Desde la infancia, su interacción con diversos materiales lo hizo buscar una disciplina en la que pudiera combinar todo aquello en una sola experiencia y lo encontró en la alfarería
Desde niño, Iván Hernández Arellano estuvo cerca de la tierra, el barro, los colores y las formas. Como muchos otros, jugó con lodo, pintó durante los primeros años de escuela y encontró en los materiales una manera de experimentar. La diferencia, fue que con el paso del tiempo no dejó de hacerlo y hoy busca los espacios para quienes comparten la misma pasión.
Iván Hernández Arellano: El ceramista que transformó el diseño industrial en arte en Toluca
En Toluca, su taller se convirtió en uno de los espacios donde esa búsqueda tomó forma. Ahí trabaja, experimenta y aprende, pero también comparte lo que ha encontrado con otros creadores. Su recorrido no comenzó con la certeza de querer ser artista. Antes tuvo que preguntarse qué estudiar, conocer distintas disciplinas y descubrir, casi por accidente, que detrás de los objetos también había una forma de entender el mundo.
Un camino que comenzó jugando
La relación de Iván con el arte no tiene un momento preciso en el que pueda señalarse el comienzo. No recuerda haberse levantado un día con la decisión de convertirse en escultor. Su acercamiento ocurrió de manera gradual, alimentado desde casa por sus padres y por las visitas a museos y espacios donde podía conocer distintas expresiones artesanales.
En esa memoria aparecen también los primeros materiales con los que tuvo contacto. El barro, la tierra, la pintura y los textiles formaron parte de una curiosidad que permaneció con él mientras otras actividades propias de la infancia fueron quedando atrás.
“Creo que todos jugamos con lodo, todos jugamos con tierra, todos jugamos a pintar en el kínder o en la casa, nada más que uno los fuimos abandonando y creo que mi diferencia al resto es que lo continué haciendo, gracias a mis padres seguí yendo a museos y ver la artesanía. Fue continuo, no fue un día que me levanté y dije, ay, voy a hacer escultura”, relató.
Esa mirada también se refleja en la manera en que observa el trabajo de otros artesanos. Para él, las piezas hechas con las manos conservan una relación particular con quien las crea. No se limita a contemplar el resultado, también encuentra interés en el proceso y en las personas que dominan una técnica.
Sin embargo, antes de encontrar su camino en las artes, tuvo que enfrentarse a una decisión común para muchos jóvenes: elegir una carrera. Psicología, ingeniería civil y arquitectura aparecieron entre sus posibilidades. La respuesta no llegó de inmediato y fue una conversación casual la que terminó modificando el rumbo de aquella búsqueda.
“Estaba investigando qué estudiar, entre psicología, ingeniería civil y arquitectura. Gracias a la orientadora y sus consejos fui a las facultades a conocer las carreras y llegué a la facultad de ingeniería, como que no me gustó, entonces pensé en irme a arquitectura.
Por azares del destino conocí a una chica que iba pasando y estudiaba diseño industrial, ya le expliqué y me llevó a ver los talleres, eso cambió mi perspectiva de todas las cosas porque conocí talleres de maderas, metal, cera. Fui a la tira de materias y dentro de todas, venía una de cómo nacen los objetos, psicología del color, desde ahí me enamoró”, relató.
Entre la industria y la escultura
La elección de una carrera no significó que inmediatamente se dedicara al arte. Como sucede con muchos creadores, durante años tuvo otras actividades. Fue catedrático, trabajó en la industria y desarrolló un negocio. La escultura permaneció presente, aunque todavía no ocupaba el centro de su vida profesional.
Con el tiempo, esa incertidumbre fue perdiendo espacio frente al interés por crear. Sin embargo, reconoce que la relación con el arte no estuvo marcada desde el principio por una certeza absoluta.
“El arte todavía no era una pasión reconocida. Más o menos tienes una idea de lo que quieres, pero entras con el temor de si no te gusta, si no eres bueno o esto de si te mueres de hambre, porque toda la sociedad te juzga y siempre escuchas que deberías de estudiar economía, medicina, derecho, ya sabes”, señaló.
Pasaron los años y, mientras continuaba con sus actividades profesionales, comenzó a reconocer con mayor claridad aquello que realmente disfrutaba hacer. La escultura dejó de ser solamente una inquietud y empezó a convertirse en una posibilidad concreta. El siguiente problema fue encontrar un espacio para mostrar y comercializar el trabajo propio y el de otros creadores.
“Todo este proceso que te digo de trabajar en la industria, en la cátedra, con mi negocio, empezó a rascar en mí lo que realmente me gusta hacer y entonces vi que lo que me gusta es hacer escultura, ¿cuál es el problema?, venderla. Entonces creé Sintagma, una galería de arte que estaba en Primero de Mayo con el objetivo de dar espacio a todos los creadores que se acercaran, ahorita está solo en digital”, relató.
