y de la vida de quienes dejaron su impronta, creó en 1936 el parque nacional Insurgente Miguel Hidalgo y Costilla, en terrenos de La Marquesa, municipio de Ocoyoacac. Además, dispuso que se construyera una estación piscícola, inaugurada en julio de 1943 con el nombre de estación piscícola El Zarco, en honor del destacado escritor liberal Francisco Zarco Mateos.

¿Quién fue Francisco Zarco Mateos?

Como sabemos, Zarco nació en Durango y fue autodidacta. Una vez que aprendió a leer, se apasionó por las letras. No sólo estudió su lengua, sino también otros idiomas; manejó un sistema propio de taquigrafía para conservar íntegros los textos de los diálogos, discursos que eran de su interés y se adentró en el estudio del derecho mexicano, así como, diversas ciencias sociales, conocimientos de los que dio muestra en sus escritos y discursos.

Intervino en la redacción de la Constitución de 1857, se desempeñó como diputado y ejerció diversos cargos gubernamentales en México y en el extranjero. En 1861, Benito Juárez lo nombró ministro de Gobernación y después de Relaciones. Al triunfo de la República, se integró al Congreso. Dos días después de su muerte fue declarado Benemérito de la Patria.

En la Ciudad de México, en la confluencia del Paseo de la Reforma y la avenida Hidalgo, se levantó un monumento de cuerpo entero en su honor, sobre un pedestal contra un muro de mármol.

Lo que la mayoría desconoce es que su sepelio, a pesar de haber sido solemne y cortejado por grandes personalidades y una multitud de mexicanos, ocultaba un hecho insólito: el ataúd que descendió a la fosa del panteón de San Fernando estaba vacío.

Esta historia puede reconstruirse a partir de los relatos de Rafael Pérez Gay, Julián Andrade Jardí, Otto Schober, Nexos Hoy, Vanguardia, Letras en el cajón y Ricardo Mendoza Reséndiz, quienes han recuperado distintos pasajes de la historia de la momia de Francisco Zarco.

Rafael Pérez Gay publicó un interesante relato en el que recuerda: “Caminé por avenida Reforma, cerca de Juárez, y pensé en Francisco Zarco y en la momia que escribía un diario íntimo. Me pareció tan extravagante esa relación de ideas que intenté explicarme la asociación, raro puente hacia la nada”.

Muerte de Francisco Zarco

La noticia de la muerte de Francisco Zarco fue una de las primeras desgracias de la República Restaurada. En sus funerales, celebrados el 23 de diciembre de 1869, Ignacio Manuel Altamirano pagó el tributo de una deuda intelectual y periodística y pronunció un discurso en el que reconoció la dimensión del trabajo del escritor liberal.

Sin embargo, los políticos, masones, periodistas y amigos de Zarco que presenciaron el descenso del ataúd en el panteón de San Fernando nunca supieron que dentro no se encontraba el cadáver.

El historiador Alejandro Rosas ha contado que el cuerpo del periodista, considerado uno de los más apasionados y rectos de México, había sido embalsamado en la casa del diputado Felipe Sánchez Solís, amigo cercano de Zarco.

El escritor vestía levita y llevaba un gorro. En el altar de la amistad, Sánchez Solís decidió sentarlo a la mesa, como si estuviera escribiendo, en una de las estancias de su casa. El diputado regresaba a Toluca y despachaba su correspondencia frente al cuerpo embalsamado.

Despachaba su correspondencia frente al cuerpo embalsamado

Durante meses, la presencia de Zarco permaneció en la casa como si el tiempo se hubiera detenido. Las tertulias continuaron y la momia formó parte de aquella vida cotidiana hasta que, ocho meses después de su falso entierro en la Ciudad de México, Sánchez Solís aceptó darle a su amigo cristiana sepultura.

Pérez Gay imaginó a Zarco escribiendo un diario íntimo que nunca logró atravesar la frontera entre los vivos y los muertos. Francisco Zarco había regresado de Estados Unidos en 1867, a los 38 años, con una enfermedad que terminaría por consumirlo en poco tiempo.

