Hay novelas que se leen como un paseo por el bosque. Otras obligan a entrar en un túnel del que resulta imposible salir sin llevarse algo adherido a la piel. Ratones, de Majo Delgadillo, publicada por Lumen, pertenece a esta última categoría.
Es una historia que seduce y perturba al mismo tiempo; un cuento de hadas deformado por los espejos de la obsesión, donde el amor se confunde con el hambre, el deseo se transforma en violencia y la oscuridad nunca da tregua.
Desde la primera página, la escritora mexicana coloca al lector dentro de un espacio cerrado, sofocante, habitado por el sonido de cientos de ratones que corren entre las sombras. No hay descanso. Tampoco una salida evidente. Lo que comienza como una imagen inquietante termina convirtiéndose en un laberinto psicológico donde cada vuelta conduce nuevamente al mismo sitio: la mente de una narradora tan fascinante como aterradora.
La propia autora recuerda que la novela nació mucho antes de tener personajes o una trama definida. Primero apareció una imagen. Después, un sonido.
“La primera imagen fue alguien viviendo en un cuarto oscuro y solitario, sabiendo que estaba rodeado por miles de ratones. Aquella escena terminó convirtiéndose en el hilo del que comenzó a tirar hasta descubrir la historia que escondía”, explica Delgadillo.
“Ese origen resulta revelador, porque Ratones es una novela construida desde las imágenes y las sensaciones antes que desde las explicaciones. Los ratones nunca son únicamente animales. Son miedo, suciedad, deseo, enfermedad, culpa y también compañía. Son un símbolo que atraviesa toda la obra”.
La elección del título tampoco fue casual. Aunque el manuscrito pasó por cerca de ocho años de trabajo y alrededor de treinta versiones distintas, nunca dejó de llamarse Ratones.
“Pensé varias veces en cambiar el título, pero nunca encontré otro que nombrara realmente esta historia.
“La imagen del llamado “rey ratón”, ese extraño fenómeno donde decenas de estos animales aparecen enredados por las colas formando un solo cuerpo, terminó convirtiéndose en la metáfora perfecta de una novela donde los personajes, el deseo, la violencia y el miedo permanecen atrapados unos con otros sin posibilidad de separarse”, explica la autora.
Un cuento de hadas donde la princesa es la bruja
Lejos de escribir una novela fantástica convencional, Delgadillo decidió desmontar la maquinaria de los cuentos de hadas para volver a construirla desde un lugar mucho más incómodo.
Durante el proceso de escritura estudió las estructuras clásicas de estos relatos, sus personajes, funciones y símbolos. Sin embargo, en lugar de repetirlas, decidió cuestionarlas.
“¿Qué ocurre cuando quien cuenta la historia no es el príncipe ni un narrador omnisciente, sino la propia doncella? ¿Qué sucede cuando la princesa y la bruja dejan de ser enemigas y comienzan a parecer la misma persona? Esas preguntas sostienen el corazón de Ratones.
“La protagonista nace como un hada producto del deseo de su madre, pero conforme avanza la historia también adquiere los rasgos de una bruja capaz de manipular, seducir y destruir. Ambas figuras dejan de ser opuestas para convertirse en una sola identidad.
Incluso el deseo —uno de los motores clásicos de los cuentos infantiles— cambia de significado.
Si en Blancanieves una madre desea una hija o en Cenicienta un príncipe busca a su futura esposa, en Ratones ese deseo es empujado hasta romperse. Ya no conduce al final feliz. Conduce hacia el territorio de la obsesión. Un laberinto del que nadie sale igual.
La estructura de la novela responde a esa misma intención.
Delgadillo buscó que el lector sintiera que avanzaba para descubrir, unos pasos después, que seguía exactamente en el mismo lugar.
“Quería que se sintiera como un laberinto. Creer que vas a salir, que ya encontraste las respuestas y, de pronto, volver a entrar.
“La repetición deja entonces de ser un recurso estilístico para convertirse en una experiencia física. Cada frase parece regresar sobre sí misma. Cada pensamiento vuelve una y otra vez. Cada recuerdo se contradice. La narradora habla sin detenerse. Confiesa. Recuerda. Se pierde. Retrocede. Vuelve a empezar. La sensación termina siendo profundamente asfixiante”.