La experiencia también le permitió identificar otra dificultad: los artistas trabajaban muchas veces de manera aislada. A partir de esa inquietud comenzó una etapa distinta, marcada por la colaboración con otros creadores y, particularmente, por el encuentro con Carmen Rosales.
Carmen y el encuentro con otros artistas
El encuentro ocurrió en un bazar al que acudió aunque, reconoce, no era un espacio que acostumbraba visitar. Ahí conoció a Carmen Rosales, ceramista que reparó en algunos aspectos técnicos de su trabajo y decidió acercarse para compartir conocimientos.
La relación comenzó con una conversación y terminó convirtiéndose en un proceso de aprendizaje que modificó la manera en que Iván entendía la cerámica. Carmen no solamente compartió técnicas; también lo acercó a otros artistas y a la posibilidad de organizarse para generar presencia colectiva.
“Mira, surgió de una forma muy bonita. Yo no lo buscaba, pero afortunadamente conocí a la maestra Carmen Rosales, falleció desafortunadamente hace unos meses y era ceramista en un bazar, yo no soy de bazares, pero me invitaron”, dijo.
Asegura que desde el principio le llamó la atención el espacio donde estaba y empezó a hablar de algunas cosas que faltaban sus barnices, de más técnicas y le comentó qie estudiaba cerámica.
“Le comenté que quería aprender y me pidió mis datos, por lo regular cuando hacen eso nunca te buscan, pero la maestra Carmen sí lo hizo”, relató.
Después de aquella conversación, Carmen llegó al taller. Ahí comenzó una etapa de trabajo compartido que se extendía hasta entrada la noche. Mientras Iván aprendía, ella instalaba materiales y herramientas y desarrollaba parte de su propio trabajo en el espacio.
“Vino al taller y me dijo que tenía que reestructurar mi proceso, le expliqué que yo no era ceramista y pues fue una muy buena persona, me empezó a enseñar, empezó a tener un espacio aquí, trajo materiales, herramienta, salía de trabajar y se iba ya hasta las 11:00 o 12:00 de la noche y pues yo estaba con ella aprendiendo”, comentó.
Su influencia no se limitó a la técnica. Iván comenzó a mirar de otra manera la escultura, la cerámica y también la importancia de relacionarse con otros creadores. De esa convivencia surgió la propuesta de formar un colectivo.
“Carmen me abrió mucho la visión de la escultura, mucho también la visibilidad de la cerámica y mucho la parte de socializar. Ella fue la que me dijo que conocía varios artistas y propuso hacer un colectivo para generar mayor presencia”, señaló.
El nacimiento de impulso colectivo
Así nació el Colectivo Impulso Creativo. La idea quedó plasmada en un manifiesto que buscó mantener abiertas las puertas a distintas expresiones. La tradición y las nuevas tecnologías no fueron planteadas como caminos opuestos, sino como posibilidades que podían convivir dentro de un mismo espacio.
“Hicimos un manifiesto donde prácticamente señalamos que estamos abiertos a toda expresión artística, estamos enamorados de la técnica del arte antiguo, pero estamos abiertos al arte moderno, al arte digital, al 3D virtual, al arte dimensional, esto también me motivó a experimentar”, comentó.
En esa búsqueda, la idea de trascender tampoco está ligada únicamente a una obra terminada. Lo que relaciona con las personas con las que convive, con aquello que puede aportar y con la posibilidad de seguir aprendiendo. Su objetivo no está en producir más piezas, sino en dedicar mayor tiempo a cada una.
“Creo que la trascendencia se da todos los días con quien convives, con quien ayudas y a quien no ayudas, obviamente espero dejar algo con mi obra, seguir aprendiendo, me gustaría producir menos pero cada vez con mejor calidad”, señaló.
Esa misma idea se extiende al trabajo colectivo. En Impulso Creativo, enseñar y aprender forman parte de la misma dinámica. Cada integrante puede aportar una técnica y, al mismo tiempo, recibir conocimientos de otros especialistas.
“Con el colectivo hay una sección en la que dice que todos venimos a enseñar y aprender, entonces es rodear de especialistas en una técnica que enseñen a los demás, colaborar, porque yo sí creo que la unión hace la fuerza e ir nutriéndose, también en el valor cultural y social”, concluyó.
En el taller de Iván Hernández Arellano, el arte no apareció de un momento a otro. Llegó lentamente, entre juegos de infancia, visitas a museos, materiales que despertaban curiosidad y decisiones profesionales que lo llevaron por caminos distintos antes de regresar a la escultura.
Hoy, entre cerámica y otras formas de creación, su trabajo continúa siendo una búsqueda. No se trata solamente de producir piezas, sino de aprender, experimentar y compartir lo aprendido. Aquello que comenzó jugando con tierra y lodo terminó convirtiéndose en un oficio que todavía sigue tomando forma.
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