Durante sus últimos años trabó amistad con un joven liberal llamado Ignacio Manuel Altamirano. Lo vio llegar en numerosas ocasiones a la redacción con los manuscritos de sus Revistas Teatrales. Hablaban del renacimiento de las letras nacionales y de los jóvenes literatos en quienes Zarco tenía puesta toda su confianza.

La historia de la momia, sin embargo, no termina en la casa de Sánchez Solís. Julián Andrade Jardí aporta otros datos sobre el médico forense Pierre Nadó, amigo del diputado mexiquense, con domicilio en Toluca, secretario de la Suprema Corte y cercano a Juárez.

Nadó conservaba un archivo policiaco mexiquense y un diario en el que describía las autopsias realizadas durante los meses en que colaboró con el servicio forense del estado. La visita de Sánchez Solís a las oficinas del servicio era poco frecuente, pero aquella tarde el asunto era distinto. Debía mandar momificar a un compañero de aventuras, al mejor amigo que había tenido, quizá al único, en una época en la que las lealtades tambaleaban.

Pierre Nadó obedeció. Sólo pidió que el trabajo se realizara en su laboratorio particular, donde tenía los ingredientes necesarios para el procedimiento. El cadáver fue trasladado cuidadosamente dentro de un costal de papas para evitar cualquier percance, mientras en la Ciudad de México se velaba, con todos los honores, a un perfecto desconocido.

El médico forense preguntó entonces a Sánchez Solís de quién se trataba.

—Es mi amigo, el escritor Francisco Zarco.

Cuando Felipe Sánchez Solís tuvo la momia en su poder, la sentó con todo el honor que merecía en el centro de su casa de Toluca.

Las tertulias continuaron en aquella casa. Las sobrinas del diputado, cuando ya eran venerables ancianas, recordaban las sacudidas que tenían que darle a Panchito. La época era polvosa y llena de historias. En una ocasión, un borracho, cuyo primer nombre se omite por la reputación que tendría en la siguiente década, vomitó sobre los pantalones de Panchito. Las ancianas, casi un siglo después, todavía recordarían el alboroto que se armó para limpiar a la momia porque, por muerto que estuviera, seguía siendo un hombre y ellas eran niñas decentes.

La memoria familiar guardó en un mismo lugar la alegría de las fiestas, los recuerdos del pasado y la tristeza del día en que se llevaron a Panchito. Después de aquel momento,Pierre Nadó desapareció y, de acuerdo con el relato, terminó prófugo de la justicia por robo y maltrato de cadáveres.

Habían transcurrido ocho meses desde el falso entierro en la Ciudad de México. El día de aquel sepelio, las palabras de Altamirano resonaban ante Justo Sierra, quien creía padecer un ataque de paperas, aunque en realidad era el miedo de encontrarse frente a la tumba, con cadáver o sin él, de uno de los liberales más poderosos de la época de Juárez.

Fernando Leal Audirac aporta otros datos a esta historia. La momia, desnuda, permanecía como una presencia inquietante. Alguien recordaría que los ojos vidriosos de Francisco parecían observar durante las tertulias un cuadro poco antes de sus aventuras en Texas y de su suicidio frente a la tumba de Iturbide.

Tal vez Francisco le guiñaba un ojo, como para decirle:

—¿No se da cuenta, general, de que vivimos en un país irreformable?

Francisco Zarco tuvo dos entierros

La momia quizá representaba el congelamiento de una vida desgarrada, de los imperios importados y las patrias peregrinas; la historia de un canciller freelance que dejaría a su familia en la miseria, en contraste con las opulencias y los derroches que generaría el México de aquellas reformas cuarteadas.

Así, Francisco Zarco tuvo dos entierros: uno público y solemne, ante políticos, periodistas, masones y una multitud que creyó acompañar su cuerpo hasta la fosa; y otro, ocho meses después, cuando finalmente la momia que había permanecido sentada en una casa de Toluca recibió sepultura.

La historia de sus dos entierros permanece como una de esas paradojas que sobreviven al tiempo: mientras la República Restaurada despedía públicamente a uno de sus grandes liberales, su verdadero cuerpo permanecía lejos de aquella ceremonia, sentado en una casa, convertido en testigo silencioso de tertulias, conversaciones y recuerdos.

Pedro Gutiérrez Arzaluz, Cronista Vitalicio de Ocoyoacac por la AMECRON

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