No es casual. La autora reconoce que buscó deliberadamente que el lector sintiera una especie de tortura emocional.
“Quería que esa voz no dejara respirar. Que estuviera hablando todo el tiempo, sin permitir escapar y sin ofrecer nunca todas las respuestas”.
El resultado es una novela cuya tensión no depende únicamente de la historia, sino de la forma en que está escrita. Incluso el tiempo juega a favor de esa ansiedad.
Toda la acción ocurre prácticamente durante unas cuantas horas, como una bomba de tiempo que avanza hacia un desenlace inevitable.
Al eliminar el pasado de la protagonista y reducir la historia a un solo espacio oscuro, Delgadillo consiguió una narración mucho más intensa, donde la imaginación llena constantemente los huecos que la autora decide no explicar.
Reducir la acción a un único espacio y a un lapso breve terminó por darle a la novela el ritmo que buscaba.
“Cuando limpié su historia de vida y comprimí todo, dejando solo este momento y este espacio, fue cuando la historia amarró y me permitió tener la estructura y el ritmo que yo quería”.
“Si esta historia solo ocurre durante estas horas y solo se puede contar mientras estamos en esta cama y en esta oscuridad, entonces no tenemos que saber qué va a pasar cuando haya luz. Eso permite jugar mucho con lo impensable, con lo imposible y con lo fantástico”.
La oscuridad también puede ser seductora
Uno de los mayores logros de Ratones es la construcción de una protagonista profundamente perturbadora.
Paradójicamente, Delgadillo confiesa sentir fascinación por crear personajes malvados que el lector no quiera abandonar.
“Me interesa escribir personajes capaces de cruzar los límites, pero con los que el lector todavía quiera quedarse. No se trata de justificar la violencia. Se trata de explorar qué ocurre cuando alguien decide atravesar esas fronteras que normalmente la moral mantiene cerradas”.
Para la escritora, la literatura representa precisamente ese espacio seguro donde resulta posible imaginar aquello que jamás desearía vivir.
“No tengo ninguna intención de ser malvada en la vida real. Pero escribir me permite preguntarme qué pasaría si cruzáramos esos límites”, responde entre risas.
Y esa pregunta atraviesa toda la novela.
¿Qué ocurre cuando el amor deja de ser afecto y comienza a convertirse en posesión? ¿Qué pasa cuando el hambre deja de ser una metáfora? ¿Qué sucede cuando alguien desea tanto a otra persona que termina queriendo consumirla literalmente?
La respuesta aparece en una historia donde el canibalismo deja de funcionar únicamente como provocación para convertirse en la consecuencia lógica de una obsesión llevada al extremo.
Delgadillo reconoce estar fascinada por el concepto del hambre más que por el propio canibalismo.
Para ella existen amores que también son hambre. Hambre por conocer completamente al otro. Por poseerlo. Por absorberlo. Por convertirlo en parte de uno mismo.
Llevada al límite, esa idea termina adquiriendo una dimensión profundamente inquietante.
Otro de los elementos que vuelven incómoda la novela consiste en invertir los papeles tradicionales de la violencia. Aquí no es un hombre quien controla la historia. La depredadora es una mujer.
Pero no una asesina impulsiva. Es una estratega. Observa. Calcula. Planea. Construye personajes distintos según la persona que tiene enfrente.
Cada encuentro es un disfraz cuidadosamente diseñado para convertirse exactamente en aquello que la otra persona desea encontrar.
La protagonista actúa como una actriz que interpreta la fantasía ajena antes de convertirla en su propia presa.
Esa frialdad convierte a la narradora en uno de los personajes más memorables de la narrativa mexicana reciente.
No porque sea monstruosa, sino porque resulta peligrosamente humana.
Al final, Ratones confirma que los monstruos ya no viven en castillos encantados ni en bosques prohibidos. Habitan en los deseos que preferimos no reconocer, en las obsesiones que confundimos con amor y en las historias que seguimos contándonos para justificar aquello que somos capaces de hacer.
Como los pequeños animales que le dan nombre al libro, la novela de Majo Delgadillo se mueve silenciosamente por la oscuridad. Cuando el lector advierte su presencia, ya es demasiado tarde: también ha quedado atrapado dentro del laberinto.
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